Durante mucho tiempo nos hicieron creer que liderar consistía en aguantar más, llegar antes, irse después y demostrar constantemente que éramos capaces de soportarlo todo... como si el éxito tuviera que medirse en horas robadas al descanso, a la familia o incluso a una misma, pero ¿y si no era cuestión de resistencia y el problema era el modelo?
Esa es una de las principales reflexiones que deja el estudio Nuevos modelos de liderazgo según las vivencias de las mujeres directivas, impulsado por WITH, una investigación que recoge las experiencias y percepciones de mujeres líderes sobre cómo están cambiando las organizaciones y qué tipo de liderazgo demandan los tiempos que vivimos.
A través de este informe se puede desprender que la pregunta más interesante no sea si existe un liderazgo femenino, sino si el liderazgo tradicional sigue respondiendo a lo que las personas necesitan en la actualidad.
El verdadero obstáculo: llegar a los espacios de decisión
A menudo se pone el foco en cómo lideran las mujeres. Sin embargo, las participantes del estudio coinciden en señalar que el principal desafío continúa estando antes: acceder a los puestos de responsabilidad en condiciones de igualdad.
Machismos sutiles, sesgos inconscientes en los procesos de selección, la maternidad entendida como una interferencia y la persistencia de dinámicas informales de poder siguen apareciendo como barreras que condicionan las trayectorias profesionales de muchas mujeres.
En el informe también se pone nombre a obstáculos menos visibles como el perfeccionismo incapacitante, el miedo a no estar preparadas, la renuncia anticipada, el famoso síndrome de la impostora que tantas mujeres reconocen haber sentido alguna vez.
Y puede ser tu caso, mientras lees esto, alguna parte de ti esté pensando: "Yo también he dudado de si estaba preparada" porque pocas mujeres llegan a determinados espacios sin haberse hecho esa pregunta alguna vez.
La diferencia es que durante demasiado tiempo interpretamos esa duda como una carencia individual, cuando tal vez era la consecuencia lógica de haber crecido sin apenas referentes y con la sensación de que había que demostrar el doble para ocupar el mismo lugar.
¿Liderazgo femenino o nuevos liderazgos?
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio podría ser precisamente cuestionar la propia etiqueta de "liderazgo femenino".
Las propias directivas entrevistadas rechazan la idea de que exista una única manera de liderar asociada al género porque no todas las mujeres lideran igual y porque en el caso de los hombres también ellos encarnan estilos de liderazgo alejados del modelo tradicional.
La conversación, por tanto, deja de ser una batalla entre hombres y mujeres para convertirse en algo mucho más relevante: preguntarnos qué tipo de liderazgo necesitamos en la actualidad.
En este escenario, la cuestión no es quién lidera, sino cómo queremos ser lideradas. ¿Queremos seguir entendiendo el liderazgo como disponibilidad absoluta, control y jornadas interminables? ¿o necesitamos organizaciones más humanas, más conscientes, capaces de escuchar y de adaptarse a un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa?
Llegados a este punto, tal vez no se trate de que las mujeres aprendan a liderar como siempre se ha hecho, sino que la verdadera oportunidad esté en atrevernos a revisar un modelo que durante demasiado tiempo se ha dado por válido.
El liderazgo que viene: escuchar, inspirar y colaborar
Según el informe, las características más asociadas a este liderazgo emergente son la comunicación abierta y accesible, la capacidad de inspirar, la colaboración en red, la diversidad como fortaleza y la visión de cambio.
Frente al liderazgo basado en el control, la jerarquía o la opacidad, emerge otro modelo que entiende que dirigir equipos no consiste únicamente en alcanzar resultados, sino también en crear entornos donde las personas puedan desarrollarse, escuchar, reconocer, compartir información, generar confianza y acompañar.
No se trata de renunciar a la exigencia ni a la eficiencia, se trata de entender que ambas pueden convivir con la empatía, la flexibilidad y el propósito. Y quizá por eso este nuevo liderazgo conecta especialmente con las generaciones más jóvenes, que ya no están dispuestas a normalizar determinadas dinámicas laborales simplemente porque "siempre se han hecho así".
El futuro del trabajo también se juega en casa
El estudio deja además una reflexión incómoda pero necesaria: hablar de liderazgo femenino implica también hablar de corresponsabilidad.
Detrás de muchas mujeres que han llegado lejos hay agendas imposibles, redes de apoyo, renuncias silenciosas y mucha ingeniería doméstica para que todo funcione. La sociedad debe dejar de preguntarse cómo hacen las mujeres para llegar a todo y empezar a preguntarnos por qué seguimos esperando que sean ellas quienes mantengan el equilibrio.
Los cambios dentro de las empresas avanzan, pero también necesitan ir acompañados de cambios culturales fuera de ellas, en cómo entendemos el éxito, cómo repartimos el tiempo o cómo educamos a las nuevas generaciones... porque hablar de liderazgo sin hablar de cuidados es contar solo la mitad de la historia.
¿Y si el problema nunca fueron las mujeres?
Durante mucho tiempo, muchas mujeres han sentido que para liderar debían adaptarse a modelos construidos sin ellas en mente, ser más duras, más disponibles, más competitivas, más parecidas a lo que se esperaba de un líder.
Sin embargo, cada vez son más quienes se atreven a demostrar que existen otras formas de dirigir. Formas donde la vulnerabilidad no resta autoridad, formas en la que escuchar no significa perder poder, formas en las que cuidar de las personas no está reñido con obtener resultados.
El liderazgo del futuro probablemente no tenga que ver con parecer invencibles, tiene más que ver con atrevernos a escuchar, a pedir ayuda, a reconocer que no podemos con todo y, aun así, seguir tomando decisiones valientes.
“Liderar sin dejar de ser quienes somos”
Si algo demuestran las mujeres que participan en este estudio es que no están reclamando privilegios ni un trato diferente, sino que están poniendo sobre la mesa una conversación necesaria sobre cómo queremos trabajar, relacionarnos y construir nuestras organizaciones.
Durante demasiado tiempo hemos confundido autoridad con agotamiento, compromiso con disponibilidad absoluta y fortaleza con silencio. Tal vez haya llegado el momento de redefinir qué entendemos por éxito y por liderazgo porque liderar no debería exigirnos dejar de ser personas para demostrar que somos capaces.

