Alejandra Tabares es economista, artista y una mujer acostumbrada a empezar de nuevo. Nació en Colombia, construyó buena parte de su vida adulta en Panamá y desde hace cuatro años vive junto a su familia en El Puerto de Santa María, donde hoy imparte experiencias creativas como como talleres de pintura y Paint & Wine. Durante 17 años desarrolló su carrera en el sector financiero, donde llegó a ocupar puestos de responsabilidad en un entorno tradicionalmente masculino.
La pintura llevaba mucho tiempo acompañándola, aunque entonces pertenecía a otra parcela de su vida. Era una afición recuperada en los momentos de mayor presión, una forma de desconectar después de largas jornadas entre números, mercados y decisiones.
Cuando llegó a España, de hecho, su intención era continuar vinculada a la banca, pero la vida terminó llevándola por otro camino.
Casi por casualidad, una primera experiencia de pintura organizada con amigas acabó convirtiéndose en el germen de un proyecto que hoy gira alrededor del arte, la creatividad y los encuentros que se generan frente a un lienzo.
El cambio profesional, sin embargo, fue solo una parte del proceso. Alejandra Tabares tuvo que enfrentarse también a una pregunta bastante más difícil: quién era cuando el cargo y la profesión que durante tantos años habían formado parte de su identidad dejaron de estar ahí.
Ale Tabares: La pequeña saltamontes
Si dejamos a un lado los pinceles, los talleres y el arte, ¿quién es Ale Tabares cuando simplemente vuelve a ser ella?
Ale es una mujer que busca constantemente reinventarse. Soy poco conformista; siempre trato de avanzar y, desde muy pequeña, mis padres me decían que tenía ese espíritu de mirar un poco más allá.
Soy mujer, soy madre y eso marca mucho el camino, también soy economista y artista. Cuando la gente conoce mi historia le sorprende el salto tan grande que he dado.
Y ese movimiento parece haber estado siempre presente en tu vida. Has vivido entre países y has tenido que empezar de nuevo varias veces. ¿Qué relación tienes con los cambios?
Siempre los he vivido bastante bien. A los ocho años viajé desde Colombia a Madrid con mis padres. Era una niña y aquella fue mi primera experiencia de un cambio fuerte, tanto cultural como personal.
Creo que aquello despertó en mí las ganas de seguir saltando. De hecho, el apodo que me tiene mi papá es “mi pequeña saltamontes”.
Cuando regresé a Colombia sabía que quería volver a salir del país. Estudié Economía, hice un intercambio en Barcelona y después me fui seis meses a Panamá para realizar unas prácticas en un banco colombiano. Terminé quedándome 17 años.
Por eso siempre he entendido los cambios más como oportunidades por descubrir que como obstáculos.
Cuando la pintura se convirtió en refugio
Durante aquellos años construyes una carrera muy sólida en la banca. ¿En qué momento la pintura empieza a ocupar un lugar diferente en tu vida?
Yo pintaba desde los doce años, pero durante mucho tiempo fue simplemente una afición. Cuando llegué a Panamá estaba sola. Profesionalmente fui creciendo muchísimo, pero también empecé a ser consciente de todo lo que estaba sacrificando al otro lado del charco. Mi familia estaba en Colombia y yo estaba construyendo una vida desde cero.
Llegué a ser tesorera y después vicepresidenta de tesorería. Me iba muy bien, pero llegó un momento en el que necesitaba un desahogo y recuperé la pintura, que llevaba mucho tiempo guardada en un cajón. Me apunté a la Universidad del Arte en Panamá y empecé a dedicar mis tardes libres a pintar.
Se convirtió en una manera de no sentirme sola, en un refugio.
Siempre lo cuento de una manera un poco bruta: salía del banco y tenía dos opciones, o mataba a mi jefe o pintaba un cuadro. Y pensaba: “Voy a pintar un cuadro porque de aquí tengo que huir”.
La pintura me regaló esa alternativa.
Empecé también a enseñar lo que hacía en un blog y en Facebook. Decoraba las paredes de casa con mis cuadros y algunas personas comenzaron a comprármelos. Pintaba, vendía y volvía a llenar las paredes. Así fui desarrollando un estilo mucho más terapéutico que técnico, con mucha experimentación, ensayo y error.
“La pintura se convirtió en un canal de desahogo, en una manera de no sentirme sola, en un refugio”
Después de 17 años en la banca llegas a España. Desde fuera podría parecer que habías decidido dejarlo todo para dedicarte al arte, pero en realidad no fue así.
Para nada. Fue totalmente accidental. Mi plan al llegar a España no era dedicarme a la pintura.
Hice una especialización en asesoramiento financiero porque quería reforzar aquí toda la experiencia que traía. Tenía claro que quizá tendría que desplazarme a Sevilla o Madrid, pero también nos habíamos venido por una razón familiar.
Mis hijos eran pequeños. Necesitábamos raíces, estar cerca de los abuelos y darles una vida familiar que en Panamá no podíamos ofrecerles de la misma manera.
Entré en un proceso de selección para trabajar en tesorería en un banco en Sevilla y llegué prácticamente hasta el final. Para mí aquello significaba demostrarme que podía recuperar un puesto similar al que había tenido, pero en una de las entrevistas me preguntaron por qué había venido a España. Les expliqué que por mis hijos, por la familia y por buscar otra forma de vida.
Y entonces me hicieron ver la contradicción: si te has venido precisamente para eso, ¿por qué estás buscando volver a una vida que probablemente te alejará otra vez de aquello que has venido a buscar?
Aquella pregunta me hizo frenar. Pensé: “Tienen razón. ¿Qué hago buscando trabajo en la banca? Quizá ahora no es mi momento”.
Tuve la suerte de poder permitirme parar y dejé en pausa, al menos por un tiempo, esa necesidad de retomar inmediatamente mi carrera.
Y fue justo en esa pausa cuando apareció algo que no había planeado.

Unas amigas de El Puerto me pidieron que les enseñara a pintar. Yo les decía que no me sentía preparada para dar clases, porque para mí pintar seguía siendo algo que hacía porque me gustaba. Pero insistieron y terminé organizando en casa mi primer Paint & Wine: unos vinos, algo de picar y una clase de pintura.
Gustó muchísimo. Y pensé: “Pues voy a seguir”. Lo que había empezado casi por casualidad fue creciendo y, desde entonces, la rueda no ha parado.
Ale Tabares: “El mayor obstáculo he sido yo misma”
Cambiar de profesión después de tantos años supone dejar atrás mucho más que un trabajo. En tu caso, ¿qué ocurrió cuando desapareció aquella identidad profesional que habías construido durante casi dos décadas?
Creo que el mayor obstáculo he sido yo misma. Era despertarme y que mi propia cabeza me dijera: “¿Qué estás haciendo? ¿Y la banca? ¿Y los números? ¿Y el mercado bursátil? ¿Y las inversiones?”.
Durante muchos años aquello había sido lo mío, lo que me movía.
Ahora miro lo que hago y estoy encantada. Al año de empezar encontré este estudio y lo monté porque no daba abasto. Poco a poco fui creyendo en el proyecto, también gracias al apoyo de las personas que tenía alrededor, pero mentalmente había un conflicto.
Yo estaba acostumbrada a dar órdenes, tomar decisiones y sentarme frente a una mesa directiva en un sector muy masculino. Me recuerdo poderosa. Marcar una estrategia, verla funcionar y alcanzar un objetivo era algo que me alimentaba.
Por eso me costó tanto contárselo a mi antiguo entorno profesional. Era entrar en LinkedIn y decir: “Hola, me he mudado a España con mi familia y ahora pinto”. Pensaba: “Esta gente va a decir que me he vuelto loca”.
Durante un tiempo sentí que ya no era aquella mujer poderosa, que de alguna manera me había resignado a otra cosa. Hasta que fui encontrándome con personas que me hicieron ver que lo que estaba construyendo también tenía un valor enorme, aunque ese valor no pudiera medirse de la misma manera.
“Yo me recuerdo poderosa, tomar decisiones y conseguir objetivos era algo que me alimentaba”
Hablas también del ego, de cuánto llegamos a identificarnos con aquello que hacemos. ¿Cuándo empezaste a darte cuenta de que te estaba ocurriendo?
Después de mi segunda baja por maternidad dejé la banca. Intenté otros proyectos y llegó un momento en el que estaba bastante perdida. No sabía qué quería hacer con mi vida. La banca me había saturado, pero volver a España también me daba vértigo.
En aquella época busqué una coach porque quería trabajar mi marca personal. Recuerdo que en nuestra primera sesión me hizo una pregunta aparentemente muy sencilla: “¿Tú quién eres?”.
Yo empecé a responderle con todo aquello que hasta entonces utilizaba para definirme: “Soy Alejandra Tabares, soy banquera, llevo 17 años trabajando en banca…”, pero ella volvía a preguntarme: “No, ¿tú quién eres?”. Entonces añadí que era mujer, madre, economista… y nada parecía servir como respuesta. Hasta que me puse a llorar. Le decía: “Pero ¿qué quieres que te responda?”. Y ella decidió terminar la sesión con una frase que me dejó completamente descolocada: “Cuando sepas quién eres, me llamas”.
A los dos días fue ella quien me llamó para preguntarme cómo estaba. Y le dije: “Fatal, porque no sé quién soy. Si todo lo que te he contado no sirve para decirte quién soy, ya no sé qué responderte”. Entonces me propuso un ejercicio: preguntar a las personas que mejor me conocían quién era Alejandra Tabares.
¿Y qué ocurrió cuando les hiciste esa pregunta?
Preguntárselo a mi padre fue de las mejores o de las peores cosas que he hecho. Lloré muchísimo.
Siempre había sentido que mis padres me habían educado para volar, pero cuando le pregunté quién era, aparecieron también sus propios miedos y sus heridas.
Me habló de las veces que me había marchado y de cómo había vivido algunas de aquellas decisiones sintiendo que yo no le necesitaba. Yo había interpretado siempre su mensaje como: “Vuela, nosotros estamos aquí apoyándote”. De repente comprendí que una misma historia puede vivirse de maneras completamente diferentes.
También entendí que puedes perseguir tus objetivos y querer avanzar, pero que por el camino hay sacrificios. Tuyos y de las personas que tienes alrededor.
Hay una frase que vi una vez en un taxi en Panamá y que se me quedó grabada: “No envidies mis triunfos si no conoces mis sacrificios”. Desde fuera se ve el resultado, pero no necesariamente todo lo que hubo detrás. Yo he pasado mucho tiempo lejos de mi familia y también he tenido que renunciar a muchas cosas.
Todo aquello me ayudó a escuchar cómo me veían los demás, pero, al final, sigo sin saber exactamente quién es Alejandra Tabares y quizá no pasa nada.
Lo que sí sé es que quiero mostrar a otras personas que existen alternativas, otras maneras de explorar la creatividad. Cuando alguien te dice “gracias a esto he descubierto algo que tenía dentro” o que pintar le ha ayudado de alguna manera, vas creando una tribu, una comunidad.
Eso es lo que me da gasolina para seguir.
“Sigo sin saber exactamente quién es Alejandra Tabares, lo que sí sé es que quiero mostrar que existen otras maneras de explorar la creatividad”

Ale Tabares: lo que un lienzo enseña sobre equivocarse
Tu obra es abstracta y en ella hay mucho de experimentación: agua, color, texturas, capas... ¿Qué encuentras en esa manera de pintar?
Mi estilo es muy disfrutón, muy de expresión. Trabajo con colores vibrantes, aunque también puedo ser muy tranquila en la paleta. Me gusta mucho el agua porque para mí tiene que ver con el fluir de la vida, con dejar que se marquen caminos. Y también las texturas, la tierra, la arena, esa sensación de buscar un suelo donde anclarte.
Los azules aparecen muchísimo. Soy de Cali, una ciudad cálida, pero sin mar, y creo que precisamente por eso mi subconsciente lo busca: la arena, la espuma, el agua, los azules cristalinos... Cuando decidimos venir a El Puerto de Santa María tenía clarísimo que quería vivir cerca del mar.
Cuando empiezo un cuadro tomo algunas decisiones, pero no siempre sé cómo va a terminar. A veces parto de una idea y otras encuentro el sentido de la obra durante el propio proceso. Y eso también depende de cómo estés tú.
Aunque en Instagram pueda parecer que un cuadro aparece de un día para otro, puedes pasar meses trabajando en él, alejándote, volviendo y cambiando cosas.
En tus talleres ves a muchos adultos enfrentarse a un lienzo con miedo a hacerlo mal. ¿Qué nos ocurre cuando crecemos para que nos cueste tanto equivocarnos, incluso cuando estamos haciendo algo simplemente para disfrutar?
Muchísima gente llega con miedo y con inseguridades. Yo reconozco en ellos cosas que quizá también viví hace mucho tiempo.
En el estudio todo está preparado para mancharse. Los delantales, los manteles... Todo empieza manchado y termina manchado, porque lo importante es lo que ocurre dentro del lienzo.
Y si aparece algo que no te gusta, hay una frase que digo muchísimo a mis alumnos: “No te preocupes. No pasa nada” porque realmente no pasa nada. Puedes mirar el cuadro y pensar que lo has estropeado, pero ¿qué es lo peor que puede ocurrir? Borrón y cuenta nueva. Lo vuelves a poner blanco y empiezas otra vez. La pintura te enseña que los errores se pueden corregir y que puedes levantarte del suelo.
“¿Qué es lo peor que puede ocurrir? Borrón y cuenta nueva, lo vuelves a poner blanco y empiezas otra vez”
Y después de acompañar a tantas personas que llegan convencidas de que “no saben pintar”, ¿qué has aprendido de ellas?
Aprendo en cada taller. Hay personas que llegan muy inseguras y, poco a poco, viven un proceso que transforma esa inseguridad de una manera positiva.
Muchas veces solo necesitan tener delante a alguien que les dé tranquilidad al principio y les diga que pueden hacerlo.
Además, existe mucha confusión entre pintar y saber dibujar. Hay quien llega diciéndome: “Yo no sé pintar porque nunca he sabido dibujar”. Y yo siempre les digo que aquí no venimos a dibujar, venimos a pintar.
Hay personas que descubren algo que tenían completamente dormido y mientras ellas viven ese proceso, yo también voy conociéndome mejor a mí misma y aprendiendo a acompañarlas.
Recuperar la creatividad que dejamos atrás al crecer
Los niños crean sin preguntarse constantemente si lo están haciendo bien o mal. Los adultos, en cambio, llegamos cargados de juicios y bloqueos. ¿Crees que una parte de tu trabajo consiste en ayudarnos a recuperar esa libertad?
Sí. Los niños llevan la creatividad de una manera mucho más innata.
Cuando hacemos talleres con adultos y niños se genera algo muy bonito porque una actividad que para el niño resulta natural crea también un vínculo con el adulto que tiene al lado. Pintan juntos y aquel momento queda asociado a un recuerdo.
Con los adultos ocurre otra cosa. Muchas veces llegan diciendo que no saben, que no pueden, que son la oveja negra de la familia... Y de repente se dan permiso. Terminan mirando su cuadro y diciendo: “Pues lo he hecho. Y además lo he hecho bien”. Ese cuadro se convierte casi en un pequeño trofeo, no porque sea perfecto, sino porque lo han hecho ellos.
Tus talleres también se han convertido en espacios para reunirse, parar e incluso trabajar con equipos de empresa. ¿Qué crees que estamos buscando cuando decidimos volver a hacer algo con las manos?
Creo que necesitamos parar.
La gente viene, disfruta y después reconoce cuánto necesitaba ese parón. Para mí son pequeñas cápsulas creativas. Compartes un momento con personas que quieres y después te llevas a casa algo que te conecta inmediatamente con lo vivido.
En las empresas sucede algo parecido desde otro lugar. Una persona puede encontrarse delante de un lienzo sin haber pintado nunca y tiene que enfrentarse a algo nuevo, hacerlo delante de sus compañeros, perder el miedo a equivocarse.
Tenemos muchísimo conocimiento técnico a nuestro alcance, pero enfrentarnos a lo desconocido, salir de nuestra zona de confort o permitirnos hacer algo sin saber de antemano cómo va a salir siguen siendo habilidades profundamente humanas.
Hay un momento en el que la persona termina diciendo: “Me entrego. Que salga como tenga que salir” y eso también es creatividad.

Vivir sin una única respuesta
En Mujeres sin Manual siempre decimos que hay momentos de la vida para los que nadie nos entrega unas instrucciones. Después de todo lo que has contado, ¿cuál dirías que ha sido el tuyo?
Sin duda, saber quién soy.
Aprender a reconocerme simplemente como un ser humano, más allá de todo aquello con lo que me había identificado.
Creo que eso le pasa a mucha gente. Tiene mucho que ver con el ego y con aprender a reconocerte sin necesitar constantemente el cargo, la profesión o aquello que haces para explicar quién eres. Eso ha sido lo más difícil.
Y ahora que ya no necesitas tener tan claro cuál será el siguiente paso, ¿qué sueños te quedan por pintar?
A mí los límites siempre se me quedan un poco pequeños.
Me encantaría seguir moviéndome en este mundo o en el que sea. Puede ser la pintura o incluso podría volver algún día a la banca. No lo sé. Pero sí quiero que aquello que haga aporte algo.
Este proyecto empezó sin ninguna pretensión. Después fue evolucionando y aparecieron la creatividad, la autoconfianza, el sentirte capaz, el hacer algo con tus propias manos...
En la banca mi motor era alcanzar objetivos. Ahora mi motor es crear experiencias que las personas reconozcan como valiosas y que sientan que les han aportado algo.
Si algún día dejo de pintar o este proyecto deja de crecer, me reinventaré.
Para terminar, después de haber vivido en primera persona lo que significa necesitar un refugio fuera del trabajo, ¿qué lugar crees que deberían ocupar las aficiones en nuestra vida?
Creo que como sociedad tenemos que luchar por no perderlas.
La pintura, en mi caso, ha sido tremendamente sanadora, pero no tiene por qué ser pintar. Puede ser caminar por la playa, cocinar, hacer deporte, estar con animales... Lo que sea que te haga feliz y te permita salir por un momento de aquello que ocupa el resto de tu vida.
Necesitamos desconectar del trabajo para conectar con nuestro interior, desconectar de las redes para conectar con nuestra intuición, alejarnos un poco de la tecnología y poner la cabeza a trabajar de otra manera.
A mí me ocurrió con la banca. Amaba mi trabajo, pero trabajaba demasiado y terminó saturándome. Cuando tienes un problema delante y no encuentras la solución, muchas veces necesitas retirarte, hacer otra cosa y regresar después para darte cuenta de que la respuesta estaba delante de ti.
Con un cuadro ocurre igual.
Cuando estás demasiado cerca solo ves una parte. Necesitas alejarte, mirarlo desde otro sitio. A veces incluso giras el lienzo y descubres que aquello que estabas buscando aparece cuando cambias la perspectiva.
La mirada de Mujeres sin Manual
La vida de Alejandra Tabares ha estado marcada por el movimiento. Por los países en los que ha vivido, por los lugares que ha dejado atrás y por una carrera profesional que construyó durante años hasta alcanzar un puesto desde el que se sentía segura, reconocida y poderosa. Después llegó la maternidad y, con ella, otras necesidades, otras prioridades y preguntas que ya no podían responderse únicamente desde lo profesional.
Muchas mujeres entenderán bien esa contradicción, querer seguir creciendo sin sentir que para hacerlo hay que renunciar a estar, desear una carrera propia y, al mismo tiempo, necesitar otra forma de vivir la familia. Preguntarse si cambiar de rumbo significa desperdiciar todo lo construido hasta entonces.
Hay algo especialmente reconocible en esa Alejandra Tabares cuya cabeza seguía llevándola de vuelta a la banca. En la mujer que se preguntaba qué estaba haciendo, que dudaba de si estaba a la altura y que tuvo que aprender a conceder a su nueva vida un valor diferente al que durante años había medido en cargos, objetivos y resultados.
Ale ya no lidera una mesa de tesorería ni toma decisiones sobre números y mercados como hizo durante buena parte de su vida profesional. Ahora lidera su propio proyecto, desde el que organiza talleres de pintura y experiencias creativas en El Puerto de Santa María, y lo hace desde un lugar que durante años había permanecido en un segundo plano: la pintura.
Y también nos ha recordado algo que, al crecer, olvidamos con demasiada facilidad: la creatividad no pertenece únicamente a quienes se consideran artistas. Algunos la encuentran delante de un lienzo; otros, cantando, cocinando, haciendo deporte o trabajando con las manos.
En Mujeres sin Manual la encontramos en otro lugar: en las palabras, en las voces y en las historias que decidimos contar. Historias como la de Ale, que quizá no nos enseñan cuál es el camino correcto, pero sí que cambiar de dirección no significa necesariamente haber perdido todo lo recorrido.

