Hay realidades que pueden acompañarnos durante años sin que quienes están alrededor lleguen a percibirlas. La de Inma García Peris es una de ellas.
Inma García Peris convive desde la adolescencia con una discapacidad visual que le provoca visión doble o diplopía, una realidad que condiciona mucho más que su manera de ver: afecta al equilibrio, a la orientación en el espacio y a gestos cotidianos que para los demás pasan inadvertidos.
Durante buena parte de su vida, Inma aprendió a adaptarse procurando que aquellas limitaciones apenas se notaran. Siguió estudiando, construyó una familia, desarrolló su carrera como docente y trató de vivir como si la discapacidad pudiera permanecer en un segundo plano hasta que dejó de ser sostenible.
Hoy habla de aquello que durante años intentó esconder. Lo hace a través del proyecto fotográfico y educativo Double, utilizando la fotografía, las charlas y las aulas para mostrar cómo es vivir con visión doble y acercar a otras personas la realidad de las discapacidades invisibles.
Esta conversación, sin embargo, no empieza en el proyecto. Empieza mucho antes, en una niña que no encontraba referentes, en una profesora que un día tuvo que despedirse de la profesión que había elegido y en una mujer que todavía reconoce estar aprendiendo a pedir ayuda y a aceptarse con todo lo que es.
Aprender a vivir como si aquello no estuviera
Inma, antes de hablar de Double, de discapacidad o de todo lo que has construido alrededor de tu proyecto, quiero empezar por la persona. ¿Quién es Inma García Peris cuando quitamos todas las etiquetas?
Una mujer de 52 años, madre de dos chicos, de 14 y 21 años. Hija, hermana, esposa, amiga… Soy una mujer que intenta buscar su camino y su mejor versión con lo que tiene y con lo que es.
Tus problemas de visión comenzaron cuando eras muy pequeña. ¿Qué recuerdos tienes de aquella niña y de su manera de entender lo que le estaba pasando?
Recuerdo una niña inquieta, con mucha curiosidad por todo, atrevida y feliz. No fui realmente consciente de lo que me pasaba hasta los 16 años. Cuando tuve los desprendimientos de retina, para mí era algo que había ocurrido y que había que solucionar para seguir adelante con mi vida. No fue hasta años más tarde cuando fui consciente de que no se trataba solo de unas operaciones, sino de que las secuelas iban a estar ahí para toda la vida.
Has estudiado, viajado, trabajado, construido una carrera… muchas veces adaptándote a una realidad que quienes estaban a tu alrededor ni siquiera podían ver. ¿Durante cuánto tiempo intentaste que tu discapacidad ocupara el menor espacio posible en tu vida?
Es una pregunta compleja porque aún hoy sigo pagando el haber hecho que la discapacidad no formara parte de mi vida. Hice todo lo contrario: actué como si no existiera y llegué a creérmelo.
Ha sido un arma de doble filo. Cuando se agravó, tuve que asumir de golpe que la discapacidad sí estaba ahí, que no iba a desaparecer y que debía enfrentarme a ella y aprender a vivir con ella.
Todavía estoy en ese proceso, acompañada por profesionales de la salud mental que me han ayudado y me ayudan a quererme con lo que soy.
Y hay algo importante: haber escondido mi discapacidad ante todo el mundo, incluso ante mí misma, es precisamente lo que terminó impulsando Double. El proyecto nace de sacar a la luz todo aquello que había llevado escondiendo durante tanto tiempo.
“Hice como que mi discapacidad no existía y llegué a creérmelo”
Cuando una carta te obliga a preguntarte quién eres
Durante casi veinte años, Inma encontró en las aulas mucho más que una profesión. Dar clase había sido un sueño desde pequeña. Hasta que una carta certificada puso fin a aquella etapa.
Fuiste docente durante casi veinte años hasta que llegó ese reconocimiento de incapacidad para tu profesión. ¿Cómo se encaja algo así cuando una profesión ha formado parte durante tantos años de quién eres?
Creo que no se encaja ni en ese momento ni nunca. Pasas por la rabia, por la negación… pasas un duelo. Ahí aprendí que los duelos no suceden solo cuando una persona fallece.
También fue entonces cuando entendí que necesitaba ayuda profesional. Acudí a Esperanza, una psicóloga de Valencia a la que todavía recurro cuando necesito ordenar mis pensamientos.
En una de las primeras consultas me dijo algo parecido a: “Si has sabido llegar hasta donde estás y hacer todo lo que has hecho con tus limitaciones y tu discapacidad, vas a saber encontrar tu camino ahora con las condiciones que tienes”.
Yo acababa de preguntarle: “¿Qué voy a hacer ahora si no sé hacer otra cosa?”.
Salí de allí pensando que aquello no tenía ningún sentido. Años después, cuando hacía tiempo que ya no iba a consulta, le escribí un WhatsApp para hablarle del proyecto en el que estaba inmersa. Le dije que creía que aquello era a lo que se había referido años atrás.
¿Pasaste también por ese momento de preguntarte “y ahora quién soy”?
Sí. Mi pregunta era “¿ahora qué hago?”, pero también “¿y ahora quién soy?”.
Yo había creído que podría tener una carrera profesional como cualquier otra persona, con mis limitaciones, porque hasta entonces había sabido llevarlas. Con el tiempo entendí que lo que estaba haciendo ni era sano ni era sostenible. Intentaba que no se notara. Incluso, como decía antes, conseguí esconderlo para mí misma.
Cuando fui a la inspección médica, fui sola. Expliqué que quería seguir trabajando y pedí que me dejaran intentarlo con una lentilla protésica que iban a ponerme. Salí de aquella consulta pensando que el inspector me había entendido y que seguramente me dejarían probar.
Nada más lejos de la realidad. Quince días después recibí por carta certificada la incapacidad. Fue un golpe muy duro, pero hoy sé que aquel final fue también el comienzo de todo lo que vendría después.
“Mi pregunta era “¿ahora qué hago?”, pero también “¿y ahora quién soy?””
Lo que no podía decir todavía encontró primero un relato
Double comienza con un relato que presentaste a un concurso y que terminó siendo premiado. ¿Qué necesitabas contar en aquel momento?
En aquel duelo, mientras recibía ayuda psicológica, algo estaba cambiando dentro de mí. En mi manera de entenderme, de escucharme y, sobre todo, de enfrentarme a aquello que había querido negar durante tanto tiempo.
Empecé a documentarme sobre discapacidad. Buscaba especialmente mujeres con perfiles parecidos al mío, pero me resultaba complicado encontrar mujeres con discapacidad visual que hicieran cosas que a mí me parecieran interesantes y en las que pudiera verme reflejada.
Hasta que encontré a un chico holandés que hablaba sobre la visión doble y explicaba cómo había afectado a su vida. Había pasado por varias operaciones y seguía conviviendo con esa visión que nunca desaparecía. Cuando lo leí, algo hizo clic. Era la primera vez que leía o escuchaba a alguien que veía doble, como yo.
Por entonces, en Catarroja, mi pueblo, había un concurso de relatos breves para mujeres alrededor del Día de la Mujer y me puse a escribir.
No era un relato autobiográfico, pero decía mucho de mí. Hablaba de una chica de 18 años que recibe un diagnóstico por el que va a perder la visión de forma inmediata. Su familia intenta protegerla hasta casi encerrarla en una urna de cristal, pero ella, quizá con esa valentía e inconsciencia propias de la edad, decide enfrentarse al diagnóstico y comerse el mundo.
El relato fue premiado. Cuando me preguntaron por qué lo había escrito, conté algo, aunque todavía no desvelé por completo mi realidad.
La reacción del público fue abrumadora. Me decían que tenía que contar más. A los pocos días me llamaron de una asociación de mujeres para hacer una charla sobre mujer y discapacidad.
Y empecé a pensar que quizá aquello que yo había sentido al encontrar al chico holandés podía provocarlo también mi historia en otras personas. Que alguien pudiera leerme o escucharme y sentir que no todo estaba perdido después de un diagnóstico.
“Era la primera vez que escuchaba a una persona que veía doble como yo”

De esconder su visión doble a enseñársela al mundo
Aquella primera charla planteó un problema: ¿cómo explicar con palabras una forma de mirar que los demás nunca habían experimentado?
¿Fue ahí donde nació la necesidad de mostrar literalmente cómo ves?
Sí. Creo que ahí apareció también “la Inma docente”. Sentía que debía ser leal, auténtica y aportar algo a las personas que iban a escucharme.
Pedí ayuda para recrear cómo veía. En casa, con el ordenador y con ayuda profesional, hicimos dos imágenes: una de la cerradura de mi casa y otra de un bote de laca de uñas. Yo iba dando indicaciones: “un poco más a la izquierda”, “un poquito más arriba”… hasta conseguir duplicar las imágenes como las percibía yo.
Cuando las proyecté durante la charla pedí disculpas. Dije que, si alguien se mareaba al verlas, aquello era precisamente una manera de acercarse a cómo veía yo.
Al terminar, la reacción volvió a ser estremecedora. Muchas personas me decían que nunca habían conocido a nadie que viera así.
Creo que todo aquello me hizo entender que había algo que yo debía hacer y con lo que podía ayudar.
¿Cuándo dejaste de intentar encajar y empezaste a mostrarte completa?
Todavía estoy en ese proceso.
Cada charla que hago, cada centro al que voy, cada persona que me busca porque le han hablado de mí y tiene un problema de visión que no acepta… es una piedrecita más en mi propio camino de aceptación.
Estoy aprendiendo a pedir ayuda y a no sentirme culpable por lo que soy ni por lo que me pasa. Creo que va a ser un proceso de por vida.
Pero cada acción que hago con Double me hace feliz y me ayuda a entender que ese es mi propósito: estar ahí para aquellas personas que puedan necesitar mi historia para seguir adelante con la suya.
“Estoy aprendiendo a pedir ayuda y a no sentirme culpable por lo que soy ni por lo que me pasa”
Double también estaba salvando algo en ella
¿Double nació para ayudar a los demás a comprenderte o terminó ayudándote también a comprenderte y aceptarte? ¿Qué te ha devuelto?
Siempre digo que a mí me da más de lo que yo pueda dar.
Sé que el proyecto ayuda a otras personas porque lo compruebo con cada llamada, cada mensaje y cada opinión que recibo de alumnos, personas que vienen a las charlas, profesorado o profesionales de la salud a los que, de alguna manera, les ha llegado el proyecto.
Pero Double me ha dado un propósito de vida, que creo que es una de las cosas más importantes para poder levantarnos cada mañana.
Me hace sentir esas mariposas en el estómago que sentí el primer día que me puse delante de una clase.
“Double me ha devuelto las mariposas en el estómago que sentí el primer día que me puse delante de una clase”
Fotografiar lo que los demás no pueden ver
La exposición utiliza la fotografía para permitirnos acercarnos a cómo percibes tú el mundo. ¿Cómo se fotografía algo tan difícil de explicar como una forma diferente de ver?
Surge de la necesidad de explicarlo sin tener que decir: “Ahora te miro a la cara y veo otra cara duplicada a la izquierda”. Surge de la necesidad de sentirme comprendida.
Es relativamente fácil explicar que, cuando alguien se quita las gafas, ve como cuando abre los ojos debajo del agua en una piscina. Ver doble es mucho más difícil de explicar. Incluso es mucho más que ver una imagen duplicada, pero todo empieza ahí.
Una de las imágenes se llama “Mi referencia” y muestra un dedo índice duplicado. ¿Qué historia hay detrás?
Es la primera imagen de la exposición. Es mi dedo índice duplicado y reproduce una acción que hacían las doctoras que me intervinieron. Después de una operación, cuando me destapaban el ojo, ponían un dedo índice delante de mis ojos.
Cuando yo veía dos, ya sabía que la operación no había funcionado.
¿Qué te gustaría que ocurriera en una persona después de recorrer Double?
Principalmente, quiero que sepa que hay personas que vemos así y que entienda que ver así no consiste únicamente en ver dos imágenes.
También significa no poder mantener bien el equilibrio, no estar situada en el espacio, sentir mucha incomodidad… Eso te lleva a tener movimientos más lentos, más torpes.
A mí me han dicho muchas veces: “No se te nota nada”. Y eso, lejos de ser un cumplido, es una barrera más.
Con la exposición quiero explicar que existen muchísimas discapacidades invisibles que no conocemos y que quienes las tenemos necesitamos un mundo adaptado para poder contar con las mismas oportunidades.
“Me han dicho muchas veces: “No se te nota nada”. Y eso, lejos de ser un cumplido, es una barrera más”
La vida la sacó de las aulas y Double la llevó de vuelta
Después de tantos años como profesora, la vida te apartó de las aulas de una forma que no elegiste. ¿Qué sentiste la primera vez que volviste a entrar en una con Double?
Fue emocionante, ilusionante. Y sigue ocurriéndome cada vez que llevo alguna acción del proyecto a un colegio, un instituto o una universidad.
Pero hay algo todavía más importante. Cuando alguien que ha estado en una charla me busca después por redes sociales porque no se ha atrevido a preguntarme algo delante del grupo o me cuenta su propio problema con la discapacidad, es cuando sé que estoy en el camino correcto y que debo seguir con Double.
¿Crees que los niños tienen menos prejuicios que los adultos a la hora de entender la discapacidad?
Por supuesto. Tienen menos prejuicios, ven menos límites e intentan buscar soluciones. Como digo en cada charla, taller o exposición: me llevo yo más de lo que aporto.
Cuando además eres mujer y no encuentras a nadie en quien mirarte
Cuando hablamos de discapacidad desde una perspectiva femenina, ¿hay realidades específicas que siguen siendo demasiado invisibles?
En este camino de aprendizaje sobre mí misma, mi discapacidad, mis limitaciones y mi manera de enfrentarme a ellas, he entendido que ser mujer y haber sido niña y adolescente tuvo mucho que ver con la forma en la que afronté lo que me pasaba y también con mi decisión de esconderlo.
Cuando tuve los desprendimientos de retina, con 16 años, en los años noventa, no tenía ningún referente en el que mirarme y con el que sentirme segura o reconfortada.
Sentía que, si explicaba cómo veía, lo más fácil era que me dijeran que no podía seguir estudiando en el instituto. No conocía a nadie que estuviera haciéndolo teniendo limitaciones como las mías.
Con el tiempo he querido comprender mejor esa discriminación que aumenta al ser mujer y tener una discapacidad. Por eso decidí formarme como técnica de promoción de igualdad de género: quería poder hablar de ello más allá de mi propia experiencia como mujer con discapacidad.
Y he querido dar otro paso creando la asociación Doble: Mujer y Discapacidad, para poder llegar a más mujeres, niñas y adolescentes que buscan ese manual y no lo encuentran en los recursos que tienen a su alcance.
“A los 16 años no tenía ningún referente en el que mirarme y sentirme segura”

Las luces que aparecen cuando no hay manual
Precisamente nuestro nombre es Mujeres sin Manual. ¿Qué significa para ti esa idea?
Me parece una expresión maravillosa. Creo que las mujeres, en general, no tenemos un manual para ser niñas, adolescentes, madres, amigas… Muchas veces nos guiamos por la norma o por el imaginario social.
Hoy esto se ve todavía más con las redes sociales: vidas de cuento que no son reales, cuerpos con filtros, modelos inalcanzables…
Creo que, en nuestras manos, en las de aquellas mujeres que muchas veces hemos sentido que no teníamos ningún referente ni ningún manual para guiarnos, está poder ser luz, guía o apoyo para otras, en la medida de nuestras posibilidades.
En todo este camino también me han ido apareciendo “lucecitas”, como las llamo yo. En la oscuridad han aparecido personas que han iluminado el camino y me lo han hecho un poquito más fácil.
Mi familia, por supuesto: mi marido y mis hijos creen mucho en mí, me apoyan en cada cosa que hago y me dan ese extra de ánimo cuando aparecen las dudas sobre si merece la pena seguir.
También han aparecido mujeres como Lola Rueda y la Asociación Mujeres Imparables. Lola contó conmigo para algunas charlas online y después propuso que participara junto a Cris Rubio en la gala de aniversario en Jerez. Fue emocionantísimo.
Creo que esas luces también forman parte del camino.
Si mañana pudiéramos ver el mundo durante cinco minutos exactamente como lo ves tú, ¿crees que cambiaría nuestra manera de mirar a los demás?
Hoy puedo decir con seguridad que algo cambia.
Las personas que han participado en alguna acción del proyecto y que antes no tenían contacto con la discapacidad me dicen que, después de conocer mi caso, ven el mundo de otra manera y entienden por qué la accesibilidad es necesaria.
Y quienes conviven con la discapacidad, bien porque la tienen ellas mismas o porque está presente en su entorno, suelen decirme algo parecido: necesitamos sacar la discapacidad a la luz. Sobre todo, la que no se ve.

Lo que Inma le diría hoy a aquella chica de 16 años
Si pudieras sentarte junto a aquella Inma de 16 años, ¿qué le dirías?
Le diría que estuviera tranquila, que se apoyara en las personas de su entorno porque serían quienes la ayudarían a enfrentarse a lo que venía sin victimismo ni condescendencia.
Pero también le diría que esas personas necesitan saber cómo se siente, que puede explicarles lo que le pasa, cómo ve, cómo es su día a día y que no necesita esconderlo.
Le diría que sus límites no la definen y que, aunque entonces no encontrara referentes en los que mirarse, llegaría su verdadero propósito y encontraría su camino.
Sobre todo, le diría que estuviera tranquila y que fuera feliz.
“Le diría que no necesita esconderlo y que sus límites no la definen”
La mirada de Mujeres sin Manual
Los límites no deberían definir quiénes somos. Es una de las reflexiones que me llevo después de hablar con Inma García Peris. Quizá porque demasiadas veces, cuando nos preguntan quiénes somos, respondemos desde lo que hacemos, desde lo que podemos hacer o incluso desde aquello que nos falta y dejamos en un segundo plano nuestra verdadera esencia.
Tengo que agradecer especialmente a Inma su aportación a Mujeres sin Manual. Hay personas a las que no necesitas conocer personalmente para sentirlas cerca y ella ha sido una de ellas. En cada respuesta ha habido una enorme generosidad al compartir no solo lo que ha conseguido, sino también aquello que le ha costado aceptar, lo que escondió durante años y lo que todavía sigue aprendiendo.
Su historia nos recuerda que aquello que un día sentimos como una debilidad puede convertirse, con el tiempo, en el lugar desde el que construir nuestra mayor fortaleza. Double nace precisamente ahí: de dejar de esconder una realidad para convertirla en una forma de acercarse a los demás.
Y me quedo también con algo que Inma repite y que quizá necesitamos normalizar mucho más: pedir ayuda. No sentirnos culpables por necesitarla. No creer que hacerlo todo solas nos hace más fuertes. Nosotras deberíamos ser las primeras en derribar ese falso mito del “yo puedo con todo” que tantas veces hemos asumido casi sin cuestionarlo.
Gracias, Inma García Peris, por acercarnos Double y permitirnos mirar, aunque solo sea por un instante, el mundo como lo ves tú, pero, sobre todo, gracias por recordarnos que siempre puede haber otra manera de llegar, incluso cuando el camino que habíamos imaginado deja de ser posible.

