Paula Leitón tenía solo 12 años cuando comenzó a competir en la División de Honor de waterpolo. A los 15 debutó con la selección española absoluta y, apenas un año después, se convirtió en la deportista más joven de la delegación española en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Desde entonces, su vida ha avanzado entre entrenamientos, competiciones y decisiones que la obligaron a madurar mucho antes que a otras jóvenes de su edad.
En Tokio 2020 consiguió la plata olímpica y, cuatro años más tarde, alcanzó en París el sueño que había perseguido desde niña: proclamarse campeona olímpica. A sus 26 años, su palmarés reúne once medallas internacionales entre Juegos Olímpicos y competiciones de World Aquatics, entre ellas un oro y una plata olímpicos, además de tres platas y dos bronces mundiales. Una trayectoria construida, como ella misma reconoce, no solo desde el talento, sino, sobre todo, desde la constancia, el sacrificio y una ambición que nunca ha entendido como conformarse con lo conseguido.
Sin embargo, después de ganar el oro en París, parte de la conversación dejó de centrarse en su éxito deportivo para hacerlo en su cuerpo. Los comentarios gordófobos que Paula Leitón recibió en redes sociales la llevaron a alzar la voz y a convertirse en un referente para muchas niñas y jóvenes que crecen sintiendo que no encajan en los cánones establecidos.
De esa experiencia, pero también de sus recuerdos de infancia y de todo el camino recorrido dentro y fuera de la piscina, nace el primer libro de Paula Leitón, XXL: Del oro olímpico a la lucha contra la gordofobia. Con prólogo de Almudena Cid, Paula vuelve sobre sus raíces, sus primeros pasos en el waterpolo y el proceso que la llevó a descubrir que el cuerpo por el que tantas veces fue juzgada era también su impulso. A lo largo de sus páginas habla de crecimiento, confianza, madurez, límites y de aquellos momentos en los que cuerpo y mente tuvieron que aprender a resurgir. Un recorrido personal que encierra una idea muy clara: no somos un número en una báscula ni tenemos que encajar en ningún molde.
Hoy, Paula Leitón, campeona olímpica, continúa compitiendo al máximo nivel, estudia para convertirse en maestra y mira hacia Los Ángeles 2028 con un nuevo oro olímpico en el horizonte, pero su mayor aspiración va mucho más allá de las medallas: quiere que algún día se la recuerde también por las personas a las que pudo ayudar.
Paula Leitón: una adolescencia entre entrenamientos y grandes sueños
Paula, empezaste a jugar en División de Honor con solo 12 años, llegaste a la selección absoluta con 15 y disputaste tus primeros Juegos Olímpicos con 16. ¿Cómo viviste una adolescencia marcada por un deporte tan exigente y por competir desde tan joven al máximo nivel?
Viví una adolescencia muy feliz y siempre acompañada por el deporte y los entrenamientos. Todas esas horas que invertí también me ayudaron a forjar mi identidad y la personalidad de la Paula que soy ahora.
Me siento muy agradecida por aquellos años porque me permitieron vivir experiencias que no formaban parte de la normalidad de otros adolescentes y que yo tuve la suerte de conocer.
Siempre has dicho que no eras la jugadora con más talento, sino una de las más constantes. ¿Cuántas veces tuviste que seguir trabajando cuando otras personas todavía no veían hasta dónde podías llegar?
He tenido que seguir trabajando cada día, cada vez que llegaba a la piscina y me colocaba en el bordillo antes de tirarme al agua. Para llegar a ser mejor en cualquier ámbito de la vida, y especialmente en el deporte, hay que trabajar, intentar superarse y querer avanzar un poco más cada día.
Esa ambición también te ayuda a demostrar hasta dónde puedes llegar. Muchas veces no se trata de los límites que nos imponen los demás, sino de aquellos que nos ponemos nosotras mismas y que queremos ir superando a base de trabajo y de nuevos retos.
“Muchas veces no se trata de los límites que nos imponen los demás, sino de aquellos que nos ponemos nosotras mismas”
En Río 2016 os quedasteis a las puertas de las medallas; en Tokio llegó la plata y en París, por fin, el oro. ¿Qué aprendiste de las derrotas que nunca te habría enseñado una victoria?
Las derrotas me han enseñado que siempre se presentan nuevas oportunidades. A veces hay que esperar mucho tiempo, como ocurre con unos Juegos Olímpicos. En nuestro caso, esa oportunidad llegó en París ocho años después de Río, pero también puede aparecer mucho antes, porque cada semana tenemos partidos de liga y una nueva ocasión para ser mejores y volver a luchar por ganar.
La derrota te obliga a hacer introspección, a mirar qué puedes mejorar individualmente para después aportar más al equipo.
Suponemos que habías imaginado muchas veces cómo sería convertirte en campeona olímpica. Cuando terminó la final de París y comprendiste que lo habíais conseguido, ¿qué fue lo primero que pasó por tu cabeza?
Lo primero que pensé fue en toda mi carrera. Recordé a aquella niña que empezó a ir a la piscina con la ilusión de llegar algún día hasta donde habían llegado sus compañeras en 2012, cuando las veía por televisión.
También pensé en todo el trabajo, en el sacrificio de no poder estar con mi familia en momentos importantes, en vivir fuera de casa o en tener que estudiar online porque no podía llevar la carrera de manera presencial. Son pequeñas decisiones del día a día que muchas veces han sido duras, aunque también me han regalado momentos muy bonitos.
Y, sobre todo, pensé en toda la gente que me acompañó durante el camino, incluida la que se quedó fuera de aquellos Juegos y no tuvo la oportunidad de estar allí.
“Después de ganar el oro pensé en aquella niña que veía a sus compañeras por televisión y soñaba con llegar algún día hasta allí”

Cuando el cuerpo quiso eclipsar la medalla
Después de alcanzar el mayor éxito de tu carrera, una parte de la conversación dejó de centrarse en tu medalla y comenzó a hacerlo en tu cuerpo. ¿Qué sentiste al comprobar que, incluso después de ganar un oro olímpico, para algunas personas tu físico seguía siendo más importante que todo lo que habías logrado?
Sentí tristeza porque no entendía cómo algunas personas no podían ver que aquel momento tan bonito y tan esperado era lo verdaderamente importante. Decidieron centrarse en mi aspecto físico y no tanto en lo que acabábamos de conseguir.
Para mí, la medalla sigue siendo lo más importante. Duele que no se valore porque detrás de ese resultado hay muchísimo trabajo, muchas horas invertidas y muchos sacrificios para alcanzar el objetivo que me había marcado desde pequeña.
Respondiste a aquellos ataques con seguridad y sentido del humor, pero ser fuerte no significa ser invulnerable. ¿Hubo algún comentario o algún momento que sí te doliera cuando estabas a solas?
No hubo ningún comentario que me doliera especialmente a mí, pero sí me preocupó cómo podía afectar a las personas que me rodean. Mi familia y mis amistades han estado siempre conmigo y me han acompañado durante toda mi carrera. Me dolía más pensar en cómo les podían estar llegando aquellos comentarios y cómo los estaban viviendo ellos que en cómo los recibía yo.
Tu forma de responder te convirtió en un referente contra la gordofobia. ¿Te preocupa que a veces se te escuche más cuando hablas de tu cuerpo que cuando hablas de waterpolo?
No me preocupa. Creo que hablar de los cuerpos y hablar de waterpolo son dos cosas que pueden ir de la mano y que ambas son importantes.
Hablar sobre la diversidad corporal también puede hacer que muchas personas conozcan mi deporte y quieran practicarlo. Para mí, el waterpolo fue una vía para descubrir el potencial que tenía. Por eso creo que es importante hablar de las dos cosas y no silenciar ninguna.
“Hablar de la diversidad de los cuerpos también puede hacer que muchas personas conozcan mi deporte y quieran practicarlo”
Has contado que ganaste el oro olímpico conviviendo con tres hernias y con dolor diario. ¿Cómo se entrena y se compite al máximo nivel cuando el dolor también forma parte de cada jornada?
El dolor termina formando parte del día a día del deportista y aprendes a convivir con él, sabiendo que también es parte del proceso para conseguir grandes cosas. Aunque, por supuesto, hay límites que debemos aprender a poner.
Cuando practicas deporte de élite, ya no haces deporte únicamente por salud o por mantenerte activa. Llevas el cuerpo al límite y sabes que dentro de esa exigencia pueden aparecer las lesiones y el dolor.
La visibilidad del deporte femenino más allá de las medallas
El deporte femenino aparece con fuerza cuando llegan los Juegos o las grandes competiciones, pero muchas veces vuelve a desaparecer poco después. ¿Qué tendría que cambiar para que las deportistas no necesitaran ganar una medalla para merecer espacio, reconocimiento y oportunidades?
Creo que es un trabajo de toda la sociedad conseguir que no se nos olvide y que las deportistas no seamos escuchadas o vistas únicamente cuando ganamos un título olímpico.
Tenemos que interesarnos por otros deportes y comprender que en España no existe solamente el fútbol. Competimos en muchísimas disciplinas y somos muy buenas en muchas de ellas.
Es una responsabilidad compartida: de las televisiones y los medios que ofrecen ese espacio, pero también de las empresas que apuestan por patrocinar y apoyar a las deportistas. Para que sigan llegando medallas, hay que acompañar al deportista no solo cuando gana, sino durante todo el camino. Esa es, precisamente, la parte más importante de todo lo que después se consigue.
“Hay que acompañar al deportista no solo cuando gana, sino durante todo el camino”
Para muchos niños y niñas, el deporte sigue siendo una actividad extraescolar, algo secundario frente a las asignaturas consideradas importantes. ¿Crees que debería ocupar un lugar central en la educación? ¿Qué puede enseñar el deporte que difícilmente se aprende dentro de un aula?
Creo que debería ocupar mucho más tiempo dentro de la educación. Los valores que me han acompañado desde pequeña proceden, en gran parte, del deporte: el trabajo en equipo, la cooperación, el sacrificio, la resiliencia, las ganas de mejorar y la ambición.
Son aprendizajes que después puedes trasladar al aula y a cualquier ámbito de la vida. A mí el deporte también me ayudó a ser ordenada, a compaginar los entrenamientos con los estudios, a llevar los deberes al día y a organizarme incluso cuando apenas tenía tiempo.
El deporte te enseña todo eso mientras haces algo que te gusta y, muchas veces, resulta mucho más fácil aprenderlo así que cuando te lo imponen dentro de un aula.

Una vida XXL más allá del cuerpo
Escribir XXL: Del oro olímpico a la lucha contra la gordofobia te ha llevado a recordar momentos muy personales de tu infancia y de tu trayectoria. ¿Cómo ha sido volver a recorrer tu propia historia y poner en palabras experiencias de las que quizá nunca habías hablado?
Ha sido muy bonito porque me ha permitido recuperar momentos que tal vez había olvidado o dejado atrás. Volver a pensar en ellos y, sobre todo, preguntar a mi familia y a las personas que me quieren cómo era cuando era pequeña me ha ayudado a recordar por qué soy una apasionada de este deporte.
También me ha hecho entender por qué sigo entrenando tan duro cada día y por qué tengo tan claros mis objetivos. Cuando vuelves al pasado comprendes mejor el camino que has elegido, todo lo que has recorrido y las razones por las que estás donde estás.
El título del libro habla de una vida “XXL”. Más allá del tamaño de tu cuerpo, ¿en qué otros sentidos sientes que Paula también es XXL?
Diría que Paula es XXL en todos los sentidos: por lo grande que es su corazón, por las personas de las que se rodea, por su manera de querer ayudar y porque siempre quiere hacerlo todo a lo grande.
“Soy XXL por lo grande que es mi corazón, por las personas de las que me rodeo y porque siempre quiero hacerlo todo a lo grande”
Has explicado que en casa te enseñaron a quererte con la misma naturalidad con la que te enseñaron a comer bien, descansar o hacer los deberes. ¿Qué responsabilidad tienen las familias, las escuelas y los entrenadores en la relación que las niñas construyen con su cuerpo?
Las familias tienen una gran responsabilidad, pero deben trabajar de la mano de las escuelas y de los entrenadores, porque durante la infancia pasamos muchísimas horas tanto en el colegio como entrenando. Todos ellos influyen en la imagen que las niñas construyen de sí mismas.
Mi familia no necesitaba darme su aprobación, pero sí me validó y me ayudó a verme como era: una niña grande que tenía la suerte de estar sana, disfrutar de su cuerpo y encontrar un deporte que la hacía feliz.
También tuve la suerte de que mis entrenadores y mi colegio no me transmitieran únicamente que tenía un cuerpo para competir o que debía ganar. Me animaron a disfrutar, a probar distintos deportes y a descubrir qué se me daba bien y qué me hacía sentir feliz conmigo misma.
Las redes sociales muestran continuamente cuerpos aparentemente perfectos que, muchas veces, ni siquiera son reales. ¿Qué daño está provocando esa presión estética en niñas cada vez más pequeñas y qué responsabilidad tienen los medios, las marcas y las propias plataformas?
Creo que hay que poner límites, como en todos los ámbitos de la vida, pero especialmente en las redes sociales. No todo el contenido es apropiado para todas las edades y el teléfono está cada vez más presente en el día a día de niñas y niños.
Pueden verse reflejados en referentes que aparecen en las redes, pero cuya imagen no siempre se corresponde con la realidad. Por eso es muy importante crear referentes reales. Los deportistas podemos serlo no solo dentro de la piscina o de una cancha, sino también a través de lo que hacemos fuera de ellas.
Las marcas también tienen una responsabilidad. Cada vez deben mostrar una mayor diversidad y dar espacio a cuerpos que tradicionalmente no han estado representados. Los más pequeños necesitan entender que también hay un lugar para ellos, para lo que piensan y para aquello que quieren hacer.

Ser referente sin dejar de descubrirse
Hoy eres campeona olímpica, escritora y una voz escuchada por muchas jóvenes, pero solo tienes 26 años. ¿Cómo se aprende a convivir con la responsabilidad de ser un referente cuando tú también sigues descubriendo quién eres?
Simplemente siendo yo misma. No lo veo como una responsabilidad: soy Paula y me gusta mostrarme tal y como soy, con los valores con los que me he formado, mi manera de entender el mundo y mis ganas de ayudar.
Sigo descubriéndome cada día y las personas que se cruzan en mi camino también me ayudan a ser mejor. Voy recogiendo pequeñas cosas de todo lo que me aporta la universidad, el deporte y los momentos cotidianos.
Lo único que quiero mostrar es cómo he vivido, cómo las personas que he tenido a mi alrededor me han acompañado y cómo el deporte me ha ayudado a convertirme en quien soy.
Cuando piensas en el futuro sin ponerte límites, ¿cuál es el sueño más grande que todavía guarda Paula?
Me encantaría convertirme en una de las deportistas más laureadas, no solo por los éxitos, sino también por todo lo que pueda dejar después. Me gustaría trascender.
Quiero que se me recuerde por mis logros y por todo lo que he conseguido, pero también por las personas a las que haya podido ayudar y por el bien que haya sido capaz de aportar. Me gustaría que todos los sacrificios realizados tuvieran también esa recompensa: llegar al mayor número posible de personas que necesitan ayuda y no saben dónde encontrarla.
“Me gustaría que se me recordara por mis logros, pero también por todas las personas a las que haya podido ayudar”
Aunque hemos avanzado, muchas mujeres siguen renunciando o aplazando sus sueños para cuidar, conciliar o responder a lo que se espera de ellas. ¿Crees que las mujeres pueden elegir hoy su camino con verdadera libertad? ¿A qué has tenido que renunciar tú para llegar hasta aquí?
Creo que las mujeres podemos elegir cada vez más nuestro camino, aunque todavía continúan poniéndonos muchas piedras. Poco a poco vamos retirando esas barreras y cada vez hay más equidad, tanto en el deporte como en otros ámbitos profesionales, pero todavía queda mucho por hacer.
No creo que sea únicamente la mujer quien tenga que demostrar lo que vale. También deben darnos nuestro lugar, cooperar y ayudarnos a que esa igualdad pueda llegar de verdad.
Personalmente, nunca diría que he renunciado a algo. Creo que he elegido lo que quería hacer en cada momento y me siento muy afortunada. Quizá dejé de hacer algunas cosas propias de mi edad y viví las etapas de una manera diferente, pero también he tenido experiencias y recuerdos que otras personas de mi generación no han tenido la oportunidad de vivir.
Si pudieras sentarte frente a la niña que empezó a jugar al waterpolo sin imaginar todo lo que vendría después, ¿qué crees que pensaría al verte hoy y qué le dirías sobre todo lo que iba a tener que aprender?
Creo que esa niña se sentiría orgullosa de todo lo que he luchado, trabajado y conseguido durante mi carrera. Pero, sobre todo, seguiría animándome a no tirar la toalla y a conservar aquella ilusión y aquella ambición que tenía cuando era pequeña. Me diría: “Sigue, porque todavía tienen que llegar cosas muy grandes y cada día puede ofrecerte una nueva oportunidad”.
También le explicaría que tendrá que aprender a enfrentarse a momentos duros que nunca habría imaginado y que, quizá, algunos logros tardarán más de lo que espera. Le diría que respire, que todo necesita tiempo y que cada proceso es importante.
Y le recordaría que disfrute de los pequeños momentos, porque muchas veces nos centramos tanto en llegar al final que nos olvidamos de todas las cosas que la vida nos va regalando durante el camino.
“Todo tarda, todo tiene su proceso y muchas veces nos centramos tanto en llegar al final que olvidamos disfrutar de las pequeñas cosas del camino”
La mirada de Mujeres sin Manual
Si algo he aprendido al escuchar la historia de Paula Leitón es que, por encima de las medallas y de todos los éxitos alcanzados, existe en ella un deseo enorme de ayudar a los demás. En una sociedad cada vez más guiada por la tecnología y la inteligencia artificial, encontrar personas cuyo mayor propósito sea dejar algo bueno en la vida de quienes las rodean merece ser resaltado.
Desde Mujeres sin Manual no tenemos ninguna duda de que Paula Leitón continuará conquistando todo lo que se proponga, ya sean nuevas medallas, otros éxitos o cualquier sueño que decida perseguir. Pero, más allá de lo que aún está por llegar, ya se ha convertido en una mujer referente. Se ha ganado a pulso el respeto de muchas personas por su actitud, por su manera de enfrentarse al ruido y por no permitir que las opiniones ajenas le impidieran seguir avanzando hasta llegar donde está hoy.
Para Mujeres sin Manual ha sido un privilegio escucharla, dar voz a su historia y aportar nuestro pequeño granito de arena para que el deporte femenino ocupe el lugar que merece. Y, después de conocer su camino, quizá su mayor victoria no haya sido demostrar a los demás hasta dónde podía llegar, sino no haber dejado nunca de creer en sí misma. Como ella misma reconoce en su libro: “He tenido la suerte de creer siempre en mi cuerpo”.

