Rocío García: “Mi sueño es tan sencillo que duele: solo quiero que mi hijo viva”

Hay madres que nunca imaginaron que tendrían que aprender el significado de palabras como diagnóstico, investigación o enfermedad rara. Rocío García es una de ellas. Profesora de Educación Infantil, madre de Martín y alma incansable de una lucha que ha conseguido movilizar a cientos de personas e impulsar una línea de investigación científica, comparte con Mujeres sin Manual el camino más difícil y también el más transformador de su vida.

Hay personas que llegan a tu vida mucho antes de que imagines todo lo que acabarán enseñándote. A Rocío García la conocí hace años, cuando su mayor preocupación era acompañar a los más pequeños en sus primeros pasos como profesora de Educación Infantil.

Quienes la conocen saben que siempre ha tenido esa forma de cuidar que no se aprende en ninguna universidad: la que nace de la vocación, de la paciencia y de un cariño inmenso hacia la infancia.

La vida, sin embargo, le tenía reservado un camino que jamás habría elegido. Pocas horas después del nacimiento de Martín, su hijo, comenzaron las dudas, las pruebas médicas, los silencios y una incertidumbre que acabaría cambiando para siempre el rumbo de toda la familia. El diagnóstico confirmó que nada volvería a ser igual, pero también despertó en Rocío una fuerza que ni ella misma sabía que habitaba dentro de sí.

Desde entonces, cada evento solidario, cada puerta a la que ha llamado, cada entrevista y cada gesto han tenido un único objetivo: ofrecerle a Martín una oportunidad. Una oportunidad para él, pero también para otros niños y niñas que, como su hijo, conviven con enfermedades tan poco frecuentes que, demasiadas veces, la investigación llega tarde.

Martín convive con el síndrome de Pettigrew (AP1S2) y con una alteración en el gen ALPL, dos enfermedades genéticas poco frecuentes que han cambiado la vida de su familia y que hoy centran una línea de investigación impulsada gracias al esfuerzo incansable de Rocío, su entorno y cientos de personas que decidieron sumarse a esta causa.

Centrar esta historia a un diagnóstico sería profundamente injusto porque esta es la historia de una madre que decidió convertir el dolor en movimiento, que llamó a puertas que parecían imposibles de abrir, que movilizó a un pueblo entero, organizó eventos solidarios, pidió ayuda sin perder la dignidad y consiguió que la investigación científica comenzara a caminar hacia un futuro que hace apenas unos años parecía inalcanzable.

Es, sobre todo, la historia de un niño que ha unido a cientos de personas alrededor de un mismo propósito: regalar esperanza.

En Mujeres sin Manual creemos que las historias más importantes no siempre ocupan las portadas. A veces suceden en silencio, entre la habitación de un hospital, una noche sin dormir, una madre que llora a escondidas para que su hijo no la vea y una sonrisa capaz de devolverle las fuerzas cuando siente que ya no puede más.

Hoy queremos que conozcáis a Rocío García, a la mujer, a la madre y a la persona que, sin haberlo elegido, se ha convertido en el motor de una lucha que ya no pertenece solo a su familia, sino también a todas las personas que creen que la investigación, la solidaridad y el amor pueden cambiar vidas.

Antes del diagnóstico: una vida llena de sueños

Antes de que la palabra «enfermedad» entrara en su vocabulario cotidiano, Rocío García llevaba una vida como la de tantas otras mujeres. Era profesora de Educación Infantil, disfrutaba de su trabajo, soñaba con seguir creciendo profesionalmente y esperaba la llegada de Martín con la ilusión de cualquier madre. Pero, a veces, la vida cambia en cuestión de horas.

¿Quién es Rocío García más allá de esta aventura?

Hace unos años habría respondido que era una mujer normal, con una vida sencilla, apasionada por viajar, descubrir lugares nuevos y llena de sueños profesionales. Me encanta mi trabajo como docente en la escuela pública y siempre he disfrutado acompañando a los niños en su aprendizaje.

Hoy sigo siendo esa misma mujer, pero la vida me obligó a convertirme en alguien que nunca imaginé: una mamá atípica, de esas que nadie quiere ser.

No elegí ser fuerte ni convertirme en una madre coraje. Simplemente, un día entendí que mi hijo me necesitaba y que no tenía permiso para rendirme. Decidimos luchar contra la enfermedad. Soy una madre que aprendió que el amor puede mover montañas cuando no queda otra opción. Desde entonces vivo con el corazón dividido entre el miedo y la esperanza que depositamos en la ciencia y en la investigación.

¿Cómo era vuestra vida antes de que llegara el diagnóstico de Martín?

Era una vida tranquila y llena de planes. Pensábamos en proyectos, en organizar las vacaciones, celebrar cumpleaños, terminar tareas pendientes del trabajo o hacer la compra… en todo aquello que cualquier familia da por hecho. Nunca imaginas que un médico pueda pronunciar unas palabras capaces de romper el futuro que habías construido para tu hijo.

Aquel día dejamos de hacer planes a largo plazo y aprendimos a vivir el presente, siempre pendientes de una enfermedad que nadie había invitado a nuestra casa. En un abrir y cerrar de ojos, la discapacidad llegó a nuestra vida para quedarse.

“Nunca imaginas que un médico pueda pronunciar unas palabras capaces de romper el futuro que habías construido para tu hijo”

¿Recuerdas aquel momento en el que supisteis que algo no iba bien? ¿Cómo lo viviste?

Lo recuerdo como si fuera ayer.

Cuando estás embarazada imaginas el momento de verle la cara a tu bebé, salir del hospital con él en brazos y recibir las visitas de la familia para conocer al nuevo miembro. En nuestro caso, nada fue como lo habíamos imaginado.

Una madre sabe cuándo algo no va bien.

A las pocas horas de nacer, Martín comenzó a apagarse. Apenas movía su cuerpo ni las extremidades, no tenía reflejo de succión y una bajada de azúcar descompensó todo su organismo. Lo ingresaron en la UCI neonatal.

Ahí empezó nuestra gran aventura. Comenzaron las pruebas, las esperas interminables y las noches buscando respuestas donde nadie las tenía. Lo peor no era no saber qué tenía Martín; lo peor era sentir que el tiempo seguía corriendo mientras nosotros esperábamos un diagnóstico. Yo quería creer que todo sería algo pasajero, que no habría ninguna enfermedad detrás. Pero el diagnóstico definitivo llegó cuando Martín tenía trece meses y, con él, una realidad para la que nadie está preparado.

“Una madre sabe cuándo algo no va bien”

La familia de Martín unida en su compromiso por impulsar la investigación del síndrome de Pettigrew.
Rocío, su marido y Martín durante una sesión fotográfica inspirada en "La aventura de un X-Men". Fotografía: Trocitos de Vida.

El día que el tiempo se detuvo

Hay días que dividen una vida en dos. Para Rocío, ese día llegó con un diagnóstico para el que ninguna familia está preparada. En cuestión de segundos, el futuro que había imaginado para Martín se llenó de preguntas sin respuesta, de miedo y de una incertidumbre que todavía hoy la acompaña. Sin embargo, fue también el día en el que descubrió una fuerza que jamás pensó que tendría.

Cuando recibes una noticia así, ¿qué pasa por la cabeza y por el corazón de una madre?

El tiempo se detiene. Es como si el mundo siguiera girando, pero tú te quedaras inmóvil. En la cabeza solo aparecen preguntas..."¿por qué él?","¿qué va a pasar?", "¿cómo puedo ayudarle?"

Y el corazón... el corazón se rompe.

Es imposible explicarlo con palabras, es como si alguien apagara la luz de golpe y te quedaras completamente a oscuras... escuchas al médico hablar, pero dejas de entender las frases.

Solo piensas en tu hijo, en si va a sufrir, si llegará a cumplir sus sueños, su esperanza de vida, cómo encontrar una solución, cómo curarle y entonces ocurre algo extraño. El corazón se rompe en mil pedazos, pero al mismo tiempo nace una madre que está dispuesta a hacer lo imposible porque cuando el miedo lleva el nombre de tu hijo, descubres una fuerza interior que jamás habías conocido.

“Cuando el miedo lleva el nombre de tu hijo, descubres una fuerza interior que jamás habías conocido”

¿De dónde has sacado fuerzas en los momentos en los que has sentido que no podías más?

Muchas veces no las he sacado. Muchas veces me he levantado sin fuerzas, pero entonces Martín sonreía y esa sonrisa era suficiente para recordarme que él no podía dejar de luchar, así que yo tampoco tenía derecho a hacerlo. Él nunca supo que muchas veces fue él quien me sostuvo a mí.

También encontré fuerza en mi familia, en las personas que nunca nos soltaron la mano y en todas aquellas que decidieron caminar con nosotros sin conocernos.

Cada muestra de cariño, cada evento solidario, cada persona que dedicó su tiempo a nuestra causa fue llenándonos el alma cuando más lo necesitábamos porque, cuando sientes que ya no puedes más, descubrir que hay gente que cree en tu hijo acaba convirtiéndose en una fuerza difícil de explicar.

“Él nunca supo que muchas veces fue él quien me sostuvo a mí”

¿Qué ha sido lo más difícil de este camino?

Aceptar que hay cosas que no puedes controlar.

Como madre quieres proteger a tu hijo de todo, pero llega un momento en el que entiendes que querer no siempre basta. Vivir con esa incertidumbre es, probablemente, lo más duro. Ver sufrir a un hijo es el dolor más grande que puede existir, pero hay otro dolor del que casi nadie habla. El de sonreír delante de él cuando por dentro te estás rompiendo. Entrar en su habitación con la mejor de las caras después de haber llorado en el baño para que nunca vea el miedo en tus ojos. Estar cansada y, aun así, ofrecer siempre tu mejor versión para que él siga sintiendo que todo está bien.

Como madre quieres ser refugio, incluso cuando tú también necesitas uno.

“Hay un dolor del que casi nadie habla: sonreír delante de tu hijo cuando por dentro te estás rompiendo”

Rocío García y su familia durante una de las iniciativas solidarias en apoyo a la investigación de las enfermedades raras.
Fotografía realizada por Trocitos de Vida, estudio especializado en fotografía familiar.

Cuando la esperanza empezó a tener nombre

Cuando convives con una enfermedad rara aprendes que la esperanza rara vez llega de golpe. A veces aparece en forma de una llamada, de una persona que organiza un evento solidario, de alguien que comparte una publicación o de un investigador que decide dedicar su trabajo a buscar respuestas. Para Rocío, la esperanza tiene muchos nombres. Y todos llevan detrás la generosidad de quienes un día decidieron caminar junto a Martín.

Y, aunque parezca una pregunta extraña, ¿ha habido algo inesperadamente bonito que os haya regalado esta experiencia?

Sí. Hemos descubierto que todavía existe mucha gente buena. La cara más humana del mundo.

Personas que no nos conocían decidieron caminar a nuestro lado. Gente que donó uno, dos o cinco euros, que organizó un evento solidario para ayudar a Martín o que simplemente compartió nuestra historia en redes sociales y esto puede parecer un gesto pequeño, pero cuando luchas contra una enfermedad rara, esos pequeños gestos terminan convirtiéndose en algo inmenso.

Como decía Eduardo Galeano: "Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo."

Y nosotros lo hemos vivido, nos devolvieron la fe en las personas, nos regalaron energía cuando pensábamos que ya no podíamos más, nos hicieron comprender que nunca estuvimos solos.

“Cuando luchas contra una enfermedad rara, los pequeños gestos terminan convirtiéndose en algo inmenso”

Hace muy poco habéis conseguido un paso enorme: que la Universidad Pablo de Olavide investigue cómo frenar la enfermedad de Martín. ¿Qué sentiste cuando supiste que todo el esfuerzo estaba dando este fruto?

La primera vez que entré en el laboratorio me pasé toda la mañana llorando. No podía creer lo que estaba viendo. Sentí que cada lágrima, cada evento solidario, cada kilómetro recorrido y cada puerta a la que habíamos llamado habían merecido la pena.

No significa que el camino haya terminado, pero sí que la esperanza dejó de ser solo un deseo para convertirse en una posibilidad real. En ese instante comprendí que todo el esfuerzo, todo el dolor y toda la entrega estaban construyendo una oportunidad.

No solo para Martín. También para todos los niños y niñas que vendrán detrás. Hace apenas tres años abrir una línea de investigación en el Centro Andaluz de Biología del Desarrollo parecía impensable.

Hoy esa esperanza empieza a tomar forma.

“La esperanza dejó de ser solo un deseo para convertirse en una posibilidad real”

Detrás de este logro hay muchísimo trabajo y una gran red de solidaridad. ¿Qué has aprendido sobre las personas durante este tiempo?

He aprendido que el mundo está lleno de personas buenas.

A veces pensamos que cada uno va a lo suyo, pero cuando atraviesas algo así descubres personas capaces de regalar tiempo, cariño, energía y ayuda sin esperar nada a cambio. Esa es una de las lecciones más bonitas que me llevo.

Cuando alguien decide ayudar a una familia como la nuestra quizá piensa que está haciendo un gesto pequeño, pero no sabe que, al otro lado, hay una madre que esa noche vuelve a acostarse con un poco más de esperanza.

Y eso... no tiene precio.

Al otro lado hay una madre que esa noche vuelve a acostarse con un poco más de esperanza”

¿Qué enfermedad tiene Martín?

Martín convive con dos enfermedades genéticas poco frecuentes: el síndrome de Pettigrew (AP1S2) y una alteración en el gen ALPL.

El síndrome de Pettigrew es una enfermedad rara de origen genético que afecta principalmente al desarrollo neurológico y puede provocar discapacidad intelectual, retraso en el desarrollo, hipotonía y otras alteraciones que condicionan la calidad de vida de quienes la padecen.

A esta realidad se suma una alteración en el gen ALPL, relacionada con la hipofosfatasia, otra enfermedad rara que afecta al desarrollo y a la mineralización de los huesos y los dientes.

Precisamente porque son enfermedades muy poco frecuentes, la investigación es todavía limitada.

Por eso, cada avance científico supone una oportunidad no solo para Martín, sino también para otros niños y niñas cuyas familias siguen esperando una respuesta. Investigar las enfermedades raras no es una opción. Es una necesidad. Y, para muchas familias, también es la única esperanza.

La investigación también necesita manos que la sostengan

Cada evento solidario, cada donación y cada persona que comparte la historia de Martín ayuda a mantener viva una investigación que puede marcar un antes y un después porque detrás de cada avance científico hay familias que llevan años luchando para que esa investigación sea posible.

Cuando colaboramos con una causa como esta no estamos haciendo un gesto pequeño. Estamos ayudando a que la ciencia siga avanzando. Y, en ocasiones, ese avance puede cambiar una vida.

La mujer que también necesitaba ser cuidada

Cuando una familia recibe el diagnóstico de una enfermedad rara, toda la atención se dirige, con razón, hacia el niño. Pero pocas veces nos detenemos a mirar a quien sostiene el día a día. A la madre que organiza citas médicas, busca respuestas, prepara eventos solidarios, sonríe cuando no le quedan fuerzas y vuelve a levantarse cada mañana. Detrás de esa fortaleza también hay una mujer. Una mujer que, como cualquier otra, también necesita que alguien le pregunte cómo está.

Muchas veces las madres que cuidan dejan de existir para el resto del mundo como mujeres. ¿Quién ha cuidado de Rocío durante esta travesía?

Mi familia ha sido mi refugio.

Mi madre, mi padre, mi hermana y mi marido han estado siempre ahí. También todas las personas que forman parte de la asociación y que, en cada evento solidario, se vuelcan para que todo salga adelante. Están nuestros amigos. Y también esas personas que, sin hacer ruido, aparecen justo cuando más las necesitas.

A veces cuidar también es sentarse a tu lado en silencio y decirte que "no estás sola" o un abrazo cuando ya no puedes seguir fingiendo que todo va bien o una llamada para preguntarte cómo ha ido la revisión, cómo ha ido el viaje a Madrid o a Málaga o simplemente para decirte ... "hoy me he acordado de ti." Hasta un corazón en una publicación de redes sociales puede llegar a llenar el alma.

Muchas veces he sido yo quien sostenía a todos mientras intentaba no romperme, pero he tenido la suerte de encontrar personas que aparecían justo cuando más las necesitaba porque, a veces, cuidar no consiste en encontrar las palabras perfectas. Basta con estar.

“A veces cuidar no consiste en encontrar las palabras perfectas, basta con estar”

¿Ha habido momentos en los que te hayas permitido derrumbarte? ¿Cómo te reconcilias con la idea de no tener que ser fuerte todo el tiempo?

Sí... ha habido días en los que he sentido ganas de tirar la toalla y dedicarme únicamente a cuidar de la persona que más quiero.

Durante mucho tiempo pensé que tenía que estar bien por todos, que no podía permitirme caer...pero con el tiempo entendí que llorar no es rendirse.

He llorado cuando Martín dormía, he llorado en el coche después de una consulta médica, he llorado en la ducha, en silencio, para que él nunca tuviera que cargar con mis lágrimas... y, aun así, cada mañana volvía a levantarme porque su mirada, sus ganas de descubrir el mundo y su sonrisa siempre conseguían devolverme las fuerzas.

Hoy sé que ser fuerte no significa no llorar. Ser fuerte es permitirte sentir, secarte las lágrimas y volver a ponerte en pie, aunque el corazón pese una tonelada.

Llorar no me hizo más débil, me hizo más humana. Y entendí que también era necesario darme permiso para caer porque solo así podía volver a levantarme.

“Llorar no me hizo más débil, me hizo más humana”

Todo lo que Martín le ha enseñado a su madre

Con el paso de los años, Rocío reconoce que la enfermedad de Martín también ha cambiado su forma de entender la vida. La maternidad, unida a la experiencia de convivir con una enfermedad rara, le ha enseñado a mirar el día a día desde otra perspectiva y a dar valor a cosas que antes pasaban desapercibidas.

¿Qué te ha enseñado Martín sobre la vida que nunca habrías imaginado aprender?

Me ha enseñado que la felicidad no siempre está en las grandes cosas... está en un beso, en una mirada, en un día tranquilo.

Me ha enseñado a vivir el presente y a valorar lo verdaderamente importante: tener salud.

Martín me ha enseñado que la vida no se mide en años, sino en momentos, que un abrazo puede curar más que muchas palabras, que una sonrisa, incluso en medio del dolor, tiene un valor inmenso.

Me ha enseñado a gestionar emociones que jamás pensé que podría afrontar, a convivir con el miedo, pero también a ser más resolutiva y menos cuadriculada. A entender que no todo se puede controlar y que, a veces, lo más valioso es aprender a vivir el presente y abrazar cada día tal y como llega.

Me ha enseñado que lo más importante es él y que todo lo demás puede esperar, incluso el trabajo.

A dejar de perseguir la perfección para empezar a valorar los pequeños gestos, las pequeñas victorias y esos instantes que, sin hacer ruido, lo cambian todo.

Y, sobre todo, me ha enseñado que hay niños que, sin saberlo, terminan enseñando a los adultos cómo se lucha de verdad.

“Martín me ha enseñado que la vida no se mide en años, sino en momentos”

¿Qué le dirías a otra madre o familia que acaba de recibir un diagnóstico y siente que el suelo se ha abierto bajo sus pies?

Le cogería la mano, la miraría a los ojos y le diría que no está sola, que poco a poco volverá a respirar. No intentaría decirle que todo va a salir bien porque nadie puede prometer eso. Le diría que va a llorar como nunca imaginó, pero que llorar también forma parte del camino y que habrá días en los que piense que no puede más, pero también descubrirá que el amor por un hijo es mucho más grande que cualquier miedo.

Y eso será lo que la mantendrá en pie.

Le recordaría que cada día es una oportunidad para disfrutar de su hijo o de su hija como si fuera el último.

¿Qué sueños tienes hoy para Martín?

Mi sueño es tan sencillo que duele...solo quiero que viva, que pueda crecer, que sea feliz, que haga las cosas que hacen los niños de su edad, que camine, que hable, que aprenda a ser autónomo, que tenga la oportunidad de enamorarse, de equivocarse, de cumplir años y de construir su propio futuro.

Sueño con que un día esta enfermedad deje de decidir por él y con verle crecer, verle reír y darle la oportunidad de tener la vida que cualquier niño merece.

Sueño con que la investigación llegue a tiempo para él y también para todos los niños y niñas que vendrán detrás.

La mirada de Mujeres sin Manual

Hay entrevistas que se preparan con una libreta llena de preguntas y hay otras que, inevitablemente, también se escriben desde un lugar mucho más personal y esta conversación con Rocío ha sido una de ellas.

Hace años, Rocío fue una de las personas que cuidó de mi hija Paula en la escuela infantil. Hoy soy yo quien tiene el privilegio de ayudar a contar su historia. Entre un momento y otro han pasado muchos años, pero también una vida entera para ella.

Mientras preparaba esta entrevista y escuchaba a Rocío hablar de la UCI neonatal, de la incertidumbre y del miedo que acompaña a cualquier diagnóstico, era imposible no recordar que mi hija también pasó sus primeros días de vida ingresada. Nuestra historia tuvo un final diferente y, con el tiempo, pudimos volver a casa y seguir adelante. Pero ese miedo, el de no saber qué ocurrirá en la siguiente hora, es algo que una madre nunca olvida.

Quizá por eso esta entrevista me ha acompañado mucho más allá del papel... porque, por encima del diagnóstico, he encontrado a una mujer que ha decidido no rendirse. Una madre que ha convertido la incertidumbre en compromiso, que ha movilizado a una comunidad y que ha conseguido abrir una puerta a la investigación para Martín y para otras familias que algún día recorrerán un camino parecido.

En Mujeres sin Manual creemos en el poder de las historias, no solo porque emocionan, sino porque ayudan a comprender realidades que muchas veces permanecen invisibles.

La historia de Rocío y Martín nos recuerda la importancia de seguir investigando las enfermedades raras, de apoyar a las familias que conviven con ellas y de no mirar hacia otro lado cuando alguien pide ayuda.

Gracias, Rocío, por abrirnos las puertas de vuestra vida con tanta generosidad.

Y gracias a ti pequeño Martín porque sin saberlo también nos has recordado algo esencial, que detrás de cada diagnóstico hay una infancia, una familia y un futuro por el que merece la pena seguir luchando.

Cómo sumarte a la investigación

La historia de Martín no termina con esta entrevista.

Detrás de cada avance científico hay años de trabajo, profesionales dedicados a la investigación y familias que no dejan de buscar oportunidades para sus hijos. En el caso de Martín, la implicación de cientos de personas ha permitido abrir una línea de investigación que hace unos años parecía impensable.

Si quieres colaborar y formar parte de este camino, puedes hacerlo de diferentes maneras:

  • Participando en los eventos solidarios que organiza su familia y la asociación (Ver próximo evento)
  • Compartiendo la historia de Martín para dar visibilidad a las enfermedades raras.
  • Realizando una aportación económica destinada a apoyar la investigación.
  • Siguiendo sus redes sociales para conocer las iniciativas y actividades que se organizan durante todo el año.

Datos para colaborar

Donación: ES66 2100 8514 4102 0018 6304

Página web: https://laaventuradeunxmen.com/

Redes sociales: https://www.instagram.com/laaventuradeunxmen/

Contacto: Rocío García 691 32 20 03

Cada gesto suma porque, en enfermedades poco frecuentes como las que padece Martín, la investigación no solo representa un avance científico, también significa esperanza para muchas familias que siguen esperando una respuesta.

Estefanía Jaime
Estefanía Jaimehttps://estefaniajaime.com/
Estefanía Jaime es profesional de la comunicación corporativa y las relaciones públicas, además de fundadora y directora de Mujeres sin Manual. Desde el medio impulsa entrevistas y contenidos sobre talento femenino, liderazgo y trayectorias profesionales.

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