La cocina ha acompañado a Pilar Ruiz desde la infancia, cuando volvía del colegio y se quedaba junto a los fogones observando a su madre y a su abuela. Años después, aquellos recuerdos se convertirían en el origen de un proyecto dedicado a conservar la memoria gastronómica de Rota.
Tras una larga trayectoria profesional vinculada al turismo, un cáncer de mama la obligó a detenerse y a replantearse su manera de vivir. Fue entonces cuando Aprendiendo a Cocinar, el blog que había creado junto a su madre, Cristina Rodríguez, dejó de ser una afición para convertirse en una forma de seguir trabajando por su tierra y ayudando a otras personas.
En esta entrevista con Mujeres sin Manual habla de las cocinas de nuestras madres y abuelas, de las historias familiares que pueden desaparecer si nadie las escribe y de todo lo que aprendió cuando la vida la obligó a parar.
Quién es Pilar Ruiz
La trayectoria de Pilar Ruiz une dos ámbitos que siempre han estado presentes en su vida: el turismo y la gastronomía. Durante décadas trabajó mostrando a quienes llegaban de fuera la riqueza de su tierra. Con el tiempo, la cocina que había conocido desde niña junto a su madre y su abuela se convirtió en otra forma de contar la historia de Rota.
Junto a su madre, Cristina Rodríguez, creó Aprendiendo a Cocinar. Un proyecto que nació para compartir recetas tradicionales y ha terminado desarrollando una importante labor de conservación del patrimonio gastronómico local. Mediante sus libros solidarios y el trabajo de investigación realizado con decenas de familias, ambas han recuperado cientos de recetas que forman parte de la memoria colectiva del municipio.
Y es que su compromiso va más allá de la cocina. Como integrante de Mujeres Imparables y vocal de Gastronomía y Turismo, Pilar Ruiz colabora de manera desinteresada para dar visibilidad a las profesionales del sector. Además, es la promotora de los Encuentros Mujeres en la Gastronomía Gaditana, una iniciativa concebida para reconocer el talento y la trayectoria de mujeres que durante años han desarrollado su labor lejos de los focos.
“Las recetas no son solo ingredientes; son la historia que hay detrás y la manera de mantener vivas a las personas que queremos”

La cocina: donde empieza la memoria
Cuando piensas en tu infancia... ¿a qué huele? ¿cuál es el primer recuerdo que te viene a la cabeza cuando cierras los ojos y piensas en la cocina de tu casa?
Cuando pienso en mi infancia, me huele a cocina, a fogones.
El primer recuerdo que tengo es llegar a casa después del colegio e irme directamente a la cocina, donde estaban mi madre y mi abuela Pilar cocinando, se llamaba como yo. Recuerdo aquellos olores, la complicidad que había entre las dos y cómo me encantaba quedarme allí mirándolas. Creo que fue en esos momentos cuando, sin darme cuenta, me enamoré de la cocina. Es una sensación que siempre ha permanecido conmigo y que hoy echo mucho de menos.
Antes llegabas a una casa y olía a comida. Había un guiso al fuego, un horno encendido, una cocina viva. Ahora eso se está perdiendo y, sin embargo, esos olores forman parte de nuestra memoria.
“Creo que fue en aquella cocina, viendo a mi madre y a mi abuela, donde me enamoré de la cocina sin darme cuenta”
¿Qué aprendiste de tu madre y de tu abuela que hoy sigue colándose, casi sin darte cuenta, en cada receta que preparas?
Aprendí a cocinar con cariño, sin prisas, con mucha dedicación y mucho amor.
Ellas me enseñaron que una buena receta empieza mucho antes de poner los ingredientes sobre la mesa. Empieza dedicándole tiempo, utilizando buenos productos y cocinando a fuego lento. Creo que eso es algo que estamos perdiendo. Vivimos demasiado deprisa y queremos que todo esté listo enseguida, pero la cocina también necesita paciencia. Y, al final, ese tiempo que le dedicas es parte del resultado.
Siempre he pensado que las recetas son mucho más que una lista de ingredientes. ¿Crees que, en el fondo, también son una forma de guardar recuerdos y de mantener vivas a las personas que queremos?
Totalmente. Las recetas nos recuerdan a personas y nos llevan a momentos concretos de nuestra vida, igual que ocurre con los olores o con una canción. Una receta no es solo una lista de ingredientes ni un modo de preparación. Es la historia que hay detrás. Precisamente por eso nació uno de nuestros proyectos más bonitos: recuperar las recetas tradicionales de las familias de Rota.
Todo empezó porque mi madre decía que mucha gente mayor no tenía internet y que le hacía ilusión que existiera un libro donde aquellas recetas no se perdieran. Aquello parecía una responsabilidad enorme porque nosotras no somos cocineras profesionales; somos amantes de la cocina de casa. Pensamos que la mejor manera de hacerlo era pedir a las familias que compartieran las recetas que llevaban generaciones cocinando. La primera fue una receta de arranque roteño que nos regaló la familia del Hostal El Torito. Cuando terminamos de recogerla, nos dijeron: “Ahora tenéis que ir a la esquina, porque otra señora os va a dar el borriquete en tomate”.
Así empezó todo. Una receta llevó a otra y así hasta que reunimos 195 que hoy forman parte de la memoria gastronómica de Rota. Estamos muy agradecidos a las 195 familias que tan generosamente nos han regalado sus recetas familiares porque, en realidad, no estábamos recopilando platos, sino conservando sus historias.Además, también queremos dar las gracias a Manuel Caballero que nos regaló la edición del primer libro y a Manuel de los Reyes, quien de manera solidaria, también nos hizo la fotografía de los cuatro libros y la edición de los tres últimos libros.
“No estábamos recopilando recetas; estábamos conservando la memoria gastronómica de Rota”
Cuando la vida obliga a parar
Tu vida profesional comenzó por un camino muy diferente, el del turismo. Mirando atrás, ¿crees que, de alguna manera, siempre has estado contando historias y enseñando a los demás a descubrir lo mejor de tu tierra?
Sí, completamente. El turismo fue mi primera gran pasión y, de alguna manera, sigue siéndolo. Siempre he sentido que era una embajadora de mi tierra. Me hacía muchísima ilusión cuando venía alguien que nunca había estado en Rota y podía enseñarle todo lo que tiene de especial.
Recuerdo que, cuando era más joven, acompañaba a amigos y conocidos para enseñarles el pueblo. Me encantaba ver cómo cambiaba la imagen que tenían cuando descubrían realmente Rota. Mucha gente solo la asociaba a la Base Naval o a determinados estereotipos y, cuando la conocían de verdad, me decían: "Tengo que volver." Aquello me producía una satisfacción enorme.
Creo que los gaditanos todavía no somos del todo conscientes de la tierra tan privilegiada en la que vivimos. Muchas veces no nos creemos el valor que tiene nuestra provincia y, sin embargo, hay personas que cruzan medio mundo para disfrutar de lugares que nosotros vemos cada día.
Ahora sigo haciendo lo mismo que hacía entonces, solo que de otra manera. Antes enseñaba el patrimonio, los monumentos y la historia de Rota. Hoy la enseño a través de su gastronomía, de sus productos, de las personas que cocinan y de las historias que hay detrás de cada receta. Porque la gastronomía también es una forma de conocer un lugar.
Viviste y trabajaste fuera de España durante un tiempo. ¿Qué aprendiste de aquellos años? ¿Volviste con otra forma de mirar la cocina... o incluso de mirar la vida?
Aprendí muchísimo. Creo que salir fuera es una de las mejores experiencias que puede vivir una persona. Conoces otras culturas, otras maneras de trabajar y de entender la vida, y eso siempre te enriquece, pero, curiosamente, lo que más aprendí fue a valorar lo que había dejado aquí.
Siempre digo que todo el mundo debería vivir una experiencia así. Cuando trabajaba en turismo y veía a jóvenes que no encontraban oportunidades, les animaba a marcharse una temporada, aunque fuera para trabajar de camareros o de au pair porque salir te cambia la mirada.
A mí me ocurrió algo muy curioso, fue estando lejos cuando descubrí que pertenecía mucho más a esta tierra de lo que imaginaba. Solo cuando me marché comprendí realmente la suerte que tenía de haber nacido aquí. Muchas veces no valoramos lo que tenemos hasta que dejamos de verlo cada día.
Hay decisiones que cambian el rumbo de una vida. En tu caso, fue tu padre quien te animó a estudiar Turismo en lugar de Derecho. ¿Qué recuerdas de aquella conversación y qué le dirías hoy si pudieras volver a tenerla?
La recuerdo perfectamente. Podría decirte incluso dónde estábamos y la ropa que llevábamos puesta. Yo quería estudiar Derecho y mi padre me llamó al salón de casa. Me dijo: “Cierra la puerta, que quiero hablar contigo”. Entonces empezó a hacerme preguntas muy sencillas: “¿Qué es lo que realmente te gusta? ¿Qué disfrutas haciendo?”. Él mismo fue respondiendo: “Te gusta la gente, los idiomas, viajar, enseñar tu tierra... entonces, ¿por qué no estudias Turismo?”. Hasta ese momento ni siquiera me lo había planteado y aquella conversación me abrió un mundo.
Me mostró la posibilidad de dedicarme a algo que realmente encajaba conmigo y que me permitió conocer personas, viajar y vivir experiencias que jamás habría imaginado. Con el tiempo he comprendido lo importante que es tener a alguien que crea en ti cuando tú todavía no eres capaz de ver con claridad tu camino.
Mi padre fue ese faro. Y siempre le estaré agradecida por haber visto en mí algo que yo todavía no alcanzaba a descubrir.
“Mi padre fue ese faro que vio en mí un camino que yo todavía no era capaz de descubrir”

La vida, a veces, nos obliga a parar cuando menos lo esperamos. En tu caso, ese parón llegó con el cáncer de mama. Si echas la vista atrás, ¿qué crees que cambió en ti después de atravesar aquella etapa?
Lo cambió todo. Fue un antes y un después. Hasta entonces vivía convencida de que no podía parar. Llevaba más de treinta años trabajando y me parecía que todo dependía de mí. No quería ponerme enferma, no quería faltar al trabajo y siempre encontraba un motivo para seguir acelerando.
Cuando llegó el cáncer entendí que estaba equivocada.
Nos creemos imprescindibles hasta que la vida nos demuestra que solo somos necesarios. Aquel parón fue muy brusco, pero también me obligó a escucharme por primera vez.
Mi hermano Daniel, que es nutricionista, me ayudó muchísimo durante todo el proceso. Me explicó que, además de seguir el tratamiento médico, debía cuidar la alimentación para afrontar la recuperación en las mejores condiciones posibles. Cambié mis hábitos y empecé a caminar cada día por la playa.
Sin embargo, el mayor cambio no fue físico, sino interior. Por primera vez tenía tiempo para pensar, escuchar el silencio y escucharme a mí misma. Era algo completamente nuevo. Vivimos con una exigencia constante. Parece que, si paramos, estamos haciendo algo mal. Yo misma me sentí culpable durante mucho tiempo por no estar trabajando. Hasta que entendí que cuidar de mí también era una forma de seguir adelante.
Recuerdo que una amiga que también había pasado por un cáncer de mama me escribió al principio y me dijo una frase que entonces me pareció imposible de comprender: “Esto es una oportunidad”.
En aquel momento pensé que estaba loca, pero con el paso del tiempo entendí exactamente lo que quería decir. La enfermedad me enseñó a vivir de otra manera y, aunque jamás habría querido pasar por ella, también me dio una mirada distinta sobre lo verdaderamente importante.
“Nos creemos imprescindibles hasta que la vida nos demuestra que solo somos necesarios”
Aprendiendo a Cocinar: una forma de seguir ayudando
Dicen que, cuando una puerta se cierra, a veces se abre otra que ni siquiera imaginábamos. ¿Fue ese momento el que te empujó a reinventarte y a dar vida, junto a tu madre, a Aprendiendo a Cocinar?
Sí y no. En realidad, Aprendiendo a Cocinar nació en 2012. Mi madre y yo ya teníamos el blog, pero era un hobby. Yo llegaba de trabajar, ella tenía la comida preparada, hacíamos una fotografía y la subíamos. Poco más.
Fue a raíz de la enfermedad cuando todo cambió. De repente tenía algo muy valioso que antes no tenía: tiempo. Y ese tiempo me permitió vivir esta experiencia con mi madre de una manera completamente distinta. Empecé a implicarme mucho más en el proyecto porque también llegó un momento en el que me pregunté: “¿Y ahora qué?”. Yo quería seguir trabajando. Recuerdo que lloraba porque decía que quería volver cuanto antes y una de las personas que estaba allí me respondió: “Todavía no te has dado cuenta de todo lo que has pasado”.
Con el tiempo entendí que tenía razón.
Entonces pensé que, si no podía volver a mi trabajo, había muchas otras maneras de seguir siendo útil. En aquel momento, lo que me pedía el cuerpo era ayudar y encontré la forma de hacerlo a través de la gastronomía. Seguía promocionando mi tierra, compartía esta experiencia con mi madre, que para mí es algo único, y, además, podía aportar algo a los demás. Ahí fue cuando decidí dedicarme de lleno al proyecto.
“En aquel momento, lo que me pedía el cuerpo era ayudar, y encontré en la gastronomía la manera de hacerlo”
Hay algo especialmente emocionante en vuestro proyecto: la decisión de recuperar recetas tradicionales de Rota para evitar que se pierdan. ¿Sientes que, de alguna manera, también estáis conservando la memoria de vuestro pueblo?
Totalmente. Al principio teníamos nuestras dudas, pero después de publicar el primer libro y ver la acogida que tuvo comprendimos que no solo estábamos recuperando recetas, también estábamos conservando la memoria de muchas familias.
Hay una historia que siempre recuerdo. Una amiga me contó que su madre tenía Alzheimer y le pedí una receta para incluirla en el libro. Era un guiso de cabrillas con patatas, pero cuando fue a preguntársela, su madre ya no era capaz de recordarla. No la tenían escrita y pensaban que se había perdido para siempre.
Tiempo después, otra familia nos regaló esa misma receta. La cocinamos, la incluimos en el libro y, cuando mi amiga la vio publicada, se emocionó muchísimo. Ahí te das cuenta de lo importante que es conservar este patrimonio. Nosotras también hemos perdido recetas familiares. Había una de mi abuela, la torta de pellizco, que nunca llegamos a escribir y desapareció con ella.
Por eso siempre animo a la gente a sentarse con sus madres, con sus abuelas, con sus padres y con sus abuelos, y escribir esas recetas en una libreta. No hace falta publicarlas. Basta con que queden en la familia porque dentro de muchos años alguien abrirá esa libreta, preparará ese plato y volverá a recordar a la persona que se lo enseñó. Eso también es conservar la memoria.
“Cada receta que se pierde es una historia familiar que deja de contarse”
Hablas de recetas, pero yo siento que, en realidad, hablas de personas. ¿Qué tienen las cocinas de nuestras madres y de nuestras abuelas que consiguen que, aunque pasen los años, siempre queramos volver a ellas?
Yo creo que precisamente eso: que nos devuelven a las personas. Hay recetas que puedes hacer exactamente igual, con los mismos ingredientes y siguiendo todos los pasos, pero nunca vuelven a saber igual porque falta quien las hacía. A mí me pasa con los roscos de mi abuela. Mi madre recuperó su receta y le salen buenísimos, pero siempre falta ella. Cada vez que los hacemos nos acordamos de mi abuela. Es como si volviera a estar allí, con nosotras, en la cocina.
Por eso creo que las recetas tienen esa magia. Nos llevan a momentos muy concretos de nuestra vida y nos permiten sentir cerca a personas que ya no están. Echo muchísimo de menos a mis abuelos y me cuesta entender que hoy muchas familias compartan tan poco tiempo con ellos.
Antes la cocina era el centro de la casa. Todo el mundo acababa allí. Hoy las cocinas son cada vez más pequeñas y pasamos más tiempo mirando una pantalla que sentados alrededor de una mesa y creo que estamos perdiendo algo muy valioso.
Cocinar, compartir y dar visibilidad
Has publicado varios libros solidarios y has participado en numerosos proyectos relacionados con la gastronomía y la provincia de Cádiz. ¿Qué te hace más feliz cocinar, compartir o saber que todo ese trabajo puede ayudar a otras personas?
Todo. Me hace feliz cocinar porque, además, cocino con mi madre y seguimos aprendiendo juntas. Ella, por ejemplo, tenía su manera de hacer las lentejas y pensaba que aquella era la única. Con el tiempo ha descubierto que existen otras formas de prepararlas y que también pueden quedar muy ricas. Cocinar juntas nos permite probar, aprender y compartir ese tiempo.
También disfruto mucho compartiendo. Creo que la cocina consiste en eso, en hacer feliz a la persona que tienes cerca. Preparar algo para la familia o para los amigos, sentarse juntos y disfrutarlo. La cocina da alegría y da vida.
Y, por supuesto, me hace muy feliz saber que, a través de los libros, podemos ayudar.
Estamos compartiendo la memoria gastronómica de Rota y de la provincia, pero también colaborando con otras personas y con proyectos que lo necesitan. Para nosotras, todo forma parte de lo mismo: cocinar, compartir y ayudar.
“La cocina consiste en hacer feliz a la persona que tienes cerca”
También has trabajado para dar visibilidad a las mujeres dentro del mundo de la gastronomía. ¿Crees que todavía queda camino por recorrer para que muchas profesionales reciban el reconocimiento que merecen?
Muchísimo. Lamentablemente, todavía queda mucho camino por recorrer, aunque también ilusiona saber que hay mucho por hacer. Ahora soy vocal de Gastronomía y Turismo de Mujeres Imparables y una de las iniciativas que hemos puesto en marcha son los Encuentros Mujeres en la Gastronomía Gaditana.
Todo surgió a partir de una conversación con Lola Rueda. Nos planteamos crear un espacio en el que las mujeres del sector pudieran conocerse, compartir experiencias, mostrar su trabajo y no sentirse solas.
Gracias a los años de experiencia con el blog y a mi trayectoria en turismo, pensé que podíamos organizar una propuesta interesante. Así nació el primer encuentro, celebrado en La Carboná. Allí nos dimos cuenta de que muchas mujeres necesitaban ese espacio. No queríamos limitarnos a presentarlas. También les dábamos el micrófono para que pudieran contar quiénes eran y qué hacían. Una de ellas explicó que, cuando alguien llegaba a su negocio, preguntaba por su padre o por el hombre que dirigía la empresa y tenía que responder: “No, la responsable soy yo”. Resulta increíble que eso siga ocurriendo.
Otra participante, que siempre acudía acompañada por su marido, nos contó que aquella era la primera vez que había ido sola, había montado su propio espacio y había presentado su trabajo sin depender de nadie. La satisfacción que sintió ya justificaba por sí sola la organización del encuentro.
Esas experiencias nos demostraron que el proyecto era necesario. Muchas mujeres hacen un trabajo extraordinario, pero permanecen en un segundo plano o no sienten que tengan derecho a darse visibilidad. A veces basta con que alguien las coja de la mano, les dé un espacio y las anime a contar su historia.
“Queríamos crear un espacio donde las mujeres pudieran compartir su trabajo y dejar de sentirse solas”
¿Cómo ha evolucionado este encuentro desde aquella primera edición?
Ha ido creciendo poco a poco. Los dos primeros encuentros se celebraron en La Carboná. Después pasamos a Bodegas Valdespino porque necesitábamos un espacio más amplio y nos hacía mucha ilusión poderlo celebrar en una bodega jerezana y con su equipo todo fueron facilidades desde el primer momento. Al principio lo organizábamos todo nosotras: los contactos, los diseños, la participación de las mujeres y el montaje de los espacios. En la última edición contamos con el apoyo del Patronato Provincial de Turismo de Cádiz, pero ha sido un proyecto construido con mucho esfuerzo y a fuego lento.
Cada año elegimos a diez mujeres. La última edición se lo dedicamos a Jerez por la Capitalidad Española de la Gastronomía y, nada más terminar, ya había profesionales escribiéndonos porque querían participar en la siguiente. Eso antes no ocurría. Ahora ya tengo prácticamente preparada la lista del próximo año.
Nos acercamos a la quinta edición y el encuentro ha crecido tanto que Lola ya habla de llamarlo gala. El aforo se llena rápidamente y cada vez hay más interés. Lo importante es que estas mujeres tengan un lugar donde mostrar su trabajo, ser reconocidas y sentirse parte de una red.
Cuando se habla de gastronomía, muchas veces los nombres más visibles siguen siendo masculinos, aunque durante generaciones hayan sido las mujeres quienes han estado al frente de la cocina. ¿Sigue existiendo esa falta de reconocimiento?
Sí, totalmente. Cuando pensamos en chefs, responsables de empresas, bodegas o proyectos gastronómicos, muchas veces seguimos imaginando a un hombre. Sin embargo, hay muchísimas mujeres trabajando en todos los ámbitos: cocineras, apicultoras, bodegueras, panaderas, pasteleras, productoras…
Es un sector muy amplio y las mujeres tienen un papel fundamental. El problema es que muchas veces ese trabajo no se reconoce. Hay mujeres que llevan años al frente de empresas importantes y apenas son conocidas.
Nosotras también entregamos un reconocimiento a la trayectoria imparable. En una de las ediciones se lo concedimos a la gerente del Grupo El Faro, una mujer con una trayectoria enorme que, sin embargo, no tenía la visibilidad que merecía. Después del encuentro empezamos a verla cada vez más en medios y en redes sociales, y eso nos dio mucha alegría. La visibilidad también da alas. Ayuda a que una profesional se reconozca a sí misma y a que otras mujeres puedan verla como referente.
A muchas les cuesta hablar de sus logros o situarse en primer plano. Están acostumbradas a permanecer detrás, a trabajar sin hacer ruido. Por eso, cuando les damos voz, muchas se emocionan y casi todas recuerdan a sus madres y a sus abuelas. No es casualidad. La cocina de las abuelas está en el origen de todo. Sin ellas no existiría la cocina actual, y eso no debemos olvidarlo.
“La visibilidad también da alas”
En las notas que me enviaste aparecía con mucho cariño el nombre de Lola Rueda. Hay personas que llegan a nuestra vida en el momento justo. ¿Qué ha significado para ti en esta última etapa?
Lola Rueda ha sido una persona muy importante en esta etapa, especialmente en todo lo relacionado con Mujeres Imparables y con los Encuentros Mujeres en la Gastronomía Gaditana. Admiro muchísimo a Lola y con ella aprendo algo nuevo cada día.
Fue ella quien me lanzó el reto de poner en marcha esta iniciativa. A partir de aquella conversación empezamos a pensar cómo podíamos crear un espacio útil para las profesionales del sector y darle forma a una idea que, al principio, no todo el mundo veía clara.
Ha sido un proyecto compartido y construido poco a poco. Las dos hemos vivido su evolución, desde los primeros encuentros hasta este momento en el que ya estamos preparando la quinta edición y viendo cómo cada vez más mujeres quieren formar parte de él. Lo más bonito es comprobar que el trabajo realizado está sirviendo para que muchas profesionales se conozcan, ganen confianza y tengan la visibilidad que merecen.
Lo que no deberíamos perder
Vivimos en una época en la que todo va muy deprisa. ¿Crees que estamos perdiendo la costumbre de cocinar y de compartir la mesa en familia?
Sí, lo creo. Vivimos con mucha prisa y eso se nota también en la cocina. Cada vez tenemos menos tiempo para preparar la comida y, muchas veces, terminamos recurriendo a cosas rápidas porque el día no da para más.
Lo entiendo perfectamente porque yo también he vivido esa etapa. Cuando trabajaba en turismo había días en los que apenas tenía tiempo para nada, pero creo que no deberíamos perder la costumbre de sentarnos a la mesa. No se trata solo de comer. Es el momento en el que la familia habla, comparte cómo ha ido el día y se encuentra.
Antes la cocina era el centro de la casa. Allí se hacían los deberes, se hablaba, se reía y también se aprendía. Hoy todo eso ha cambiado y me da un poco de pena porque son momentos que ya no vuelven. No digo que tengamos que cocinar como lo hacían nuestras abuelas, porque la vida también ha cambiado, pero sí creo que deberíamos intentar recuperar esos pequeños espacios para compartir.
“La cocina nunca ha sido solo un lugar para cocinar; también ha sido un lugar para compartir”
Cuando impartís talleres o presentaciones, ¿cómo reaccionan los jóvenes? ¿Crees que existe interés por recuperar esa cocina tradicional?
Mucho más del que imaginamos. Es verdad que muchas veces pensamos que los jóvenes no tienen interés, pero cuando les das la oportunidad descubres que sienten mucha curiosidad.
En los talleres hacen preguntas, quieren aprender y se sorprenden con recetas que nunca habían visto hacer en casa. Creo que también influye que muchas familias ya no cocinan como antes. Hay chicos y chicas que nunca han visto preparar un potaje o unas tortillitas de camarones porque en su casa no se hacen.
Por eso pienso que es importante acercarles ese patrimonio. No para que cocinen exactamente igual que lo hacían nuestras abuelas, sino para que sepan de dónde venimos y comprendan que esas recetas también forman parte de nuestra cultura. Al final, cada generación aporta cosas nuevas, pero es bonito que conozca lo que recibió de las anteriores.
Si una niña de diez años leyera esta entrevista dentro de unos años, ¿qué te gustaría que aprendiera de tu historia?
Me gustaría que entendiera que merece la pena dedicarse a aquello que realmente le apasiona y que no debe tener miedo a cambiar de rumbo si la vida la lleva por un camino distinto al que había imaginado.
Yo nunca pensé que terminaría dedicándome a esto. Mi vida profesional iba por otro lado y, sin embargo, hoy siento que estoy exactamente donde tengo que estar. También me gustaría que aprendiera a escuchar a las personas mayores.
Vivimos demasiado deprisa y pensamos que siempre habrá tiempo para preguntarles cómo hacían una receta, cómo era su infancia o qué recuerdan de su vida y un día nos damos cuenta de que ya es tarde. Por eso les diría que aprovechen ese tiempo, que pregunten, que escuchen y que escriban esas historias. Las recetas se pueden volver a cocinar, pero los recuerdos, si no los guardamos, muchas veces se pierden para siempre.
“Si no escuchamos hoy a nuestros mayores, mañana habrá historias que ya nadie podrá contar”
Después de todo lo que has vivido, ¿qué significa hoy para ti el éxito?
Antes probablemente habría respondido de otra manera. Hoy el éxito no tiene que ver con trabajar más ni con hacer más cosas. Para mí el éxito es tener salud, poder disfrutar de mi familia, compartir tiempo con mi madre, seguir ilusionándome con nuevos proyectos y sentir que lo que hago sirve para algo.
Si además consigo que una familia recupere una receta que creía perdida, que una mujer encuentre un espacio donde sentirse reconocida o que alguien mire la gastronomía de nuestra tierra con otros ojos, me doy por satisfecha.
Al final, lo importante no es hacer grandes cosas, sino que aquello que haces deje una huella positiva en los demás.
“El éxito es sentir que lo que haces sirve para algo”
Lo que queda por cocinar
Después de todo lo que has vivido, ¿sientes que todavía te quedan muchos sueños por cumplir?
Sí, muchísimos. Mientras tenga ilusión, siempre habrá proyectos nuevos.
Me gustaría seguir recuperando recetas, continuar investigando y que los libros llegaran a muchas más personas. También quiero que los Encuentros Mujeres en la Gastronomía Gaditana sigan creciendo y que cada vez más mujeres encuentren en ellos un espacio donde sentirse reconocidas, pero, sobre todo, espero seguir disfrutando de todo esto como lo hago ahora.
He aprendido que los proyectos tienen sentido cuando también te hacen feliz. Ya no necesito correr ni demostrar nada. Prefiero hacer las cosas despacio, disfrutando del camino y de las personas que me acompañan.
Si dentro de unos años puedo mirar atrás y comprobar que hemos ayudado a conservar una parte de la memoria gastronómica de nuestra tierra, sentiré que todo el esfuerzo habrá merecido la pena.

Y si pudieras sentarte un momento con aquella niña que llegaba del colegio y se quedaba mirando a su madre y a su abuela cocinar, ¿qué le dirías?
Le diría que siguiera entrando en aquella cocina, que no dejara nunca de observar, de preguntar y de disfrutar de esos momentos. Entonces no era consciente de todo lo que estaba aprendiendo. Pensaba que simplemente estaba viendo cocinar a mi madre y a mi abuela, pero en realidad estaba aprendiendo a querer, a compartir, a tener paciencia y a valorar las pequeñas cosas.
También le diría que disfrutara mucho de ellas porque el tiempo pasa muy deprisa y, cuando eres pequeña, piensas que esas personas siempre van a estar ahí. Hoy daría cualquier cosa por volver a compartir una tarde más con mi abuela en la cocina. Por eso creo que hay que aprovechar esos momentos mientras los tenemos. Son los que, con el paso de los años, terminan sosteniendo nuestra memoria.
“Hoy daría cualquier cosa por volver a compartir una tarde más con mi abuela en la cocina”
La mirada de Mujeres sin Manual
Gracias, Pilar, por compartir tu historia con Mujeres sin Manual y por enseñarnos a mirar la cocina y sus fogones desde un lugar diferente. No solo como el espacio en el que se prepara la comida, sino como el escenario de muchos de los recuerdos que nos acompañan durante toda la vida.
A través de tus palabras hemos regresado a las cocinas de la infancia, a las tardes junto a nuestras madres y abuelas y a esos momentos en familia que entonces podían parecer cotidianos, pero que con los años adquieren un valor difícil de explicar… porque hay aromas, sabores y gestos que permanecen en nuestra memoria incluso cuando las personas que nos los enseñaron ya no están.
Tu historia también nos recuerda la importancia de preguntar, escuchar y dejar por escrito esas recetas antes de que sea demasiado tarde. De conservar en una libreta algo más que ingredientes y tiempos de cocción porque en cada plato quedan guardados una forma de cuidar, una manera de celebrar y un pedazo de la vida de quienes lo prepararon antes que nosotros.
Y también nos has hecho pensar en algo que cada vez nos cuesta más ofrecer: tiempo. El que necesita una receta para hacerse despacio, pero también el que dedicamos a quienes se sientan con nosotros alrededor de la mesa porque cocinar, aunque a veces lo olvidemos, une mucho más de lo que nos creemos.

