Belén Orive: "No debemos poner el objetivo en ser fuertes, sino poderosas"

Psicóloga, madre de cuatro hijas y creadora de MDJEM, Belén Orive lleva más de once años vinculada a África, un continente en el que ha vivido, trabajado y construido buena parte de la mujer que es hoy. Su historia habla de viajes y emprendimiento, pero también de maternidad, identidad, miedo y de la necesidad de seguir escuchándose cuando la vida cambia los planes.

Marruecos, Angola, Ghana y Camerún forman parte de la biografía personal y profesional de Belén Orive. Psicóloga de formación, ha pasado más de once años viviendo en distintos países africanos junto a sus cuatro hijas, una experiencia que ha transformado su forma de entender el mundo y también su propia identidad. De aquella mujer que salió de Madrid conserva, asegura, la esencia, aunque todo lo demás haya pasado “por la centrifugadora del aprendizaje y la evolución”.

África también está en el origen de MDJEM, el proyecto con el que actualmente acompaña a grupos de mujeres a conocer el continente a través de experiencias que van más allá del viaje convencional. Una iniciativa que nació en Camerún, en un momento de importantes cambios personales, cuando recuperar una antigua pasión, el baile, la llevó también a reconectar con una parte de sí misma que había quedado relegada durante años.

Belén Orive nos habla de ese proceso sin construir un relato perfecto alrededor de él. Reconoce el miedo, las dudas, las renuncias y el cansancio que han acompañado tanto a la maternidad como al emprendimiento, y cuestiona esa tendencia a mostrar únicamente la parte amable de los procesos personales y profesionales. Tampoco idealiza África ni a las mujeres que ha conocido allí.

Prefiere hablar de lo que ha aprendido de ellas y de una distinción que para ella resulta importante: dejar de aspirar únicamente a ser mujeres fuertes para empezar a reconocernos como mujeres poderosas.

En esta conversación con Mujeres sin Manual, Belén Orive habla de la mujer que fue y de la que es ahora, de maternidad e identidad, de lo que supone construir un proyecto propio mientras se crían cuatro hijas, de la culpa, del miedo y de una certeza que intenta transmitir también a sus hijas: ningún camino tiene por qué parecerse al de los demás.

África y una vida que nunca imaginó

Más de once años viviendo fuera de España han hecho que Marruecos, Angola, Ghana y Camerún sean mucho más que lugares en el mapa para Belén Orive. Cada cambio de país ha supuesto adaptarse a una nueva realidad, despedirse y volver a empezar, pero también descubrir una capacidad para el movimiento que hoy reconoce como parte esencial de su forma de ser.

Belén, eres psicóloga, madre de cuatro hijas y has vivido durante más de once años en Marruecos, Angola, Ghana y Camerún. Si miras a la mujer que eras antes de comenzar ese recorrido, ¿imaginabas que tu vida terminaría tan vinculada a África?

Siempre digo que, si alguien me hubiera sentado de pequeña y me hubiera contado lo que iba a hacer con mi vida, nunca me lo habría creído. Ha sido, y sigue siendo, una trayectoria inimaginable para mí.

Vivir en distintos países implica despedirse, adaptarse y empezar de nuevo muchas veces. ¿Qué aprendiste sobre ti en cada una de esas mudanzas?

Sobre todo, descubrí mi capacidad de movimiento, de adaptación y mi energía. Soy una persona a la que le gusta descubrir, cambiar y moverse. Me he dado cuenta de que lo necesito: si me quedo quieta, me marchito.

Has dicho que la Belén Orive de Madrid prácticamente ya no existe. ¿Qué queda hoy de aquella Belén y cuánto has cambiado desde entonces?

Mi esencia sigue estando ahí. Mi corazón es el mismo, mi forma de ser, lo que me gusta, lo que anhelo y lo que necesito. Lo que ocurre es que todo eso ha pasado por la centrifugadora del aprendizaje y de la evolución.

He cambiado muchísimo, inevitablemente, pero cuando miro hacia dentro sigo encontrando a aquella niña y su esencia. Eso permanece.

“He cambiado muchísimo, pero cuando miro hacia dentro sigo encontrando a aquella niña y su esencia”

Maternidad, identidad y el camino de vuelta hacia una misma

La maternidad atraviesa buena parte de la historia de Belén Orive, pero ella se aleja de una visión idealizada. Después del nacimiento de su cuarta hija hubo un momento en el que dejó de reconocerse al mirarse al espejo. No habla de aquella etapa desde el arrepentimiento, sino desde la aceptación de que elegir también implica renunciar y de que, durante determinados momentos de la vida, algunas partes de una misma pueden quedar en segundo plano.

Después del nacimiento de tu cuarta hija, te miraste al espejo y pensaste: «¿Quién eres tú?». ¿En qué momento sentiste que habías dejado de reconocerte y qué parte de ti se había quedado por el camino?

Creo que la maternidad implica inevitablemente cierta pérdida. Como ocurre con muchas decisiones importantes de la vida, recibes algo y también sacrificas algo. Para mí, la maternidad no es diferente.

Hay que aceptar que existen etapas en las que una parte de ti queda relegada y entender también que son temporales. En mi caso, llegar a no reconocerme tuvo incluso una consecuencia positiva: me impulsó a buscarme de nuevo, pero desde otro lugar y con otra mirada.

Muchas mujeres sienten que, al convertirse en madres, comienzan a vivir pendientes de las necesidades de los demás. ¿Te costó darte permiso para volver a pensar en ti sin sentirte culpable?

Creo que buena parte de esos “no permisos” y de la culpa que sentí estuvieron relacionados con no haber tenido el compañero que necesitaba en determinados momentos. Es una parte de mi historia, aunque no quiero convertirla en un drama ni quedarme instalada ahí.

Al final, todo lo que me he ido encontrando en el camino me ha llevado hasta la Belén que soy hoy. La relación que tengo con mis hijas también se ha construido dentro de unas circunstancias que quizá no siempre fueron las más convenientes, pero no cambiaría lo que tenemos ni lo que hemos construido juntas. Ha sido difícil y cansado en muchos momentos, sí, pero también ha contribuido a hacerme la mujer que soy.

En Camerún recuperaste tu pasión por el baile. ¿Qué consiguió expresar tu cuerpo bailando que quizá todavía no eras capaz de decir con palabras?

Mi cuerpo empezó a conectar de nuevo con mi corazón y con mi cabeza, y comenzó a decirme muchas cosas que quizá todavía no había sido capaz de verbalizar. El baile fue una forma de volver a escucharme.

Grupo de mujeres después de una experiencia de baile de MDJEM en África
Una de las experiencias compartidas durante los viajes de MDJEM.

MDJEM: emprender sin esconder el miedo

MDJEM nació de una inquietud personal, pero llevar aquella idea a la realidad obligó a Belén Orive a enfrentarse a las mismas dudas que aparecen cuando un proyecto deja de existir únicamente en nuestra cabeza. Lejos de construir un relato de emprendimiento basado en la seguridad o en la ausencia de miedo, reivindica precisamente lo contrario: mostrar también todo aquello que normalmente queda fuera de la fotografía.

MDJEM nació de una necesidad muy personal, pero convertir una idea en un proyecto real exige mucho más que ilusión. ¿Qué miedos y resistencias tuviste que vencer antes de organizar aquel primer viaje?

Absolutamente todos los que se pueden tener y, en realidad, los que tenemos todas y todos. Además, no desaparecen. Superas unos y aparecen otros, o regresan los mismos en versión 2.0, 3.0 o 4.0.

Nunca se vive sin miedo ni resistencias. Lo que aprendes es a reconocerlos, convivir con ellos y evitar que sean ellos quienes decidan por ti.

Para mí es muy importante que ninguna mujer me idealice ni idealice lo que hago. Vivimos en un mundo de apariencias en el que tendemos a mostrar únicamente la parte feliz, cuando detrás siempre hay mucho más. Yo quiero iluminar precisamente esa parte que no se ve, porque las apariencias hacen mucho daño y las redes sociales han contribuido enormemente a construir esa imagen de que a los demás todo les sale bien.

Quiero que se sepa que yo he llorado, he pasado noches sin dormir, he dudado, he querido abandonar, he tenido miedo, me he equivocado, he tomado malas decisiones, me he bloqueado y ha habido momentos en los que no sabía por dónde seguir. Me ha pasado, me sigue pasando y seguramente me seguirá pasando siempre.

No quiero esconder esa parte del camino.

“No quiero que ninguna mujer me idealice ni idealice lo que hago, detrás de la parte feliz siempre hay algo que no se ve”

Durante la primera experiencia, te viste rodeada de un grupo de mujeres bailando en Camerún y pensaste: «Lo he conseguido». ¿Qué significó aquel instante después de todo lo que habías tenido que atravesar para llegar hasta allí?

Sentí el lado maravilloso de la vida y la presencia de Dios. También tuve la sensación de que aquello era el comienzo de un camino que no iba a terminar, pero que podía llevarme a lugares y a versiones de Belén que todavía no era capaz de imaginar.

Eso sí, siempre que continuara implicándome de verdad, arriesgándome y aceptando nuevos retos. Para mí, ese momento no significó haber llegado a una meta, sino comprobar que estaba empezando un camino.

África más allá de la mirada idealizada

Después de más de una década vinculada al continente, Belén Orive tampoco habla de África desde la idealización. Conocer un lugar durante años significa descubrir sus luces, pero también sus contradicciones. De las mujeres que ha encontrado durante ese tiempo se queda especialmente con tres aprendizajes: la paciencia, la confianza y la capacidad de aceptar aquello que no podemos controlar.

Después de vivir en Marruecos, Angola, Ghana y Camerún, ¿qué fue lo que te enamoró de África? ¿Cómo son las mujeres que has conocido allí y qué has descubierto que tenemos en común, a pesar de vivir realidades tan diferentes?

África enamora, pero, como ocurre en cualquier relación de larga duración, también puede desenamorar. Todos los lugares tienen su luz y su oscuridad. Sucede igual con las personas: cuanto más profundizas, más ves. Después depende de ti aceptar o no aquello que descubres y decidir qué haces con ello.

Las mujeres que he conocido allí me han enseñado, sobre todo, paciencia y confianza. Me han enseñado a soltar, a aceptar y a creer. Para mí, eso es sabiduría.

No me gusta, sin embargo, caer en el estereotipo de hablar continuamente de mujeres “fuertes”. Muchas veces consideramos fuerte a alguien porque ha tenido que sufrir mucho para llegar a serlo. Por eso creo que nuestro objetivo no debería ser convertirnos en mujeres fuertes, sino en mujeres poderosas. Ser poderosa no tiene necesariamente esa carga de sufrimiento asociada.

Al final, la vida va sucediendo y una intenta sortear las olas como puede.

Si tuvieras que elegir tres palabras para describir a las mujeres africanas que has conocido durante estos años, ¿cuáles serían?

Pacientes, sabias y generosas.

“No debemos poner el objetivo en ser fuertes, sino poderosas… la fortaleza muchas veces lleva detrás una carga de sufrimiento”

Viajar con otras mujeres: acompañar sin juzgar

Quienes participan en una experiencia de MDJEM no llegan únicamente con el deseo de conocer un lugar nuevo. Cada mujer viaja también con su momento vital, sus circunstancias y sus propias inquietudes. Belén Orive es consciente de esa dimensión emocional, aunque establece una diferencia importante: su función no es dirigir los procesos personales que puedan surgir durante el viaje, sino ofrecer un espacio de confianza y seguridad.

Las mujeres que viajan contigo llegan con una maleta, pero también con sus propias mochilas emocionales. ¿Cómo vives esa parte más emocional de los viajes y cómo acompañas a cada mujer en todo lo que va surgiendo durante la experiencia?

Hay cosas de las que me entero y otras de las que no, porque durante los viajes entro y salgo del grupo. Estoy trabajando y hay momentos en los que mi atención tiene que estar necesariamente puesta fuera. También necesito encontrar espacios para descansar, porque son experiencias muy intensas. Y yo también soy intensa. No sé hacer las cosas sin sentirlas profundamente. Cuando surge algún momento emocional, intento ser un ancla, un punto de seguridad. Quiero que sepan que estoy ahí, que puedo entenderlas y, sobre todo, que no hay juicio.

Intento aplicar también lo que he aprendido de muchas de las mujeres que he conocido en África: ser paciente, sabia y generosa. Al final procuro que exista coherencia entre mi manera de acompañarlas y los valores que quiero que tenga el proyecto. Que lo consiga mejor o peor en cada momento ya es otra cuestión.

Después de todo lo vivido y de todas las viajeras que has acompañado, ¿cómo definirías a una mujer MDJEM? ¿Qué tienen en común las mujeres que se atreven a vivir esta experiencia?

Son mujeres con ganas de ir más allá y de experimentar otras cosas. Mujeres que quieren desprenderse de prejuicios externos y empezar a hacer aquello que ellas realmente quieren hacer.

Creo que tienen en común el deseo de vivir su propia experiencia vital con libertad y, además, hacerlo cuidándose a sí mismas.

A partir de ahí, cada una es completamente diferente. Tienen caracteres, personalidades, circunstancias y maneras de relacionarse distintas. No existe un único perfil de mujer MDJEM, y creo que precisamente ahí está parte de la riqueza de la experiencia.

“Son mujeres que quieren vivir su propia experiencia vital con libertad y hacerlo cuidándose a sí mismas”

Ser mujer, ser madre y seguir teniendo un proyecto propio

Viajar tiene para Belén Orive una dificultad que permanece por encima de cualquier reto profesional: dejar a sus cuatro hijas en casa. Su manera de hablar de maternidad vuelve a escapar de los extremos. No reniega de los años en los que ser madre ocupó prácticamente todo el espacio, pero tampoco considera que la maternidad deba borrar indefinidamente a la mujer que existe detrás.

Has reconocido que lo más difícil de viajar es salir de casa y dejar a tus hijas. ¿Cómo conviven en ti la ilusión por tu proyecto y la culpa que tantas veces acompaña a las madres cuando deciden priorizar también sus sueños?

Yo, ante todo, soy mujer y después soy madre. Es verdad que hubo una etapa en la que ser madre se antepuso a ser mujer, pero entiendo que aquello formaba parte del momento de maternidad que estaba viviendo y no tengo ningún problema con ello.

Ahora intento ser fiel a esas dos partes de mí. En realidad, ese es mi sueño prioritario. Todo lo demás se construye alrededor.

La culpa o el agobio no aparecen porque esté trabajando en un proyecto que me ilusiona. Lo difícil para mí es marcharme lejos y dejar a mis hijas en casa sin haber tenido siempre la posibilidad de hacerlo con toda la tranquilidad que habría necesitado.

Es una circunstancia que forma parte de mi experiencia personal y prefiero contarla desde ahí, sin convertirla en un juicio hacia los hombres ni generalizar a partir de lo que yo he vivido.

¿A qué has tenido que renunciar para construir MDJEM?

Sobre todo, he tenido que renunciar a una versión de Belén que ya se había quedado obsoleta. También a muchas limitaciones, prejuicios y opiniones ajenas; a escuchar constantemente esa voz interior negativa, a permanecer en una zona de confort y a aferrarme a una aparente tranquilidad.

Por el camino también he renunciado a dormir algunas noches y he tenido que aprender a dejar de dudar continuamente de mí misma y de escapar de mi propia esencia.

Visto así, muchas de esas renuncias han terminado siendo una bendición. Menos mal que he podido dejar algunas de ellas atrás.

“He tenido que renunciar, sobre todo, a una versión de Belén que ya se había quedado obsoleta”

El ejemplo que quiere dejar a sus hijas

Sus cuatro hijas han sido testigos de buena parte del proceso. Han visto las ausencias y los viajes, pero también cómo una idea que inicialmente solo existía en la cabeza de su madre terminaba convirtiéndose en un proyecto real. Cuando Belén Orive piensa en lo que le gustaría que aprendieran de todo ello, no habla tanto de MDJEM como de la libertad para construir una vida propia.

Tus hijas han visto cómo una idea que solo existía en tu cabeza se convertía en una realidad. Más allá del proyecto, ¿qué te gustaría que aprendieran de la mujer que han visto construirlo?

Me gustaría que aprendieran que solo ellas pueden guiar y construir su propio camino. Que ese camino será único y que no tiene por qué parecerse al de nadie más.

También quiero que entiendan que las opiniones de los demás están condicionadas por sus propias experiencias y sus propios miedos, y que eso no tiene necesariamente que ver con ellas. Hay que escuchar, por supuesto, pero hacerlo con cautela.

Para mí, lo importante es que aprendan a cerrar los ojos y escuchar su propia voz y su cuerpo. Que confíen en lo que sienten. No siempre será fácil, pero es posible.

Espero que, cuando alguna vez estén perdidas, puedan pensar en mí y encontrar una referencia. Por eso dejo que vean todo y hablo con ellas de todo. Quiero darles algo a lo que agarrarse cuando lo necesiten: «Mi madre hizo esto, mi madre dijo aquello, mi madre me demostró que era posible». Creo profundamente que se educa con los actos y con el ejemplo, no solo con las palabras.

“Que su camino sea único y no tenga que parecerse al de nadie más, se educa con los actos y con el ejemplo, no solo con las palabras”

Cuando el miedo deja de decidir por ti

Belén Orive no habla de haber superado el miedo. De hecho, reconoce que sigue apareciendo cada vez que se enfrenta a algo nuevo. La diferencia está en el lugar que ocupa ahora: ya no funciona como un freno, sino como una señal que ha aprendido a escuchar sin permitir que determine sus decisiones.

MDJEM ya es un sueño cumplido, pero todavía hay mucho camino por delante. ¿Qué sueño sigue guardando Belén Orive y aún no se ha atrevido a convertir en realidad?

La verdad es que ninguno. El miedo ya no me paraliza. Me guía y me da mucho la plasta, pero aquello que se me pasa por la cabeza intento hacerlo, aunque me dé miedo. Que después salga bien o no, eso ya es otra cosa. Sí hay algo que me gustaría: bailar más, poder hacerlo de una manera continuada y morir sintiéndome “bailarina”.

Sé que ese momento llegará.

Si hoy tuvieras frente a ti a la Belén de diez años, ¿qué le susurrarías al oído a aquella niña sobre la mujer en la que se iba a convertir?

Le diría: “Lo vas a flipar, pero tranquila, todo está bien. No te agobies ni te angusties”.

Belén Orive junto a un grupo de viajeras de MDJEM en África
Belén Orive junto a uno de los grupos de viajeras de MDJEM en África.

Cada una tiene su propio manual que escribir

Después de tantos cambios de país, de la maternidad, de las decisiones personales, de los viajes y de construir un proyecto propio, quizá una de las conclusiones más claras de Belén Orive sea que ninguna experiencia ajena puede servirnos como unas instrucciones exactas para vivir la nuestra.

En Mujeres sin Manual creemos que ninguna recibe unas instrucciones exactas para encontrarse a sí misma o construir su propio camino. ¿Qué ha significado para ti vivir sin manual?

Hay momentos en los que te gustaría tener uno. Parece que sería mucho más fácil seguir unas instrucciones precisas, no tener que pensar demasiado, no reflexionar y, sobre todo, no mirar hacia dentro, pero cuando maduras y creces de verdad te das cuenta de que eso es imposible. Cada mujer tiene su camino y tiene que escribir su propio manual. El de otra persona no te sirve porque su vida, sus circunstancias y sus decisiones tampoco son las tuyas. Y, en realidad, creo que ninguna mujer que sea consciente de ello quiere vivir siguiendo el manual de otra.

La mirada de Mujeres sin Manual

La historia de Belén Orive no ofrece una fórmula sobre cómo conciliar la maternidad con un proyecto propio, cómo emprender sin miedo o cómo encontrarse después de una etapa en la que una misma ha quedado relegada. Tampoco ella pretende tenerla.

Quizá lo más interesante de su recorrido esté precisamente en esa ausencia de respuestas definitivas. En reconocer que ha dudado incluso cuando desde fuera podía parecer segura, que ha tenido miedo mientras avanzaba y que algunas de las decisiones que más han transformado su vida comenzaron simplemente prestando atención a aquello que necesitaba.

África, sus hijas, el baile y MDJEM han marcado distintas etapas de su vida y, de una forma u otra, también la han obligado a volver a mirarse. A cambiar cuando lo necesitaba, a desprenderse de versiones de sí misma que ya no le servían y a seguir avanzando sin tener siempre claro cuál sería el siguiente paso. En medio de todos esos cambios, hay algo que Belén reconoce intacto: la esencia de aquella niña que un día jamás habría imaginado la vida que le esperaba.

Quizá por eso no quiere ofrecer a sus hijas un camino que seguir, sino la certeza de que pueden construir el suyo. Su experiencia puede ser una referencia, igual que espera que MDJEM pueda serlo para otras mujeres, pero nunca unas instrucciones sobre cómo vivir porque, como ella misma dice, “cada una tiene su camino y su propio manual que escribir”.

Redacción Mujeres sin Manual
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Equipo editorial de Mujeres sin Manual. Publicamos entrevistas, reportajes y contenidos sobre talento femenino, liderazgo y trayectorias profesionales de mujeres de distintos ámbitos.

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