Moni Rivas todavía no conoce Madrid, pero lleva mucho tiempo imaginándola. Ha pensado en cómo será caminar por la Gran Vía al atardecer, en recorrer El Retiro cuando apenas comienza el día, en detenerse delante de Las Meninas y del Guernica, en probar una tortilla española.
Aunque cuando habla de España, hay algo que le hace todavía más ilusión que todo eso: abrazar.
Abrazar a algunas de las personas que, a miles de kilómetros de distancia y sin haberla conocido personalmente, confiaron en su trabajo, compraron sus obras o apoyaron sus proyectos.
Tiene 37 años. Es ingeniera en Marketing y Publicidad, artista, emprendedora y una mujer profundamente sensible. Una sensibilidad que durante mucho tiempo creyó que podía ser una debilidad y que hoy reconoce como una de sus fortalezas.
Su discapacidad física forma parte de su historia. La atraviesa y ha condicionado muchas de sus oportunidades, pero convertirla en el centro absoluto de este relato sería cometer precisamente el error contra el que lleva años luchando: mirar primero su discapacidad y después a la mujer.
Por encima de cualquier diagnóstico, etiqueta o prejuicio está ella: Moni Rivas y quizá esta historia empiece precisamente ahí, en aprender a mirarla.
Cuando Moni Rivas vuelve a ser simplemente Moni
En Mujeres sin Manual hay una pregunta que nos gusta hacer al comienzo de nuestras conversaciones. Antes de hablar de profesiones, proyectos o logros, intentamos apartar todo aquello que solemos utilizar para presentarnos ante los demás.
Con Moni Rivas hicimos lo mismo: ¿quién es cuando dejamos a un lado la ingeniería, el marketing, el arte y todos sus proyectos?
“Moni es una soñadora”, responde.
Después aparecen Dios, su familia y una manera de entender la vida muy vinculada al cuidado. Es hogareña, curiosa, encuentra felicidad en las cosas pequeñas y comparte buena parte de sus días con tres gatos y dos perros. Entre ellos está Will, una de sus gatas, que desde hace casi ocho años se ha convertido prácticamente en su sombra.
También es profundamente sensible. Durante mucho tiempo creyó que esa forma de sentir podía jugar en su contra; hoy la reconoce como parte de su fortaleza.
“Pensé que ser sensible podía ser una debilidad, pero he descubierto que también es una fortaleza, porque me permite conectar con los demás, escuchar de verdad y ponerme en su lugar”
Y está la resiliencia. Moni Rivas ha crecido con una discapacidad física y desde muy pequeña aprendió, de la manera más literal posible, a caerse y volver a levantarse. “Las caídas duelen, algunas dejan cicatrices, pero siempre enseñan algo y nos hacen más fuertes”.
En ese camino, su fe y su familia han sido su refugio. En casa nunca la hicieron sentirse diferente y, durante su infancia, Moni ni siquiera fue plenamente consciente de que el mundo podía mirarla de otra manera. Lo descubrió cuando sus padres comenzaron a buscar un nuevo colegio y comprendió que, fuera de casa, su discapacidad podía convertirse en una primera impresión demasiado difícil de atravesar para quienes no se detenían a mirar más allá.
Cuando la discapacidad llegaba antes que ella
El cambio llegó cuando sus padres comenzaron a buscar un colegio de educación y con él llegaron los “no”. Durante seis años, la familia recibió rechazos de distintos centros. Moni recuerda que, en muchas ocasiones, ni siquiera tuvo la posibilidad de demostrar quién era o qué podía hacer. Bastaba verla para encontrar una razón que cerrara la puerta. “Fue la primera vez que entendí que, para muchas personas, mi discapacidad llegaba antes que yo”.
Aquella sensación no terminó al abandonar la etapa escolar. Con los años cambió de escenario, pero siguió apareciendo en el ámbito profesional, en las relaciones personales y sentimentales e incluso en situaciones tan cotidianas como acudir a un banco.
Moni Rivas tiene 37 años y lleva toda una vida tomando sus propias decisiones. Sin embargo, cuenta que todavía ocurre que, cuando acude acompañada a realizar una gestión bancaria como titular de su cuenta, quien está al otro lado se dirige primero a la persona que va con ella.
Entonces tiene que recordarlo: la titular es ella.
Es una de las formas que adopta la infantilización que todavía experimenta: hablarle con condescendencia, dirigirse primero a su acompañante o asumir que necesita que alguien responda o decida por ella.
Durante mucho tiempo, reconoce, vivir estas situaciones le generó frustración y la sensación de tener que demostrar continuamente de qué era capaz. Con los años, algo empezó a cambiar. No necesariamente la mirada de los demás, sino la suya sobre sí misma.
“He comprendido que no puedo controlar los prejuicios de los demás, pero sí puedo decidir cómo responder a ellos”
Hoy prefiere dedicar esa energía a crecer, crear y hacer bien su trabajo. Después de tantos años intentando que otros vieran más allá de una primera impresión, Moni ha llegado a una conclusión: “El verdadero límite nunca ha estado en mi discapacidad, sino en los prejuicios con los que algunas personas deciden mirar a los demás”.
Quizá por eso, cuando las oportunidades tampoco llegaron como esperaba en el terreno profesional, dejó de esperar a que alguien le abriera una puerta y empezó a construir la suya.

Cuando una puerta no se abre, se puede construir otra
También hubo quienes dudaron de que Moni Rivas pudiera llegar a la universidad y terminar una carrera. Ella convirtió aquellas dudas en una razón más para intentarlo. Al finalizar el colegio obtuvo una beca completa a través de un concurso internacional y, en 2018, se graduó como ingeniera en Marketing y Publicidad sin haber repetido una sola asignatura, pero tener un título no significó encontrar una oportunidad profesional.
Durante mucho tiempo buscó un empleo acorde con su formación y se encontró con una realidad que, según relata, sigue afectando a muchas personas con discapacidad en Paraguay: buena parte de las ofertas a las que podía acceder se concentraban en puestos auxiliares, administrativos, de recepción o asistencia, con pocas posibilidades de desarrollar la carrera para la que se había preparado.
Una entrevista de trabajo marcó especialmente aquella etapa. La empresa exigía un nivel de inglés que entonces no tenía y Moni decidió convertir esa carencia en una fortaleza. Estudió hasta alcanzar el nivel C2 y continuó después perfeccionando su gramática y escritura.
Ante la dificultad de encontrar un lugar donde desarrollar su profesión, comenzó también a crear sus propias oportunidades. A la venta de sus obras se sumó, casi por casualidad, el rediseño del currículum de una persona. Aquel primer encargo terminó convirtiéndose en un servicio de optimización de currículums con el que hoy ayuda a otros profesionales en sus procesos de búsqueda de empleo.
Curiosamente, algunos de sus primeros clientes, tanto de arte como de currículums, llegaron desde España. “Siempre digo que España ocupa un lugar muy especial en mi corazón, porque fue uno de los primeros países que confió en mi trabajo”.
Emprender, sin embargo, nunca fue para Moni Rivas ese relato romántico que tantas veces asociamos a la palabra. No comenzó porque soñara con tener su propio negocio. Comenzó, en buena medida, porque necesitaba trabajar. Hacerlo desde casa, con recursos limitados y generando sus propios ingresos ha sido uno de los grandes desafíos de su trayectoria.
“Incluso cuando una puerta no se abre, siempre existe la posibilidad de construir una propia”
Una de esas puertas, sin embargo, había empezado a abrirse mucho antes de la universidad, el marketing y los currículums. Cuando Moni todavía era una niña y pasaba horas dibujando sobre su cama.

El arte como refugio: “El talento no tiene barreras”
Mucho antes de convertirse en una forma de ganarse la vida, el arte fue para Moni un lugar en el que sentirse acompañada. Empezó a pintar con seis años. De niña le costaba hacer amistades y encontró en el dibujo y la pintura un refugio. Pasaba horas sobre la cama con sus lápices de colores porque era allí donde, debido a su motricidad, conseguía realizar mejor los trazos.
Una profesora de arte descubrió pronto su potencial y la animó a participar en distintos concursos representando a su escuela, algunos de los cuales llegó a ganar. Sin embargo, durante muchos años continuó pintando con materiales sencillos. No fue hasta la pandemia cuando, gracias a una donación, recibió sus primeros lienzos y pinturas profesionales. Poco después llegaron también las primeras ventas.
Moni Rivas tenía claro cómo quería que aquello sucediera. No quería que nadie comprara sus obras por compasión o porque detrás hubiera una mujer con discapacidad, quería que las eligieran porque les gustaban, porque les emocionaban y porque reconocían el trabajo que había detrás.
De esa convicción nació una frase que terminaría trascendiendo sus lienzos: “El talento no tiene barreras”.
Después de años sintiendo que debía demostrar de qué era capaz, el arte le permitía invertir el orden: primero su trabajo, después su historia. “Quería que las personas me conocieran por lo que puedo aportar, por mi trabajo, mis valores y mi talento. Y que, solo después, si lo desean, conozcan el resto de mi historia”.
La pintura tampoco es su única forma de expresión. Desde niña escribe canciones, poemas y textos, y ahora trabaja en otro de sus grandes sueños: un libro. Pintar y escribir nacen para ella de un mismo lugar, de esa sensibilidad que atraviesa su manera de estar en el mundo. “En un lienzo o en una página encuentro una libertad que a veces las palabras pronunciadas no me permiten”.
El arte estaba en su vida mucho antes de convertirse en profesión. Acompañaba ya a aquella niña que dibujaba sobre una cama cuando se sentía sola. Años después, algunos de esos trazos han terminado viajando mucho más lejos de lo que entonces podía imaginar.
Hay logros que caben en unos pendientes
Cuando hablamos de logros solemos pensar en aquello que puede escribirse en un currículum o medirse de alguna manera. Moni ha aprendido a contemplarlos desde otro lugar: detrás de cada conquista existe una historia que casi nunca conoce quien únicamente ve el resultado.
Aprendió a caminar cerca de los tres años. Después llegaron una carrera universitaria, la independencia económica, el inglés y el arte convertido en profesión. Sus obras han viajado hasta España, México, Estados Unidos, Chile, Perú, Noruega y Uruguay.
Entre todos esos hitos, Moni guarda con especial cariño uno que para muchas personas podría parecer insignificante: haber conseguido quitarse unos pendientes sola. “Para muchas personas puede parecer un gesto insignificante, pero para mí es la prueba de que la constancia también se refleja en las pequeñas conquistas de la vida”.
Convivir con una discapacidad física ha supuesto aprender continuamente a hacer las cosas a su manera, conocer su cuerpo y encontrar soluciones para acciones que otras personas realizan sin detenerse siquiera a pensar en ellas. Por eso Moni evita clasificar sus logros entre grandes y pequeños.
“Mi vida me ha enseñado que no existen los logros pequeños…muchas veces las personas solo ven el resultado, pero desconocen todo el camino que hubo detrás para alcanzarlo”
Algunas de sus conquistas comenzaron, además, con un “no se puede”. Durante años buscó una solución para corregir su sonrisa después de que distintos profesionales le indicaran que necesitaría una intervención quirúrgica. Hasta que encontró al doctor Marcos Margraf y escuchó una respuesta diferente: “Sí, yo voy a soñar este sueño contigo. Vamos a intentarlo”.
Cinco años después, el tratamiento había mejorado su sonrisa, su dicción y su respiración. Para Moni fue también la confirmación de la importancia de encontrar a alguien dispuesto a ver una posibilidad donde otros habían visto un límite.
Hoy sabe que perseverar no garantiza conseguir todo lo que desea. Hay sueños que dependen de ella y otros que también están condicionados por circunstancias o decisiones ajenas, pero cuando mira hacia atrás, no siente orgullo únicamente por lo conseguido, sino por la persona en la que se ha convertido mientras lo intentaba.
Quizá por eso, entre una carrera universitaria, cuadros que han cruzado océanos y tantos sueños todavía pendientes, hay espacio para celebrar algo aparentemente mucho más pequeño. Unos pendientes que un día consiguió quitarse sola.

“Menos profesional. Menos independiente. Menos mujer”
Si Moni pudiera borrar una sola creencia sobre las personas con discapacidad, elegiría una palabra aparentemente sencilla: menos.
“Menos profesional. Menos independiente. Menos inteligente. Menos capaz. Menos atractiva. Menos mujer. Menos digna de una oportunidad. Menos elegible para un trabajo o incluso para formar una familia”.
Detrás de esa enumeración están muchas de las experiencias que ha ido acumulando desde aquella niña que descubrió, buscando colegio, que los demás podían juzgar sus capacidades antes de conocerlas, pero hay una parte de esos prejuicios de la que quizá se habla menos: la que alcanza a la vida afectiva y al deseo de amar, ser amada y formar una familia.
Ese ha sido siempre uno de sus grandes sueños. Sin embargo, Moni reconoce que las relaciones sentimentales son también uno de los espacios en los que ha sentido que su discapacidad pesaba más que la mujer que había detrás. Incluso cuando piensa en la posibilidad de adoptar algún día y formar una familia por su cuenta teme que puedan presuponer que una mujer con discapacidad física no es apta para ser madre sin detenerse antes a conocer sus capacidades, su autonomía o el amor que podría ofrecer a un hijo.
“La discapacidad puede hacer que algunas cosas las hagamos de una manera diferente, pero nunca disminuye nuestro valor como personas”
Para Moni, la verdadera inclusión no consiste en negar las diferencias, sino en evitar que se conviertan en desventajas. Lo está comprobando mientras organiza su viaje a Madrid: necesita viajar acompañada debido a su discapacidad, lo que supone asumir prácticamente el doble de determinados gastos. Es solo un ejemplo de desigualdades que muchas veces permanecen invisibles para quienes no tienen que afrontarlas.
“La verdadera inclusión no consiste en ignorar nuestras diferencias, sino en entenderlas y construir una sociedad donde esas diferencias no se conviertan en desventajas”.
Moni Rivas sueña con que algún día la palabra inclusión deje incluso de ser necesaria. No porque hayamos dejado de ver las diferencias, sino porque hayan dejado de determinar quién merece una oportunidad, quién puede desarrollar una carrera o quién tiene derecho a imaginar determinados sueños porque no quiere demostrar que es más por tener una discapacidad, solo que nadie presuponga que es menos.
Una vida sin manual de instrucciones
Hay una pregunta que en Mujeres sin Manual hacemos a todas las mujeres que pasan por nuestras páginas: cuál ha sido ese momento de sus vidas para el que nadie les entregó un manual de instrucciones.
En el caso de Moni no hay una fecha concreta. Su respuesta abarca prácticamente toda una vida. “Aunque suene muy obvio, diría que la discapacidad. No porque haya existido un momento concreto, sino porque ha sido un aprendizaje constante”.
Crecer con una discapacidad física ha significado aprender sobre la marcha: conocer su cuerpo, entender sus movimientos involuntarios y encontrar maneras propias de hacer aquello para lo que el mundo parece haber previsto una única forma.
“Nadie te entrega un manual de instrucciones para aprender a convivir con una discapacidad, ni a la persona que la tiene, ni a su familia… todo se aprende sobre la marcha”
Moni no intenta embellecer ese aprendizaje. Hay días, cuenta, en los que puede pasar horas frente al espejo preguntándose “¿por qué a mí?”. Otros en los que termina discutiendo con el asistente de voz del móvil porque no consigue entender su forma de hablar. También ha tenido que aceptar que probablemente nunca podrá conducir un coche, correr, caminar con tacones o practicar determinados deportes. Límites físicos reales con los que ha aprendido a convivir sin permitir que definan todo lo demás.
Para Moni Rivas vivir sin manual no significa encontrar siempre una enseñanza detrás de cada dificultad ni convertir cada caída en una victoria. A veces consiste, sencillamente, en ir descubriendo una manera propia de avanzar. En ese camino, Moni reconoce tres pilares: su fe, su familia y los sueños que todavía conserva y todavía le quedan muchos por cumplir.
Los sueños que todavía quedan por cumplir
Cuando Moni habla del futuro, vuelve una palabra que ha aparecido de distintas formas a lo largo de toda la conversación: cuidar.
Sueña con crear algún día una fundación para personas con discapacidad, impulsar proyectos de protección animal y generar espacios de acompañamiento para personas mayores. Distintas ideas unidas por una misma intención: “Cuidar a las personas, cuidar a los animales y cuidar, en la medida de lo posible, el mundo que compartimos”.
Aunque hay otro sueño que ya tiene nombre: Un Viaje para Moni.
Madrid lleva años habitando su imaginación. España fue uno de los primeros países que confió en su trabajo y, con el tiempo, aquel vínculo profesional terminó convirtiéndose también en emocional.
En ese sueño hay además una persona importante: Emmanuel Castro. Moni cuenta que conocerlo le recordó que todavía era posible amar profundamente y que fue él quien la impulsó a convertir aquel deseo de conocer Madrid en un proyecto real. Parte del libro que está escribiendo nace también de esa historia.
Cuando imagina finalmente su llegada a España, sin embargo, Moni Rivas no habla únicamente de lugares. Habla de personas. De encontrarse con quienes la han acompañado desde la distancia y poder agradecerles cara a cara haber creído en ella.
“Los lugares se recuerdan por su belleza, pero las personas son las que los convierten en inolvidables”
Sueña con caminar por la Gran Vía, recorrer El Retiro al amanecer, contemplar las obras que hasta ahora solo conoce desde la distancia y dar todos esos abrazos que lleva pendientes y también con regresar a Paraguay sintiendo que ha dejado algo de ella a este lado del océano: una sonrisa, una conversación, un abrazo o un pedacito de su historia.
Aunque, de alguna manera, una parte de Moni ya ha llegado a través de su arte, de quienes confiaron en su trabajo y, ahora también, a través de estas palabras que desde Mujeres sin Manual hemos escrito.
La mirada de Mujeres sin Manual
Como fundadora y directora de Mujeres sin Manual, puedo decir que la historia de Moni Rivas es una de las más conmovedoras que he tenido la oportunidad de escribir hasta ahora.
Y no por su discapacidad.
Me ha conmovido su dulzura, la sensibilidad con la que mira la vida y el cariño que ha sido capaz de hacerme llegar incluso con miles de kilómetros de distancia entre nosotras. Me conmovió también su ilusión cuando le propuse contar su historia en esta revista. No dudó. Se abrió, confió y decidió mostrarse tal y como es.
Moni y yo llevamos mucho tiempo siguiéndonos en LinkedIn. Mucho antes de que existiera esta revista, yo ya sentía admiración por esa mujer que aparecía al otro lado de la pantalla empeñada en recordarnos, día tras día, que no piensa darse por vencida con sus sueños.
Después de conocer su historia con mayor profundidad, esa admiración ha cambiado porque ahora sé un poco más de todo lo que existe detrás de aquello que vemos.
Como profesional de la comunicación sé, además, que exponerse nunca es fácil. Contar lo bonito es sencillo; mostrar también las inseguridades, los rechazos, los sueños que todavía duelen, aquello que nos hace vulnerables y las partes de nuestra vida que aún no tienen un final requiere valentía. Y Moni lo ha hecho sin dejar de ser ella.
Por eso considero que es una referente. No porque haya que convertir su vida en una historia de superación permanente ni porque queramos colocarla en un pedestal, sino porque ha tenido el valor de ocupar su espacio, utilizar su voz y mostrarnos su verdadera esencia en una sociedad que demasiadas veces se empeñó en mirar antes sus circunstancias.
En Mujeres sin Manual hablamos mucho de visibilidad, pero historias como la de Moni Rivas nos recuerdan para qué queremos realmente esa visibilidad: para que una mujer que está al otro lado del océano pueda ser vista por su talento, por sus ideas, por sus sueños y por la persona que es.
Y si contar tu historia aquí consigue acercarte, aunque sea un poquito, a ese sueño de venir a España, Moni, entonces todo el esfuerzo que hacemos detrás de este proyecto habrá merecido la pena.
Has dicho que uno de tus mayores deseos es poder abrazar algún día a todas esas personas que desde España han creído en ti sin conocerte.
Ojalá uno de esos abrazos sea para mí.
Gracias por confiar en Mujeres sin Manual y, sobre todo, gracias por ser Moni.

