Eliza Donaire habla con la serenidad de quien ha aprendido que las decisiones importantes rara vez llegan con estruendo. Durante años desarrolló su trayectoria profesional dentro de las instituciones públicas, impulsando proyectos culturales y acercando el patrimonio a la ciudadanía. Después decidió cambiar de rumbo, emprender y crear junto a su socio “La Tortuga Gris”, un proyecto que une arte, patrimonio, inversión y tecnología con una mirada profundamente humana.
Más allá de los cargos o los reconocimientos, hay algo que atraviesa toda su historia: la convicción de que la cultura transforma vidas y que el arte no necesita ser entendido antes de ser sentido. Y que, en una sociedad acelerada, detenerse a contemplar una obra puede convertirse en un pequeño acto de resistencia.
Conversar con ella es entender que democratizar el arte no consiste únicamente en abrir las puertas de un museo, sino en conseguir que nadie vuelva a pensar que ese lugar no le pertenece.
Eliza Donaire: abrir puertas a través del arte
Eliza Donaire habla con la serenidad de quien ha aprendido que las decisiones importantes rara vez llegan con estruendo. Durante años desarrolló su trayectoria profesional dentro de las instituciones públicas, impulsando proyectos culturales y acercando el patrimonio a la ciudadanía. Después decidió cambiar de rumbo, emprender y crear junto a su socio “La Tortuga Gris”, un proyecto que une arte, patrimonio, inversión y tecnología con una mirada profundamente humana.
Pero, por encima de los cargos o los reconocimientos, hay algo que atraviesa toda su historia: la convicción de que la cultura transforma vidas. Que el arte no necesita ser entendido antes de ser sentido. Y que, en una sociedad acelerada, detenerse a contemplar una obra puede convertirse en un pequeño acto de resistencia.
Conversar con ella es entender que democratizar el arte no consiste únicamente en abrir las puertas de un museo, sino en conseguir que nadie vuelva a pensar que ese lugar no le pertenece.
Educar para mirar, no solo para memorizar
Hay mucha gente que siente que el arte "no es para ella". ¿En qué momento crees que empezamos a pensar que la cultura era solo para unos pocos?
Creo que empezó cuando la cultura dejó de explicarse como una experiencia compartida y empezó a percibirse como un código de pertenencia. Fue pasando en pequeños gestos: lenguajes demasiado cerrados, espacios poco acogedores, precios inaccesibles y la idea de que antes de acercarte al arte había que "saber", conocer unos códigos determinados.
Si me pongo en modo historiadora, te diría que todo empezó entre los siglos XVIII y XIX, cuando la cultura comenzó a convertirse también en un marcador de distinción social.
Como decía Bourdieu, nuestra relación con el arte no depende solo de nuestros gustos, sino también del entorno, la educación y los códigos culturales que heredamos. En algún momento muchas personas empezaron a pensar que el arte era algo para lo que había que estar preparadas. Y quizá esa siga siendo hoy una de las barreras más importantes. No solo la económica, que también, sino la sensación de no pertenecer.
Por eso creo que uno de los grandes retos de nuestro tiempo no es únicamente ampliar el acceso al arte, sino ampliar el sentimiento de legitimidad para participar en él.
Si mañana coincidieras con alguien que nunca ha entrado en un museo porque piensa que "eso no va conmigo", ¿qué le dirías para animarle a cruzar esa puerta?
Le diría que se permitiera vivir la experiencia.
Que quizá lo que no va con nosotros no es el arte, sino la idea de que necesitamos saber lo suficiente, entenderlo todo o tener las referencias adecuadas antes de entrar. Nunca le pediríamos a alguien que aprendiera música antes de ir a un concierto o que estudiara literatura antes de abrir una novela.
Sin embargo, con las artes plásticas nos hemos acostumbrado a pensar que primero hay que saber y después sentir, cuando, en realidad, es exactamente al revés. Le diría simplemente que entre, que mire, que se permita sentir y dejarse llevar.

Hablas mucho de democratizar el acceso al arte. Me encanta esa expresión, pero… ¿qué significa realmente para ti?
Para mí, democratizar el acceso al arte no significa que todo el mundo tenga que convertirse en coleccionista ni que todas las obras deban estar al alcance de cualquiera.
Significa algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: que nadie debería sentir que el arte no es para él o para ella.
Que la relación con el arte no dependa únicamente del entorno en el que has crecido, del patrimonio cultural que heredas o de conocer los códigos adecuados. Democratizar el acceso significa ampliar las puertas de entrada. Crear más formas de acercarse, de participar y de construir una relación propia con el arte y con el patrimonio.
Porque el arte siempre tendrá un valor económico, histórico y patrimonial. Pero posee algo igual de importante: la capacidad de generar identidad, pensamiento y conversación colectiva.
Estoy convencida de que una sociedad que amplía el acceso a la cultura también amplía sus posibilidades de futuro. La cultura no solo refleja una sociedad; también la construye. Y una sociedad con mayor acceso al arte suele ser una sociedad con más pensamiento crítico, más creatividad, más capacidad para imaginar alternativas y más cohesión social.
"La cultura no solo refleja una sociedad; también la construye"
Vivimos hablando de creatividad, innovación y pensamiento crítico, pero luego las asignaturas artísticas siguen teniendo muy poco peso en los colegios. ¿Crees que estamos dando al arte la importancia que realmente tiene en la educación?
Creo que existe una contradicción evidente.
Hablamos constantemente de creatividad, innovación y pensamiento crítico como las grandes competencias del siglo XXI y, sin embargo, seguimos relegando las disciplinas artísticas a un lugar secundario dentro del sistema educativo.
Y eso me preocupa porque el arte no solo enseña historia o técnicas. Enseña a observar, a interpretar, a convivir con la complejidad, a formular preguntas, a cuestionarse y a imaginar soluciones nuevas. Es decir, muchas de las habilidades que después exigimos en el mundo profesional.
No es casualidad que algunos de los sistemas educativos más admirados del mundo, como Finlandia o Canadá, integren las artes de forma mucho más transversal, entendiendo la creatividad como parte del desarrollo integral del alumnado y no como un complemento.
Lo que realmente me sorprende es cómo hemos llegado a pensar que el arte era algo secundario.
Precisamente ahora, en una época marcada por la inteligencia artificial, todas aquellas capacidades que nos hacen profundamente humanos serán más importantes que nunca.
¿Y qué pierde un niño o una niña cuando crece sin ese contacto con el arte, la creatividad o la posibilidad de expresarse de otras maneras?
Pierde una forma de mirar el mundo.
El arte nos enseña a observar con atención, algo tan necesario hoy, a convivir con preguntas que no tienen una única respuesta, a interpretar, a imaginar posibilidades y a expresar aquello que, muchas veces, no sabemos poner en palabras.
Cuando un niño crece sin ese contacto pierde herramientas para comprenderse mejor a sí mismo y también para comprender a los demás. Y quizá eso sea especialmente importante en un momento en el que la inteligencia artificial será capaz de hacer cada vez más cosas por nosotros.
Las capacidades más profundamente humanas como la creatividad, la sensibilidad, la empatía o la capacidad de imaginar aquello que todavía no existe serán precisamente las más valiosas.
Y el arte es uno de los lugares donde aprendemos a entrenarlas.

A veces tengo la sensación de que vivimos tan deprisa que hemos dejado de observar. ¿Crees que el arte también puede enseñarnos a parar, a mirar con calma y a entender mejor el mundo que nos rodea?
Sin ninguna duda.
Creo que esa es una de las grandes funciones del arte y, probablemente, una de las más necesarias de nuestro tiempo.
Vivimos en una época diseñada para la velocidad y la inmediatez. Una época en la que la atención se ha convertido en un recurso escaso, que se pierde entre el scroll infinito, las notificaciones y la urgencia permanente, pero mirar una obra de arte exige algo completamente distinto, nos exige tiempo, atención y detenernos.
Hay estudios que demuestran que pasar un rato en un museo reduce los niveles de cortisol y países donde ya se receta la visita a museos como parte de tratamientos relacionados con el bienestar y la salud mental.
Creo que existe una necesidad urgente de recuperar lo lento. De volver a vivir el presente de forma consciente. Y el arte puede ayudarnos precisamente a eso.
"Mirar una obra de arte exige tiempo. Exige atención. Exige detenerse."
Dejar puertas abiertas
Si hay algo que atraviesa toda la conversación con Eliza Donaire es la curiosidad. La misma que la llevó a elegir Historia del Arte cuando muchos le aconsejaban otro camino. La que hoy la hace vivir entre dos continentes. La que intenta transmitir a sus hijos cada vez que entra con ellos en un museo porque, para ella, el verdadero patrimonio no son solo las obras de arte: también es la forma en la que aprendemos a mirar el mundo.
Siempre he pensado que viajar también es una forma de crecer. Ahora que en breve te espera Montreal, ¿qué crees que puede aportarte esta experiencia, tanto a nivel profesional como personal?
Vivimos a caballo entre Sevilla y Montreal, donde acabamos de instalarnos. Intentamos quedarnos con lo mejor de ambos mundos y hacer auténticos malabares para organizarnos con nuestros cuatro hijos.
Canadá me aporta otra manera de entender la empresa, la innovación y la relación con el arte. Andalucía, en cambio, sigue siendo el lugar donde están mis raíces, mi identidad y gran parte del patrimonio cultural con el que trabajo.
No siento que tenga que elegir entre un sitio y otro. Me gusta pensar que ambos lugares se enriquecen mutuamente y que vivir entre dos culturas me obliga a mantener siempre la curiosidad despierta.
Hay una curiosidad que me apetece mucho conocer... ¿Hay alguna obra de arte que te haya acompañado especialmente a lo largo de tu vida?
Podría mencionar muchas obras y probablemente la respuesta cambiaría según el momento en el que me hicieras la pregunta.
Hay artistas y obras a las que vuelvo una y otra vez y que me han acompañado de maneras distintas con el paso de los años. Quizá precisamente eso sea lo más bonito del arte: las obras no cambian, pero nosotros sí. Y, por tanto, también cambia la forma en que las leemos.
Probablemente por eso sigo pensando que el arte es, sobre todo, una conversación profundamente humana que atraviesa generaciones, lugares y biografías. Pero hay una historia que siempre vuelve a mí.
Mi casa siempre ha estado llena de libros de arte y, cuando mis hijos eran pequeños, les encantaba tumbarse en el suelo para mirarlos. Siempre terminaban eligiendo el mismo: Velázquez.
Su obra favorita era Las Meninas.
Me preguntaban dónde estaba ese cuadro y les contara una y otra vez su historia. Con apenas tres y cuatro años querían viajar a Madrid para conocer aquel lugar llamado Museo del Prado. Cuando por fin llegamos, todo se convirtió en un juego de pistas, como si siguiéramos el mapa de un tesoro. Hasta que la encontraron. Atravesaron el grupo de personas que siempre la rodea, se colocaron delante del cuadro, se sentaron en el suelo y permanecieron allí, en silencio, durante casi diez minutos. Ahí entendí que hay obras que no necesitan explicación. Solo necesitan tiempo.
Desde entonces, cada vez que viajo a Madrid, siempre intento regalarme un rato para volver a verla.
"Las obras no cambian; quienes cambiamos somos nosotros."
Y ahora sí, la última. Cuando dentro de muchos años alguien hable de Eliza, ¿cómo te gustaría que te recordaran? ¿Qué legado te gustaría dejar como mujer?
Probablemente esta sea la pregunta más difícil de toda la entrevista.
Me gustaría que me recordaran como alguien que ayudó a abrir puertas. Puertas hacia el arte, hacia la cultura, hacia oportunidades que quizá antes parecían reservadas para unos pocos. Puertas hacia nuevos horizontes.
Pero, si soy sincera, lo que más me importará dentro de muchos años no será lo profesional.
Como madre, me gustaría que mis hijos recordaran que intenté enseñarles a mirar el mundo con curiosidad, con sensibilidad y sin fronteras. Que crecieran con un profundo amor por el aprendizaje y con unos valores construidos desde el amor, la igualdad, el respeto y la libertad.
Como pareja, me gustaría que me recordara como el gran amor de su vida. Como la persona que le hizo feliz, que compartió los sueños y también las incertidumbres del camino porque la vida se sostiene mucho más en los proyectos compartidos que en los éxitos individuales.
Y como mujer, me gustaría pensar que contribuí, aunque fuera modestamente, a dejar algunas puertas un poco más abiertas para quienes vinieran detrás.
Venimos de generaciones de mujeres que hicieron mucho para que hoy podamos estar aquí. Quizá nuestro trabajo ahora sea simplemente continuar ese camino porque, al final, el verdadero legado no son las empresas, los cargos ni los reconocimientos, son las personas a las que ayudaste a crecer, las vidas que inspiraste sin saberlo, las conversaciones que abriste, las puertas que dejaste un poco más abiertas de como las encontraste y el amor y la confianza que sembraste en quienes compartieron la vida contigo.
"Me gustaría que me recordaran como alguien que ayudó a abrir puertas."
La mirada de Mujeres sin Manual
Hay entrevistas que te hacen descubrir a una persona y otras que, sin esperarlo, te obligan a cuestionarte a ti misma.
Mientras hablaba con Eliza, no podía dejar de pensar en mi hija pequeña. Le encanta pintar, crear, imaginar. Y, sin embargo, cuántas veces le he dicho... como tantas madres y padres hacemos sin mala intención...que, cuando sea mayor, quizá debería elegir "otra cosa". Algo con más salidas. Más seguro. Más práctico.
Supongo que todos hemos heredado esa forma de entender el futuro.
Pero escuchar a Eliza te obliga a mirar desde otro lugar. A preguntarte en qué momento dejamos de creer que la creatividad también podía ser un camino o por qué seguimos considerando el arte un lujo cuando, en realidad, es una de las herramientas más poderosas para aprender a observar, a pensar y a comprender el mundo.
Quizá democratizar la cultura empiece mucho antes de cruzar la puerta de un museo y empiece en casa, cuando dejamos de decirle a un niño o a una niña que aquello que le apasiona vale menos que otras profesiones porque, al final, el legado del que habla Eliza no consiste solo en abrir puertas dentro del arte sino que consiste en no ser nosotros quienes las cerremos antes de tiempo.
Y esa, probablemente, sea una de las reflexiones más bonitas que nos deja esta conversación.

