Hablar de creatividad y bienestar puede parecer un lujo en medio de la rutina, pero quizá sea una de las herramientas más poderosas para volver a nosotras mismas.
No hablamos de pintar cuadros perfectos, escribir novelas o tener un talento extraordinario. Hablamos de algo mucho más cotidiano y profundo: permitirnos jugar, imaginar, probar, expresarnos y volver a sentirnos vivas sin la presión de hacerlo todo bien.
Para profundizar en esta idea conversamos con Miss Leiva, quien se define como "artista del alma, terapeuta del cuerpo y mujer que acompaña". Una descripción que resume a la perfección la esencia de su trabajo: acompañar a otras mujeres a través del arte, el movimiento y la escucha para que vuelvan a encontrarse consigo mismas.
Desde San Fernando, acompaña a mujeres a través de talleres, experiencias grupales y procesos individuales en los que el arte deja de ser una meta para convertirse en un camino hacia el bienestar.
Y desde esa mirada nos invita a descubrir por qué volver a crear no es un lujo ni un capricho, sino una poderosa herramienta de bienestar, autocuidado y reconexión con quienes somos de verdad. "Cuando dejamos de crear, perdemos una vía de expresión, de disfrute y de regulación emocional", explica Miss Leiva.
Cuando dejamos de crear para ocuparnos de todo lo demás
De niñas cantábamos sin miedo a desafinar, dibujábamos sin juzgar el resultado y convertíamos cualquier cosa en una aventura... pero crecimos y llegaron los estudios, el trabajo, los cuidados, la maternidad, la casa, las responsabilidades y esa exigencia silenciosa de ser útiles, productivas y eficientes.
Y lo que no parecía urgente quedó aparcado y la creatividad fue una de esas cosas.
Vivimos en una sociedad que premia el hacer constante. Lo productivo. Lo medible. Lo que genera resultados visibles. Y, sin embargo, pocas veces nos preguntamos qué perdemos cuando dejamos de lado aquello que simplemente nos hacía disfrutar.
El mito de "yo no soy creativa"
Durante años hemos asociado la creatividad con el talento. Como si crear solo perteneciera a quienes dibujan bien, escriben bonito, bailan sobre un escenario o llenan teatros, pero Miss Leiva lo desmonta con claridad: la creatividad es una capacidad humana que todas tenemos y que necesita espacio para expresarse.
Crear también es cocinar improvisando, escribir para ordenar lo que sentimos, cantar en casa, hacer fotografías, decorar un rincón, bailar sin público o encontrar una solución distinta a un problema de todos los días.
Comprender esta relación entre creatividad y bienestar nos permite dejar de ver el arte como un privilegio y empezar a reconocerlo como una necesidad humana.
Lo que ocurre cuando dejamos de juzgarnos
Hay algo profundamente liberador en hacer algo sin tener que demostrar nada.
Cuando una mujer se permite crear sin expectativas ni juicio, aparece una sensación de libertad. Vuelven la curiosidad, la espontaneidad y el juego. A veces también aparecen emociones que estaban guardadas como la alegría, llanto, recuerdos o alivio. "Dejamos de preocuparnos por hacerlo bien o mal y empezamos a disfrutar del proceso", comparte Miss Leiva quien afirma que“en una sociedad obsesionada con el rendimiento, disfrutar sin producir resultados medibles puede convertirse casi en un acto de rebeldía".

Recuperar partes de nosotras que creíamos perdidas
A través de los talleres y experiencias que acompaña, Miss Leiva ha observado algo que se repite una y otra vez: las mujeres no han perdido su creatividad, simplemente la han silenciado.
Muchas llegan convencidas de que "ya no saben crear". Sin embargo, descubren que esa parte sigue intacta, esperando a que alguien le abra la puerta. "Las veo sonreír, recuperar la alegría y el sentido del humor. En un mundo en el que vivimos muchas veces estresadas, tristes o enfadadas por todo lo que cargamos, esto para mí es un tesoro. Un remanso de paz y un espacio sagrado".
Miss Leiva no habla solo desde la observación, sino también desde la experiencia propia. La creatividad la ha llevado a descubrir su voz a través del canto, a subirse a escenarios para cantar y bailar, a publicar su propio libro y a dar forma a cortometrajes y obras teatrales. Distintas formas de expresión que han tejido su propio camino vital.
Y, sin embargo, cuando mira hacia atrás, no son los proyectos ni los logros lo que más valora. "Ha hecho que no pierda la inocencia, la espontaneidad, la risa, la alegría, la ilusión y las ganas de vivir. Ha sido mi herramienta de salvación y sigue siéndolo en las etapas duras de la vida".
Y quizá esa sea la prueba más poderosa de todo lo que nos ha contado: crear no siempre cambia nuestras circunstancias, pero sí puede cambiar la forma en que las atravesamos. Y quizá eso sea exactamente lo que necesitamos: espacios donde no tengamos que demostrar nada, sino simplemente volver a ser.
La creatividad también es autocuidado
La relación entre creatividad y bienestar va mucho más allá del entretenimiento. Nos han enseñado que cuidarnos implica descansar, comer mejor o hacer ejercicio, pero pocas veces hablamos de reservar tiempo para aquello que nos hace sentir vivas: cantar, escribir, bailar, hacer fotografías, aprender cerámica, diseñar ropa, cocinar sin prisas... recuperar una afición olvidada... y no precisamente para monetizarla, ni para destacar ni ser las mejores... simplemente porque sí.
Porque la creatividad puede convertirse en una herramienta de autocuidado cuando dejamos de verla como una obligación productiva y empezamos a habitarla como un espacio propio.

Volver a la niña que fuimos
Si sientes que has perdido esa conexión contigo misma, Miss Leiva propone un ejercicio tan sencillo como poderoso: mirar hacia la infancia.
¿Qué hacías durante horas sin que nadie te lo pidiera?
¿Qué te hacía perder la noción del tiempo?
¿Qué soñabas con aprender?
Ahí suelen estar las pistas... porque esa parte creativa no desapareció. Solo aprendió a quedarse en silencio mientras atendíamos todo lo demás.
Y mientras hablaba con Miss Leiva, no pude evitar pensar en la niña que fui.
A mí me encantaba colorear. Podía pasar horas inventando combinaciones imposibles, concentrada en no salirme de la línea y, al mismo tiempo, dejándome llevar. También escribía cuentos. Historias sencillas, llenas de personajes y aventuras que nacían sin esfuerzo, simplemente porque imaginarlas me hacía feliz.
No pensaba si era buena o mala haciéndolo. No buscaba reconocimiento. Solo disfrutaba.
Quizá por eso hoy sigo encontrando refugio en las historias. Aunque ya no las escriba en el cuaderno del cole, continúo buscando mujeres que inspiran, conversaciones que emocionan y relatos que merecen ser contados. De alguna manera, Mujeres sin Manual también nació de esa niña que imaginaba mundos y necesitaba poner palabras a lo que sentía.
A veces creemos que crecer consiste en dejar atrás ciertas partes de nosotras mismas, pero quizá la verdadera madurez tenga más que ver con recuperarlas, honrarlas y darles un nuevo lugar en nuestra vida.
Porque recuperar aquello que nos hacía vibrar de niñas es también una forma de volver a quienes somos de verdad. Y, quién sabe, quizá incluso una forma diferente de salvarnos.

