Antes de convertirse en diseñadora de moda y de ver su nombre ligado a vestidos de novia, invitadas y madrinas, Esther García estuvo detrás de las cámaras. Se formó en Comunicación Audiovisual, trabajó en Televisión Española y recorrió distintos platós y producciones hasta comprender que, aunque había encontrado su lugar en aquel mundo, su verdadera vocación seguía estando en la moda.
El punto de inflexión llegó casi por casualidad, cuando creó un tocado para la boda de su tío con algunos materiales que su madre conservaba de una antigua mercería. Aquel primer diseño dio paso a una caja llena de diademas que Esther llevaba en tren de una tienda a otra, mientras trabajaba por las noches para pagar su formación y comprar nuevos materiales.
Más de dieciséis años después, dirige su propio atelier “By Esther García” en El Puerto de Santa María y trabaja junto a un equipo de patronistas y costureras en la creación de vestidos a medida para novias, madrinas e invitadas. Sin embargo, su trabajo no consiste únicamente en diseñar. Para Esther, detrás de cada vestido hay una mujer, una historia y una conexión que debe comenzar mucho antes de elegir el tejido. Necesita conocer quién tiene delante, entender cómo quiere sentirse y acompañarla durante todo el proceso, porque no concibe su trabajo como una sucesión de encargos, sino como un camino que recorre junto a cada clienta hasta que consigue mirarse al espejo y reconocerse en lo que lleva puesto.
Una luchadora que aprendió a lanzarse sin red
Si dejamos a un lado los vestidos, las novias y By Esther García, ¿quién es Esther cuando simplemente vuelve a ser ella?
Creo que Esther es una luchadora que se ha tirado a la piscina vacía mil veces. Algunas veces ha salido bien y otras, mal, aunque puedo decir que el 95 % ha salido bien. No sé si ha sido cosa del destino o casualidad, pero siempre he seguido adelante, incluso cuando no sabía muy bien qué iba a encontrar.
Leyendo tu historia descubrí a una niña que ya dibujaba vestidos con lápices de colores. ¿Cuándo supiste que la creatividad no era solo algo que te gustaba, sino una forma de mirar el mundo?
Creo que la creatividad se nace. De pequeña no había móviles ni tabletas y yo estaba todo el día dibujando. Mi padre me compraba películas de Disney y, en lugar de sentarme simplemente a verlas, me ponía delante de la televisión con mis acuarelas para dibujar a Cenicienta o a Bella en todas sus posturas.
Después empecé a crear mis propios catálogos de moda. Dibujaba cuatro diseños en cada papel, escribía los nombres de las modelos, describía los collares, los pendientes y los vestidos e incluso les ponía precio. ¡Y era carísima! Cuando lo pienso ahora, me parece increíble que aquello que hacía con ocho o nueve años se haya convertido en mi realidad.
También les hacía vestidos a las muñecas y customizaba toda mi ropa. Con trece o catorce años transformaba pantalones, añadía telas, cosía flores… Mi forma de vestir siempre llamaba la atención porque, mientras las demás llevaban vaqueros y camiseta, yo me llenaba de pañuelos y colores. Quería ser diseñadora o bailarina de ballet clásico, aunque en casa me dijeron que aquello no tenía futuro.
“La creatividad se nace… aquello que hacía con ocho años terminó convirtiéndose en mi realidad”
De la televisión a la moda
Tu vida ha dado muchísimas vueltas: televisión, diferentes productoras, Lisboa… Viéndolo con perspectiva, ¿crees que fueron desvíos o que todo era necesario para llegar hasta donde estás hoy?
Todo era necesario. Estudié Comunicación Audiovisual y empecé haciendo prácticas en Televisión Española. Me dejaron elegir programa porque fui la primera de mi promoción y escogí los informativos. Cuando terminé, les gustó mi trabajo y me contrataron.
Después fui alternando etapas en Televisión Española con otros programas y productoras. También viví seis meses en Lisboa con una beca Leonardo da Vinci (los seis mejores meses de mi vida) y más tarde trabajé como realizadora en un programa con el que recorríamos Aragón buscando lugares donde comer, alojamientos y sitios con encanto.
Era una chica de 23 años dirigiendo un equipo formado completamente por hombres. Yo era quien decidía dónde se colocaba la cámara, cómo se hacía la entrevista o qué localización utilizábamos. Al principio me costó ganarme mi sitio, pero finalmente lo conseguí y guardo un recuerdo maravilloso de aquellos años.
Si no hubiese estudiado Comunicación Audiovisual, hoy no tendría la mirada que tengo para las fotografías, los vídeos o las redes sociales. Cuando hago una sesión, sé qué encuadre quiero, qué localización necesito y cómo quiero que se vea el resultado porque he pasado mucho tiempo detrás de una cámara. Todo lo que he vivido me ha dado un aprendizaje para llegar hasta aquí.
Estabas avanzando profesionalmente en televisión. ¿Qué ocurrió para que decidieras dejarlo y regresar a El Puerto de Santa María?
Me di cuenta de que me estaba yendo bien en televisión, pero no era lo mío.
A mí lo que realmente me gustaba era la moda. En ese momento terminó el programa en el que trabajaba y regresé a El Puerto para la boda de mi tío. Mi hermana me pidió que le hiciera algo para el pelo. Mi madre había tenido una mercería y todavía guardaba cajas llenas de botones, lazos y otros materiales, así que cogí algunas cosas y le hice un tocado completamente diferente a lo que se veía entonces. En la boda gustó muchísimo y todo el mundo empezó a preguntarme por él.
Ahí pensé que podía intentarlo. Llamé a mis amigas de Madrid, les pagué el último mes para no dejarlas tiradas y les dije: “Voy a recoger mis cosas, me vuelvo a El Puerto y voy a estudiar moda”. Todo el mundo pensó que estaba loca, pero yo ya había tomado la decisión.

Una caja de diademas y muchos trenes por delante
Hay una imagen de tu historia que me encantó: tú recorriendo tiendas con una caja llena de diademas. ¿Qué recuerdas de aquella Esther?
Recuerdo que empecé desde cero. Me apunté a una asociación de vecinos para aprender a coser a máquina y allí estaba yo, con 23 años, rodeada de mujeres de 70, 80 y hasta 85 años. Me hice mi primer traje de flamenca y, al mismo tiempo, empecé a trabajar de camarera por las noches para poder comprar materiales y seguir haciendo tocados.
Cogía una cajita con mis diademas y me iba en tren a San Fernando, Puerto Real o Cádiz. Entraba en tiendas que no conocía y las dejaba en depósito. Las vendía por cuatro, cinco o seis euros y, con ese dinero, compraba nuevos materiales para seguir creando. También llevaba mis tocados al trabajo y la gente me hacía encargos que yo entregaba el fin de semana siguiente.
Al principio me pedían una diadema, un tocado o un broche, pero llegó un momento en el que recibí setenta encargos en un solo mes. Ahí pensé: “Esto no es normal, aquí hay un negocio”. Nadie hacía algo parecido en El Puerto ni en la provincia de Cádiz y empecé a hacerme conocida.
Y entonces llegó la televisión de nuevo, aunque esta vez para hablar de tus diseños…
Sí. Mi hermano trabajaba como regidor en Sálvame y un día el director le preguntó qué estaba haciendo yo. Cuando le contó que había dejado la televisión para dedicarme a los tocados, me invitaron al programa.
Yo tenía un blog con unas mil visitas y, el día que aparecí en televisión, entró tanta gente que se bloqueó. Empezaron a llegarme encargos de toda España e incluso me llamó una mujer del lago de Como, en Italia, porque quería vender mis tocados en su tienda. Volvieron a invitarme al programa, algunos colaboradores empezaron a encargarme diseños y después llegaron otras oportunidades, como crear una colección para Bazaar Adolfo Domínguez.
Fue entonces cuando decidí que tenía que profesionalizarme. No podía continuar inventándome las técnicas sin saber realmente cómo se hacían. Estudié sombrerería de alta costura en Sevilla y después moda en Jerez: patronaje, diseño, tejidos e historia de la moda. Seguía trabajando por las noches para pagar la formación, los materiales y los desplazamientos.
Cuando empecé a hacer vestidos a medida le propuse a mi profesora de patronaje que dejara la escuela y se viniera a trabajar conmigo. Le dije que iba a ser mi patronista y, dieciséis años después, continúa a mi lado. También tengo costureras que llevan conmigo desde el principio. Ahora somos un equipo de siete costureras y patronistas.
“Cogía el tren con tres euros en el bolsillo para dejar una caja de diademas en una tienda que no conocía”

Diseñar para una mujer, no para un cuerpo
Empezaste creando para invitadas, pero con el tiempo encontraste un lugar muy especial en el universo de las novias. ¿Qué hizo que te enamoraras de ese momento?
Siempre me ha encantado poner guapa a una mujer. Empecé con las invitadas y los tocados, pero las novias suponían un reto mucho mayor porque son las protagonistas y las personas más observadas de la boda.
Pensé que, si podía crear un look de invitada que llamara tanto la atención, también podía intentarlo con una novia. Y me enamoró la emoción que trae consigo. Una invitada también llega ilusionada, pero no es comparable con lo que siente una mujer que está preparando su boda. Ver a una novia ponerse por primera vez el vestido y emocionarse —ella, su madre o las dos— es algo maravilloso. En ese momento pienso que han merecido la pena todas las horas de trabajo y las noches sin dormir.
Cuando una mujer se sienta contigo por primera vez, ¿qué necesitas conocer de ella antes de empezar a imaginar su vestido?
Necesito que exista una conexión. En la primera cita siempre le digo a la novia que vamos a recorrer un camino juntas y que voy a ocupar un lugar importante en su boda porque estoy creando su vestido. Tiene que gustarle mi forma de trabajar, pero también debemos sentirnos cómodas la una con la otra.
Yo me involucro hasta el final. No me importa solamente el vestido; también quiero saber cómo va a peinarse, cómo será el maquillaje o qué complementos llevará. Muchas novias incluso me piden que vaya a vestirlas el día de la boda porque se sienten más tranquilas sabiendo que todo estará perfectamente colocado. Después de tantas pruebas y tantas conversaciones, termino formando parte de ese día.
Aquí no trabajamos como una fábrica: “siguiente, siguiente”. Cada vestido tiene una persona detrás, con sus ilusiones, sus miedos y sus complejos. Me da igual que sea alta, baja o que le guste más o menos alguna parte de su cuerpo. Para mí todas son maravillosas y mi objetivo es que, cuando se miren al espejo, también consigan verse así.
“Si tú y yo no tenemos conexión, no te hago el vestido, porque este es un camino que vamos a recorrer juntas”.
Combinaciones imposibles y mujeres que se reconocen en el espejo
Cada diseño lleva una parte de quien lo crea. ¿Qué hace que un vestido sea inconfundiblemente tuyo?
A mí me encantan las combinaciones imposibles y los contrastes que, según mucha gente, no funcionan. Dicen que el rosa y el rojo no pegan, pero para mí sí. También el morado y el amarillo, el azul y el naranja o el verde y el coral.
Siempre recurro al círculo cromático para explicar que los colores vecinos y los que están enfrentados pueden combinar perfectamente. Muchas veces no nos atrevemos porque pensamos que algo “no pega”, pero hay mezclas que funcionan y que pueden dar muchísima personalidad a un look.
También necesito conocer el cuerpo de la mujer que tengo delante. No se trata de ocultarlo, sino de descubrir qué parte queremos destacar para que se sienta favorecida. Hay quien llega con la fotografía de un vestido y dice: “Quiero este”, pero ni tiene el mismo cuerpo ni el mismo pecho ni le va a quedar de la misma manera. Mi trabajo también consiste en explicárselo y encontrar una opción que realmente esté pensada para ella.
El mundo de la moda cambia constantemente. ¿Cómo consigues mantener tu esencia sin dejar de evolucionar?
No sigo las tendencias para nada. Soy bastante antimodas porque no todo lo que se lleva favorece a todo el mundo. Puede ponerse de moda un color o un determinado corte, pero eso no significa que funcione igual en todas las mujeres. Depende del tono de piel, de la estatura, del cuerpo, del rostro o incluso del color del pelo.
Las tendencias evolucionan, pero la moda es cíclica y todo termina volviendo. Yo siempre digo que no hay que tirar la ropa, porque prendas que hace unos años nos parecían imposibles regresan y volvemos a ponérnoslas.
Lo que sí hago es mantenerme en continuo aprendizaje. Cuando tengo un rato libre, en lugar de ver vídeos por entretenimiento, me pongo a buscar diseñadores, tejidos, técnicas o trucos de costura. Después de tantos años sigo descubriendo nuevas maneras de hacer las cosas y eso me encanta.
“No sigo las tendencias: no todo lo que está de moda favorece a todas las mujeres”
Cuando el trabajo se convirtió en refugio
Hay una parte de tu historia especialmente difícil: compaginar la maternidad con un negocio que no dejaba de crecer y hacerlo, además, sola. ¿Qué versión de Esther nació cuando nació tu hijo?
Fue una etapa muy complicada. Viví el embarazo sola y me refugié completamente en el trabajo para no pensar en todo lo que estaba ocurriendo. Seguí atendiendo en la tienda hasta el último momento: de hecho, me puse de parto allí. Cuando me dieron el alta, regresé al trabajo y dejé al bebé con mi madre.
En aquel momento trabajar era mi manera de mantenerme ocupada. Atendía a las clientas con una sonrisa y, cuando se marchaban, cerraba unos minutos, lloraba, volvía a maquillarme y continuaba. Lo pasé muy mal, pero también aprendí a ser fuerte porque sentía que no tenía otra opción.
Durante los primeros años puse toda mi energía en sacar adelante el negocio. Hasta que un día me di cuenta de que mi hijo tenía cuatro años y nunca lo había llevado al parque. Había conseguido que la tienda funcionara, pero me estaba perdiendo una parte de su infancia que no iba a volver.
Muchas mujeres sienten que la maternidad cambia su forma de emprender. ¿Qué cambió en ti?
Decidí cerrar una tienda que funcionaba muy bien y trasladar el taller a casa. La gente no entendía cómo podía dejar un negocio con tanto éxito, pero yo necesitaba recuperar el tiempo perdido con mi hijo y acompañar también a mi padre durante su enfermedad.
Ahora organizo las citas en función de sus horarios. Si está en el colegio o en una actividad, trabajo; si esa tarde está libre, intento estar con él. Una clienta puede venir otro día, pero el tiempo con mi hijo pasa y no vuelve.
A una mujer que quiere emprender le diría que luche por su sueño y haga todo lo posible por conseguirlo, pero que no cometa el mismo error que yo. El trabajo no puede ocuparlo todo. Yo he conseguido construir un nombre en la moda a base de muchísimo esfuerzo, pero cuando veo las fotografías de aquellos primeros años, quien aparece paseando con mi hijo es mi madre y no yo.
No reniego de las decisiones que tomé porque quizás, si no lo hubiera hecho así, hoy no estaría aquí. Sin embargo, ahora sé que nuestra vida debe organizarse alrededor de la familia y no únicamente del trabajo.
“Una clienta puede venir otro día, pero el tiempo con mi hijo pasa y no vuelve”
Reinventarse cuando todo se detiene
Durante la pandemia te cancelaron más de cuarenta bodas. Para muchas personas habría significado rendirse, pero tú decidiste crear una colección de baño y otra deportiva. ¿Cómo surgió aquella idea?
Cuando empezó la pandemia no había bodas ni eventos y me vi con una tienda, un niño, facturas que pagar y cero euros en la cuenta. Estaba sola y no tenía a nadie que pudiera ayudarme. Me preguntaba constantemente qué iba a hacer, pero la crisis también agudiza el ingenio.
Pensé que, si lo único que podíamos hacer era practicar deporte y empezar a ir a la playa, tenía que crear algo relacionado con ese momento. No tenía dinero para producir las colecciones, así que hablé con los proveedores y conseguí que confiaran en mí para pagarles a medida que fuera vendiendo.
Así nacieron una colección de baño y otra deportiva. Para presentarlas creé la campaña “Todas somos maravillosas”, protagonizada por mujeres reales y con cuerpos diferentes. Fotógrafos, modelos, maquilladores y otros profesionales se sumaron al proyecto, y conseguí que la campaña apareciera en Canal Sur. Poco a poco empezó a conocerse y la gente respondió muchísimo.
Mirando atrás, ¿qué te enseñó aquella experiencia?
Me enseñó que una no puede rendirse. Podría haber salido fatal, haberme quedado con todas las cajas de ropa sin vender y llena de deudas, pero decidí volver a tirarme a la piscina.
La gente se portó de una manera increíble porque sabía que mi negocio estaba atravesando un momento muy complicado. Gracias a su apoyo conseguí vender las colecciones, pagar a los proveedores y continuar. Tengo muchísimo que agradecerles.
No quiero que parezca que todo fue de color de rosa porque lo pasé muy mal. Me veía sola, con un niño y sin ingresos. Sin embargo, conseguí reinventarme y sacar adelante el negocio. Ser autónoma significa luchar cada día por vender y pagar el alquiler, la luz, el agua, el teléfono y los sueldos. Aquella vez fue especialmente difícil, pero volví a salir adelante.
“La crisis agudiza el ingenio, si no me hubiera tirado a la piscina, nunca habría sabido si podía salir bien”
La ausencia de su padre y un nuevo comienzo
Hablas de tu padre con muchísimo cariño. ¿Qué sigue viviendo hoy de él en la Esther que eres?
Mi padre está muy presente en mí. Yo era muy parecida a él, tanto físicamente como en la forma de ser. Los dos éramos creativos, pintábamos y compartíamos esa capacidad para imaginar cómo podía transformarse un espacio. Él había sido decorador antes de dedicarse a la restauración y creo que mi gusto por la decoración y esa visión espacial vienen de él.
Cuando abrí este atelier no necesité que nadie me explicara cómo debía ser. Desde que vi el local fui capaz de imaginarlo completamente terminado. Tenía muy claro dónde quería cada cosa y qué sensación debía transmitir. Esa parte creativa también me conecta mucho con mi padre.
Él estaba muy orgulloso de mí. Cada vez que publicaba algo en Facebook o Instagram, lo compartía en su perfil. Yo decía que era mi segunda página de publicidad. También me acompañaba a hacer fotografías: se venía conmigo a la playa y yo le indicaba dónde tenía que colocarse o cómo quería la foto. Todavía conservo todas aquellas imágenes.
Si hoy pudiera sentarse aquí durante cinco minutos mientras hacemos esta entrevista, ¿qué te gustaría contarle?
Creo que estaría muy orgulloso de todo lo que he conseguido. Ya pudo ver una parte importante de mi crecimiento, pero ahora vendría constantemente a la tienda para verlo todo y se le caería la baba conmigo y con mi hijo, que era lo que más quería en el mundo.
Yo creo mucho en que las personas con las que hemos tenido un vínculo tan fuerte siguen estando cerca cuando se marchan. Hay muchas cosas que me ocurren y que siento que no son casualidad.
Poco después de su pérdida, la vida volvió a sorprenderte cuando ya habías cerrado la puerta al amor. ¿Qué recuerdas de aquel momento?
Cuando murió mi padre lo pasé fatal y volví a refugiarme en el trabajo. Me encerraba y no quería salir, hasta que mis amigas prácticamente me secuestraron y me llevaron a Sevilla. Yo llevaba muchísimo tiempo sin salir allí y mi marido tampoco tenía previsto estar ese día en la ciudad, pero sus amigos lo convencieron para ir a un concierto.
Ninguno de los dos debería haber estado allí y, sin embargo, nos encontramos. Estoy convencida de que mi padre me lo mandó para que me cuidara porque se marchó con la preocupación de dejarme sola con un niño.
Después la vida cambió por completo. Nos enamoramos, formamos una familia con nuestros tres hijos y nos casamos. Incluso diseñé mi propio vestido de novia cinco días antes de la boda y lo teñí con café a escondidas de mi futuro marido. Dos años después, seguimos construyendo juntos esta nueva etapa.
“Estoy segura de que mi padre me lo mandó para que me cuidara”

El atelier que había imaginado antes de verlo terminado
Después de tantos comienzos, ahora trabajas en el atelier con el que siempre habías soñado. ¿Hay algún rincón especialmente importante para ti?
El lugar donde se prueba la novia. La tarima y el papel que la rodea son muy especiales para mí porque ahí ocurre uno de los momentos más emocionantes de todo el proceso: cuando se ve con su vestido prácticamente terminado.
Esta tienda es la que siempre había imaginado. A la anterior le tengo muchísimo cariño porque fue donde empecé a crecer y donde ocurrieron muchas cosas importantes, pero era más pequeña y estaba dividida en dos plantas. Este atelier es más amplio, más profesional y permite que las clientas vengan acompañadas y puedan disfrutar de las pruebas con mayor comodidad.
Lo he diseñado completamente a mi gusto. Cuando vi el local todavía estaba prácticamente en ladrillo, pero yo ya podía imaginar cómo quedaría terminado. He invertido mucho esfuerzo y mucha ilusión para convertirlo en el espacio que tenía en mi cabeza.
También has presentado tus colecciones en numerosas pasarelas. ¿Hay algún desfile que recuerdes de una manera especial?
He participado en más de veinte desfiles, pero hay dos que nunca olvidaré. El primero fue en El Cielo de la Cayetana y acudió tanta gente que tuvimos que repetirlo porque muchas personas se habían quedado fuera. Las modelos eran mis amigas, todas vestidas de negro con mis tocados y una coreografía preparada para la ocasión. Fue muy especial porque representaba mis comienzos.
También recuerdo un gran desfile de jóvenes diseñadores que organicé junto a Kike Miranda en la plaza del Castillito. Participaron varios creadores, colaboraron el Ayuntamiento y la asociación de juventud y la plaza se llenó por completo.
¿Te gustaría volver a presentar alguna colección sobre una pasarela?
Los desfiles requieren muchísimo trabajo para los seis o siete minutos que duran. Hay que trasladar vestidos y tocados, las prendas pueden mancharse o estropearse y ahora las clientas consumen la moda de otra manera. Si quieren ver un look, entran en Instagram en cualquier momento sin necesidad de asistir a una pasarela.
Aun así, todavía tengo ese gusanillo. Ahora estoy cansada después de una mudanza, una reforma y todo el trabajo del atelier, así que necesito hacerlo en un momento en el que esté más tranquila, pero, si algún día vuelvo a organizar un desfile, será de novias.
“Este atelier es la tienda que siempre había imaginado”
El manual que todavía está aprendiendo a escribir
En Mujeres sin Manual siempre decimos que hay momentos para los que nadie nos entrega unas instrucciones. ¿Cuál ha sido ese gran momento de “no tengo un manual para esto” en tu vida?
Me habría gustado aprender a gestionar mejor mis emociones. Soy muy sentimental, empática y sensible, pero también tengo muchísimo carácter. Soy una mujer fuerte porque la vida me ha hecho así. He vivido situaciones muy complicadas: ser madre sola, perder a mi padre o empezar una profesión desde cero y sin dinero.
He salido adelante, pero durante algunos procesos he sufrido muchísimo. Después, cuando todo se ha resuelto, he pensado: “¿Por qué he llorado tanto si al final ha salido bien?”. Me habría gustado saber gestionar esas situaciones de otra manera para no pasarlo tan mal.
También soy muy perfeccionista y eso me hace sufrir. Mientras estoy hablando contigo puedo estar viendo que una cortina no está colocada exactamente igual que la otra y ya estoy deseando levantarme para arreglarla. Con las clientas y los vestidos me ocurre lo mismo: quiero que cada detalle esté perfecto y termino cargándome con demasiada responsabilidad.
¿Qué crees que todavía necesita aprender Esther?
A delegar, a relajarme y a disfrutar más de los procesos. No sé delegar porque quiero hacerlo todo yo. Si hay que colocar un papel, coser un drapeado o incluso poner el lavavajillas, estoy pendiente de cómo lo hace la otra persona y pensando que yo lo habría hecho de otra manera.
Tengo que entender que diferente no significa peor y que mi forma de hacer las cosas tampoco es la única perfecta. Estoy siempre deseando ver el resultado terminado y me cuesta disfrutar de lo que ocurre mientras llegamos hasta él.
Si tu vida fuera un vestido, ¿cómo sería?
Rojo o rosa, aunque creo que definitivamente sería rojo. Un vestido de noche, muy de alfombra roja, entallado, con un gran lazo en la espalda, algo de cola y mucho volumen. Lo estoy viendo perfectamente en mi cabeza.
Y si ahora pudieras sentarte junto a aquella niña que dibujaba vestidos con sus lápices de colores, ¿qué le susurrarías al oído?
Que disfrute, que no se agobie y que todo va a salir muy bien.
“Tengo que aprender a delegar, a relajarme y a disfrutar más de los procesos”
La mirada de Mujeres sin Manual
Si algo nos llevamos de escuchar la historia de Esther García es su fortaleza y esa energía tan suya con la que parece enfrentarse a todo. Aunque detrás de ellas también hay una mujer profundamente sensible, que vive cada cosa con intensidad y se implica hasta el final. Quizá por eso sus diseños nunca son solo vestidos. Esther los convierte en recuerdos, en emociones y en una parte de la historia de cada mujer que confía en ella. Consigue que, en un día tan importante como el de su boda, cada novia se mire al espejo y se reconozca como es: bella por fuera, pero también por dentro.
Su historia también nos recuerda que eso de alcanzar los sueños a la primera casi nunca ocurre. Ella se atrevió a dejarlo todo, hacer caso a su intuición y volver a aquello con lo que disfrutaba de niña. Empezó desde cero, recorrió tiendas con una caja de diademas y se lanzó una y otra vez sin saber qué encontraría al otro lado.
Esther también nos habla de algo que muchas mujeres conocemos bien: sentir que tenemos que elegir entre nuestro trabajo y la maternidad. Durante un tiempo creyó que parar podía poner en peligro todo lo que estaba construyendo, hasta que comprendió que el tiempo es lo único verdaderamente valioso que tenemos y que nunca vuelve. Pero también aprendió que nunca es tarde para aprovecharlo, que se puede tener éxito y, al mismo tiempo, estar presente y disfrutar de nuestros hijos.
Gracias, Esther, por abrirnos las puertas de tu atelier y compartir tu historia con Mujeres sin Manual.

