Hay partes del deporte que todos vemos: el resultado, la competición, la victoria o la derrota, el cuerpo llevado al límite, la celebración cuando todo sale bien y el silencio cuando no.
Y existen otras mucho menos visibles.
Las que tienen que ver con lo que sucede dentro de la persona que compite, con el miedo a fallar, la presión de sentir que tienes que demostrar constantemente que mereces estar ahí, una lesión que físicamente ha terminado pero mentalmente todavía pesa, un cuerpo que es herramienta de trabajo y que, al mismo tiempo, está permanentemente expuesto a la mirada de los demás, la incertidumbre, las inseguridades y todo aquello que ocurre cuando el resultado deja de ser solo un resultado y empieza a tocar quién eres.
Ana Merayo, psicóloga del deporte, lleva más de veinte años mirando precisamente hacia esa parte del alto rendimiento. Ha desarrollado buena parte de su trayectoria acompañando a deportistas, entrenadores, familias y equipos y trabajando en entornos deportivos de máximo nivel.
Ahora atraviesa una nueva etapa profesional en la que busca trasladar parte de todo ese aprendizaje más allá del deporte. Lo hace también a través de RIZE, un proyecto propio de entrenamiento mental que parte de una idea aparentemente sencilla, pero que atraviesa toda esta conversación: la mente también se entrena.
El éxito cuando ya no se mide solo en resultados
Ana, llevas más de veinte años acompañando a deportistas, entrenadores, familias y equipos, pero antes de entrar en todo ese recorrido quiero empezar por ti. ¿Quién es Ana Merayo cuando sale del vestuario, termina una competición y deja de ser la psicóloga que acompaña a los demás?
Soy una mujer intentando adaptarme a las distintas circunstancias y momentos que me va poniendo la vida delante. Y creo que eso también forma parte de quién soy: entender que no siempre estamos en el mismo sitio ni necesitamos lo mismo.
Soy una persona bastante tranquila, muy curiosa y con intereses muy variados. Me encanta estar con mi gente, disfrutar de la playa, leer un buen libro, bailar cuando nadie me ve y, cada vez más, buscar espacios de calma.
Con los años he aprendido a valorar mucho eso. No necesito que estén pasando cosas constantemente. Para mí, uno de los mayores privilegios es poder estar en calma, disfrutar de las personas que quiero y sentir que no tengo que demostrar nada.
¿Cómo llegaste a la psicología del deporte? ¿Hubo algún momento en el que sentiste claramente que ese era el lugar en el que querías estar?
Yo practicaba natación y, curiosamente, desde muy pequeña sabía lo que quería hacer, aunque todavía no sabía que eso se llamaba psicología del deporte.
Recuerdo pensar que quería estar dentro del mundo del deporte, cerca de los entrenadores y de los deportistas. Quería poder orientar a los entrenadores, pero sobre todo quería poder hablar con los chicos y las chicas, ayudarles a colocar las cosas que les estaban pasando y que tuvieran un espacio tranquilo y seguro donde expresarse.
Más adelante, por medio del padre de una de mis amigas, descubrí la figura del orientador de instituto y pensé: “Yo quiero hacer lo que hace el orientador —hablar con los alumnos, orientar al resto de profesores, atender a las familias…—, pero en el deporte”.
Después fui entendiendo que aquello que yo imaginaba tenía un lugar concreto dentro de la psicología y dentro del deporte. No llegué a la psicología del deporte de manera casual: primero apareció la necesidad que yo quería cubrir y después descubrí que existía una profesión que me permitía hacerlo.
Has pasado buena parte de tu trayectoria dentro de entornos deportivos de máximo nivel y has podido ver muy de cerca todo lo que rodea al alto rendimiento. ¿Qué has aprendido sobre el éxito después de verlo tan de cerca?
Es una pregunta muy importante porque hablamos muchísimo de éxito y muy pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente para cada persona.
Después de tantos años cerca del alto rendimiento, tengo bastante claro que para mí el éxito no puede medirse únicamente en resultados, títulos o reconocimiento. Hay una idea que me acompaña desde hace mucho tiempo y es intentar ser mi mejor versión posible. Y no solamente en el ámbito profesional, sino en todas las áreas de mi vida.
Para mí el éxito no es llegar más arriba que los demás. Es poder seguir reconociéndote cuando llegas. El éxito tiene mucho que ver con ser auténtica, con ser coherente entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago, y con intentar mantenerme dentro de mi propia línea, aunque a veces alrededor haya mucho ruido.
Al final, una de mis medidas más sencillas del éxito es poder irme a dormir tranquila. Sentir que he actuado de acuerdo con mis valores y la ética profesional, que tengo la conciencia tranquila y que, aunque seguramente me haya equivocado en muchas cosas, no me he traicionado a mí misma.
“Para mí el éxito no es llegar más arriba que los demás… es poder seguir reconociéndote cuando llegas”
Miedo, presión y la parte invisible del alto rendimiento
Cuando vemos a un deportista de élite pensamos en disciplina, fortaleza, sacrificio, resultados… pero pocas veces pensamos, por ejemplo, en el miedo o en las inseguridades. Después de tantos años acompañándolos, ¿a qué tiene miedo un deportista cuando llega a la élite?
A muchas más cosas de las que imaginamos. La élite no elimina el miedo; muchas veces lo hace más sofisticado. Puede aparecer el miedo a fallar, a decepcionar, a no estar a la altura de lo que los demás esperan, a perder el puesto, a lesionarse, a dejar de ser necesario o a no saber quién eres cuando el rendimiento baja.
Cuanto más alto llegas, más cosas parece que puedes perder. Y ahí hay una paradoja: desde fuera vemos privilegio, reconocimiento y éxito; desde dentro puede haber una sensación constante de examen.
Por eso es importante no confundir fortaleza con ausencia de vulnerabilidad. Un deportista fuerte no es quien no siente miedo, sino quien puede reconocerlo, entender qué le está diciendo y seguir actuando sin quedar gobernado por él.
La presión forma parte del deporte de alto nivel, pero ¿en qué momento deja de ayudarnos a rendir y empieza a hacernos daño?
La presión no es necesariamente negativa y, bien entendida, puede ayudarnos a activarnos, focalizarnos y sacar recursos, pero se vuelve peligrosa cuando sentimos que nuestro valor como persona depende del resultado, cuando deja de estar asociada a una tarea y empieza a estarlo a nuestro valor personal.
Cuando el deportista siente que no se juega solo un resultado sino quién es, cuánto vale o cuánto merece estar allí, la presión cambia de naturaleza. Y también cuando se mantiene durante demasiado tiempo sin espacios reales de recuperación.
No se trata de eliminar la presión del alto rendimiento porque sería poco realista, se trata de aprender a convivir con ella sin convertirla en una amenaza constante.
“La presión se vuelve peligrosa cuando sentimos que nuestro valor como persona depende del resultado”
Hablas también de la importancia del diálogo interno y esto podemos llevarlo mucho más allá del deporte: ¿somos normalmente mucho más duros con nosotros mismos de lo que seríamos con otra persona? ¿Se puede entrenar realmente la manera en la que nos hablamos cuando fallamos?
Sí, muchas veces nos hablamos de una forma que jamás utilizaríamos con alguien a quien queremos. Y en el deporte esto se intensifica porque el error es visible, tiene consecuencias inmediatas y suele aparecer en contextos de mucha exigencia.
El diálogo interno se puede entrenar, pero no consiste en repetirse frases positivas que no creemos. Se trata de aprender a hablarnos de una forma útil y que nos ayude a reconocer lo que ha pasado, separar el error de la identidad y dirigir la atención hacia lo que sí podemos hacer a continuación.
La pregunta no es “¿cómo hago para no pensar algo negativo?”, sino “¿qué necesito decirme ahora para responder mejor?”. Ese cambio es pequeño, pero muy poderoso.

Cuando volver físicamente no significa haber vuelto del todo
Una lesión no afecta únicamente al cuerpo. Puede ocurrir que físicamente un deportista esté preparado para volver, pero mentalmente siga teniendo miedo. ¿Cómo se recupera la confianza cuando el temor es volver a lesionarte, volver a fallar o descubrir que quizá ya no eres quien eras antes?
La recuperación física y la recuperación psicológica no siempre avanzan a la misma velocidad. Puedes tener el alta médica y seguir sin sentirte preparado para exponerte de nuevo a determinadas acciones, contactos o sensaciones.
La confianza no suele volver de golpe. Se reconstruye con experiencias progresivas de seguridad, con información clara, con objetivos pequeños y con la posibilidad de expresar los miedos sin sentir que eso significa ser débil.
También hay una parte identitaria. Durante una lesión, el deportista puede sentirse desconectado de aquello que le definía. Por eso no basta con trabajar “el miedo a recaer”; hay que acompañar también la sensación de pérdida, el cambio de rol y la incertidumbre.
Volver no significa fingir que nada ha pasado. Significa integrar lo vivido y recuperar la sensación de capacidad paso a paso.
También has acompañado procesos de cambio de equipo, ciudad o incluso país. Desde fuera puede parecer una oportunidad maravillosa, pero al mismo tiempo tienes que adaptarte mientras se espera de ti el máximo rendimiento. ¿Qué ocurre emocionalmente cuando tienes que demostrar quién eres precisamente mientras todavía estás intentando encontrar tu sitio?
Es una de las contradicciones más exigentes del alto rendimiento, te piden que rindas como si ya pertenecieras mientras todavía estás intentando entender dónde estás. Adaptarte no significa que no estés preparado, significa que eres humano y estás entrando en un contexto nuevo. Y esto necesita tiempo.
Cambiar de equipo, ciudad o país implica mucho más que aprender un sistema de juego. Cambian los códigos sociales, el idioma, las rutinas, las relaciones, la forma de entrenar, la jerarquía y hasta las pequeñas cosas que te daban sensación de normalidad.
Y, además, muchas veces el deportista siente que no puede mostrar inseguridad porque acaba de llegar y tiene que demostrar que merece estar allí. Ahí es donde el acompañamiento importa mucho: normalizar la adaptación y permitir que una oportunidad buena también pueda resultar emocionalmente difícil.
Un deporte que también esté preparado para las mujeres
Has defendido que no podemos seguir preparando únicamente a las mujeres para soportar mejor determinadas situaciones, sino que también tenemos que conseguir que el propio deporte esté preparado para acompañarlas. ¿En qué aspectos crees que el deporte todavía no tiene suficientemente en cuenta las necesidades de las mujeres?
Durante mucho tiempo hemos entendido la igualdad como incorporar a las mujeres a estructuras que ya existían, pero muchas de esas estructuras se diseñaron históricamente desde una mirada masculina y pensando en trayectorias, cuerpos y ciclos vitales masculinos.
No se trata de decir que ese modelo sea “malo”. Se trata de reconocer que quizá no es universal.
Si queremos ayudar a que evolucione, no consiste en que las mujeres aprendan a funcionar dentro de un modelo construido sin tenerlas en cuenta. Necesitamos generar conocimiento específico, revisar cómo entrenamos, cómo recuperamos, cómo comunicamos, cómo gestionamos el cuerpo, las lesiones, la menstruación, la maternidad, la conciliación o determinadas etapas de la carrera deportiva. Y, sobre todo, necesitamos escuchar más a las propias deportistas.
Para mí, la siguiente evolución no consiste en enseñar a las mujeres a adaptarse mejor a un sistema ya construido. Consiste también en preguntarnos qué partes del sistema necesitan evolucionar teniendo en cuenta las características propias de la mujer.
Desde tu experiencia, ¿ser mujer implica enfrentarse a determinadas presiones emocionales diferentes dentro del deporte?
Hay presiones que son compartidas por cualquier deportista, pero también existen experiencias que atraviesan de una manera particular a muchas mujeres.
El cuerpo es una de ellas. A una deportista se le puede exigir simultáneamente que su cuerpo rinda, que tenga una determinada composición corporal y que además responda a determinados cánones estéticos. Esa combinación puede ser muy difícil de gestionar.
También aparecen la necesidad de demostrar legitimidad, la exposición pública, las comparaciones, la conciliación o preguntas sobre maternidad que rara vez aparecen con la misma intensidad en la trayectoria masculina.
No creo que debamos construir un discurso en el que ser mujer sea necesariamente una desventaja, pero tampoco podemos hablar de igualdad ignorando que determinadas experiencias son diferentes.
Después de tantos años trabajando con deportistas, ¿cuáles son las dificultades psicológicas que encuentras con más frecuencia entre las mujeres?
No me gusta pensar que exista una especie de “psicología femenina” única porque cada deportista es distinta y el contexto importa muchísimo.
Sí encuentro con frecuencia cuestiones relacionadas con la autoexigencia, la percepción del cuerpo, el miedo a no estar a la altura, la necesidad de validación o la dificultad para separar el rendimiento de la identidad, pero sería un error explicarlo únicamente como características individuales.
Tenemos que mirar también qué mensajes reciben, cómo se les evalúa, qué modelos y creencias tienen delante y qué tipo de presión existe alrededor de ellas. A veces intentamos intervenir sobre la autoestima de una deportista sin preguntarnos qué está ocurriendo en el entorno que la está deteriorando.
La intervención psicológica no puede consistir siempre en hacer a la persona más resistente. A veces también hay que cambiar o mejorar aquello a lo que le estamos pidiendo que resista.
“La intervención psicológica no puede consistir siempre en hacer a la persona más resistente”
El cuerpo: herramienta de trabajo, identidad y escaparate
En el deporte, el cuerpo es además una herramienta de trabajo: se observa, se mide, se pesa, se compara y se evalúa constantemente. ¿Cómo puede afectar esa relación tan exigente con el propio cuerpo a la autoestima y a la identidad de una deportista?
El deporte tiene una relación muy particular con el cuerpo porque el cuerpo es herramienta, identidad, fuente de rendimiento y, en muchas ocasiones, objeto de evaluación permanente. Un cuerpo deportivo no es un escaparate. Es el lugar desde el que una persona vive, compite y se relaciona consigo misma.
El problema aparece cuando dejamos de preguntar “¿qué puede hacer mi cuerpo?” y empezamos a vivir únicamente desde “¿cómo se ve mi cuerpo?” o “¿qué dicen los demás de él?”.
Hay que poder hablar de composición corporal, nutrición o rendimiento cuando sea necesario, pero importa muchísimo cómo se hace, quién lo hace, para qué y qué mensaje se transmite.
El cuerpo no puede convertirse en un enemigo al que vigilar constantemente. Tenemos que ayudar a las deportistas a construir una relación en la que puedan cuidarlo, escucharlo y exigirle, pero también respetarlo.
La relación entre rendimiento, cuerpo y mirada pública también aparece en la experiencia de Paula Leitón en el deporte de élite.
Estos días, una campaña vinculada al deporte ha reabierto el debate sobre la sexualización de las mujeres frente al reconocimiento de sus logros. Desde tu mirada como psicóloga deportiva, ¿qué dice este debate sobre cómo seguimos representando a las mujeres en el deporte?
Creo que el debate interesante va mucho más allá de una campaña concreta. Tiene que ver con la mirada que seguimos utilizando para representar a las mujeres y con aquello que entendemos que genera valor, atención o consumo.
Una mujer tiene todo el derecho a mostrarse como quiera. El problema aparece cuando, culturalmente, la visibilidad de las mujeres sigue dependiendo de forma desproporcionada de su atractivo físico, incluso en contextos en los que lo verdaderamente relevante debería ser su capacidad, su trabajo o sus logros.
Por eso, para mí, la libertad no consiste en dejar de mostrar el cuerpo. Consiste en que el cuerpo no sea la condición para que una mujer resulte visible. No se trata de censurar el cuerpo femenino. Al contrario. Se trata de ampliar las formas en las que una mujer puede ser reconocida, admirada y representada.
Y creo que también tenemos que revisar desde qué mirada construimos el producto deportivo. Las mujeres también consumen deporte. Por tanto, si queremos que el deporte represente y conecte con toda la sociedad, necesitamos incorporar perspectivas más diversas y dejar de recurrir siempre a los mismos códigos, entre ellos la sexualización o la idea de que para generar interés hay que mostrar “la parte sexy”.
Porque el deporte puede ofrecer muchísimo más. El deporte habla de emociones, de experiencias, de esfuerzo, de identidad, de rivalidad, de escenarios de competición, de historias personales, de superación y de esa capacidad de hacernos vibrar con algo que está ocurriendo delante de nosotros.
Reducir todo eso a un cuerpo es empobrecer el propio deporte.
Y aquí hay también una cuestión de referentes. Si una deportista necesita destacar primero por cómo se ve para que después prestemos atención a lo que hace, seguimos teniendo un problema.
Necesitamos que las nuevas generaciones puedan admirar a una mujer por lo que hace, por cómo compite, por lo que representa, por cómo lidera o por la historia que hay detrás de su trayectoria, sin que su aspecto físico sea siempre la puerta de entrada para ser escuchada.
“La libertad no consiste en dejar de mostrar el cuerpo, consiste en que el cuerpo no sea la condición para que una mujer resulte visible”
Las niñas que están aprendiendo a mirarse
¿Qué mensaje reciben las niñas y adolescentes que empiezan a practicar deporte? Conviven con referentes femeninos extraordinarios, pero también con una sociedad que sigue poniendo muchísimo peso sobre el aspecto físico de las mujeres.
Reciben mensajes contradictorios. Por un lado, tienen más referentes femeninos que nunca y pueden ver a mujeres extraordinarias ocupando espacios que antes parecían inaccesibles. Eso es importantísimo, pero al mismo tiempo viven en una cultura de exposición constante, exigencia, comparación y valoración externa. Y esa presión aparece cada vez antes.
Por eso tenemos una responsabilidad enorme como adultos. Entrenadores, familias, medios y profesionales debemos preguntarnos qué reforzamos cuando hablamos con una niña que hace deporte. Si hablamos continuamente de su cuerpo, de su peso o de cómo se ve, ese mensaje acaba teniendo un peso enorme en la construcción de su identidad.
Una niña debería aprender primero lo que su cuerpo le permite hacer, descubrir, jugar, expresar…, no cuánto valor tiene según cómo se ve o sentir que está en un examen permanente que tiene que aprobar.

Maternidad, retirada y el derecho a seguir decidiendo
Hay otro momento especialmente importante en la carrera de algunas deportistas: la maternidad. ¿Seguimos haciendo que muchas mujeres sientan que maternidad y alto rendimiento son dos caminos difíciles de hacer convivir?
Creo que estamos entrando en una etapa nueva y muy interesante. Las carreras deportivas femeninas se están alargando y eso significa que la maternidad ya no puede tratarse como una cuestión excepcional o ajena a la planificación de una carrera. La maternidad no debería plantearse como el final de una carrera deportiva, sino como una posible transición dentro de ella.
Durante demasiado tiempo la solución implícita ha sido posponer la maternidad o precipitar la retirada, pero la pregunta debería ser otra: ¿qué escenarios tenemos que crear para que una deportista pueda decidir? Decidir ser madre, decidir no serlo, decidir cuándo y poder valorar cómo quiere regresar. Sin que una de esas decisiones suponga automáticamente renunciar a la otra parte de su identidad.
Necesitamos más investigación, mejores protocolos, acompañamiento médico, psicológico y deportivo, y organizaciones capaces de entender que la maternidad es una transición vital y profesional.
No sabemos todavía todo lo que necesitamos saber, y precisamente por eso vale la pena estudiarlo, escucharlo y construir mejores respuestas.
Y después llega una transición de la que quizá hablamos mucho menos: la retirada. ¿Cómo se reconstruye la pregunta “quién soy” cuando ya no puedes responder con “soy deportista”?
La retirada puede ser una de las transiciones más profundas de la carrera deportiva porque no desaparece únicamente una actividad. Desaparecen rutinas, objetivos, reconocimiento, equipo, estructura y, en muchos casos, una forma completa de organizar la vida y de entender quién eres.
Durante años has respondido a la pregunta “¿quién eres?” diciendo “soy nadadora”, “soy futbolista”, “soy deportista”. Y, de repente, esa respuesta ya no es suficiente. Por eso, para mí, la preparación para la retirada no empieza cuando el deportista anuncia que lo deja. Empieza el primer día que se dedica al deporte.
La retirada no debería ser el momento en el que empezamos a preguntarnos qué viene después, esa pregunta debería acompañar al deportista desde el principio.
Ahí entra una cuestión fundamental: la carrera dual. Necesitamos que estudiar, formarse, trabajar o desarrollar otros intereses sea realmente compatible con el alto rendimiento. Y cuando digo compatible, me refiero a que existan vías reales: estructuras educativas flexibles, oportunidades laborales adaptadas, acompañamiento, orientación y marcos que protejan al deportista y le permitan construir una vida más allá del rendimiento.
Porque no podemos pedirle que prepare su futuro si después el propio sistema le obliga a elegir constantemente entre entrenar o estudiar, competir o trabajar, rendir o desarrollar otras partes de su identidad.
También existe una responsabilidad por parte del propio deportista. Construir otras áreas de vida requiere compromiso, curiosidad y esfuerzo. No todo puede venir dado desde fuera, pero para poder asumir esa responsabilidad primero necesitamos generar conciencia y, sobre todo, ofrecer posibilidades reales para hacerlo.
No basta con decirle al deportista que tiene que prepararse para el futuro. Hay que crear las condiciones para que pueda hacerlo mientras todavía está compitiendo.
Además, cuando la retirada puede planificarse —porque no aparece de manera abrupta por una lesión, una exclusión o cualquier otra circunstancia inesperada—, los últimos años de carrera deberían permitir preparar progresivamente esa transición: explorar intereses, formarse, crear redes, adquirir experiencia profesional y empezar a imaginar otros proyectos.
Eso permite vivir la retirada como una transición más de la carrera deportiva y no como un abismo. El reto no es dejar de ser deportista. Es descubrir quién eres además de deportista. Y cuanto antes hayas tenido espacio para construir esas otras partes de ti, menos dependerá toda tu identidad de que un día siga habiendo una próxima competición.
“El reto no es dejar de ser deportista… es descubrir quién eres además de deportista”
«Sigo viviendo sin manual de instrucciones»
Ana, has dedicado buena parte de tu vida profesional a acompañar a otras personas precisamente en momentos de presión, miedo, incertidumbre o cambio… pero si miras tu propia historia, ¿cuál ha sido ese momento de tu vida en el que sentiste que nadie te había dado un manual para lo que estabas viviendo?
Creo que la respuesta más sincera es que sigo viviendo sin manual de instrucciones.
Me ha pasado desde muy pronto. Cuando llegó mi primer trabajo con 23 años, cuando tuve que decidir dejar una etapa profesional, cuando me trasladé a otra ciudad, cuando cambié de proyecto o cuando la vida te recuerda lo realmente importante: la salud de los tuyos y la tuya propia. Cada transición ha traído preguntas para las que nadie podía darme una respuesta exacta.
Con el tiempo he entendido algo que me ha dado mucha libertad: tengo derecho a equivocarme. Intento no tomar las decisiones pensando que tienen que ser perfectas o considerar las expectativas más altas de lo que la realidad puede ser. Sé que algunas saldrán bien y otras no, y que probablemente algunas me obligarán a volver a decidir, pero equivocarme también me proporciona información, me hace aprender y puede abrirme caminos que antes ni siquiera veía.
Los momentos difíciles también tienen algo paradójico. Cuando estás dentro de ellos pueden parecer enormes, incluso puedes sentir que todo se derrumba, pero cuando los miras con perspectiva entiendes que pasaron y eso es algo que intento transmitir mucho a los deportistas: todo pasa… lo bueno y lo malo.
Cuando estamos vulnerables perdemos perspectiva y pensamos que aquello que estamos viviendo va a durar para siempre, pero nuestra vida es mucho más larga que ese momento.
También he descubierto capacidades propias precisamente cuando las circunstancias me han obligado a utilizarlas. A veces necesitamos tocar fondo para coger impulso y volver a impulsarnos hacia arriba.
Así que sigo sin tener un manual. La diferencia es que ahora llevo una mochila bastante más llena de herramientas. Y, sobre todo, tengo algo todavía más importante: una red de seguridad. Mi familia y mis amigos son una parte fundamental de mi vida. Saber que están ahí me da muchísima seguridad y esa seguridad es precisamente la que me permite arriesgarme, cambiar y seguir dando pasos nuevos.
“Sigo sin tener un manual. La diferencia es que ahora llevo una mochila bastante más llena de herramientas”
Construir nuevas formas de acompañar
Si miras hacia los próximos años, ¿qué te gustaría seguir construyendo dentro de la psicología del deporte y qué te gustaría que cambiara en la forma de cuidar la salud mental de los deportistas?
Creo que profesionalmente he atravesado distintas etapas. Durante muchos años mi carrera estuvo muy vinculada a pertenecer a clubes e instituciones. Eso me dio aprendizaje, estabilidad y la posibilidad de conocer el deporte desde dentro. Pero ahora estoy en otro momento.
Cada vez me interesa menos estar en un proyecto simplemente porque supone tener un puesto o un sueldo fijo y cada vez me importa más para qué estoy allí, qué podemos construir y hasta dónde existe una voluntad real de hacer las cosas mejor.
Busco proyectos en los que haya curiosidad, ganas de aprender y personas que quieran cuestionarse cómo están haciendo las cosas. Lugares donde el conocimiento circule, donde se comparta y donde los profesionales puedan aportar de verdad.
Para mí, la libertad profesional también empieza a estar ahí: poder elegir dónde quiero estar y con quién quiero construir.
Siempre me ha gustado especialmente crear cosas nuevas, implementar proyectos y convertir ideas en estructuras que después puedan ayudar a más personas. Y ahora una parte importante de esa energía está puesta en RIZE, un proyecto propio de entrenamiento mental en el que estamos dejando muchísimo trabajo y muchísima ilusión. RIZE nace de todo lo que hemos aprendido durante años en el deporte de alto rendimiento, pero nuestra ambición va mucho más allá del deporte.
Porque el deporte nos ha enseñado muchísimo sobre cómo funcionar cuando hay presión, cómo mantener el foco, cómo recuperarnos después de un error, cómo convivir con la incertidumbre, cómo gestionar nuestras emociones o cómo seguir avanzando cuando las cosas no salen como esperábamos.
Y todo eso no pertenece únicamente al deportista. No todos competimos en un estadio, pero todos tenemos escenarios en los que necesitamos rendir. Puede ser liderando un equipo, tomando una decisión importante, afrontando un examen, desarrollando un proyecto, educando a nuestros hijos o intentando responder a las distintas exigencias de nuestra vida.
Por eso me interesa trasladar los aprendizajes del deporte a la población general. No desde la idea de que tengamos que estar rindiendo continuamente ni convertirnos en máquinas de productividad, sino entendiendo el alto rendimiento de una forma mucho más humana: aprender a utilizar mejor nuestros recursos para responder a lo que cada momento nos exige.
La mente también se entrena. Podemos entrenar nuestra atención, nuestro diálogo interno, nuestra capacidad para regular la activación, recuperarnos del error, construir hábitos o gestionar mejor nuestras emociones. Y ahí la tecnología puede ofrecernos posibilidades enormes, pero para mí hay una condición fundamental: la tecnología no puede sustituir el criterio profesional; tiene que amplificarlo.
RIZE nace desde esa idea: utilizar la tecnología para acercar herramientas de entrenamiento mental desarrolladas y supervisadas por profesionales de la psicología del deporte y de la psicología clínica, y convertirlas en recursos que las personas puedan integrar en su día a día.
Mi objetivo es seguir construyendo nuevas formas de acompañar. En el deporte y más allá del deporte porque, al final, quizá el deporte sea nuestro gran laboratorio de aprendizaje, pero la vida es el lugar donde queremos transferir todo lo aprendido. Y en ese proceso hay algo que para mí seguirá siendo irrenunciable: el conocimiento, el criterio, la ética y la parte humana.
La mirada de Mujeres sin Manual
Hay una frase de Ana Merayo que podría quedarse flotando después de terminar esta entrevista: “Sigo viviendo sin manual de instrucciones”.
Quizá ahí esté también uno de los puntos de encuentro entre el alto rendimiento del que ella habla y la vida que ocurre fuera de cualquier estadio.
Hay momentos para los que nadie puede prepararnos del todo, situaciones que nos obligan a cambiar, equivocarnos, empezar de nuevo, dejar atrás una identidad que durante años sentimos como propia, aprender a convivir con el miedo o descubrir quiénes somos cuando aquello que durante tanto tiempo ocupó casi todo el espacio deja de estar.
En Mujeres sin Manual nos interesan precisamente esas historias. No porque tengan respuestas perfectas, sino porque se atreven a poner palabras a las preguntas que nos hacemos cada día.
Ana Merayo tampoco habla de tener todas las respuestas, ella nos habla de herramientas, de aprendizaje, de red, de poder equivocarse y volver a decidir.
Y quizá ese sea uno de los aprendizajes que nos llevamos de esta conversación con Ana Merayo: que vivir sin manual no significa vivir sin recursos, que no siempre tendremos la respuesta correcta ni podremos anticiparnos a lo que viene, pero sí podemos aprender a conocernos, rodearnos de una buena red, incorporar herramientas y entender que equivocarnos también forma parte del camino.
Crecer quizá no consista en llegar a un punto en el que por fin sepamos exactamente qué hacer, sino en sentir que, aunque sigamos sin tener todas las respuestas, nuestra mochila está cada vez más llena para afrontar lo que venga.

